Sigüenza, ciudad de préstamo
25 Reprimenda
—Habías bebido mucho.
—No. Había comido poco esa mañana, eran muchas horas de caminante contemplación por los campos de esta ciudad. Desde aquel monte con las canteras, la fuente del camino con el abanico, los tragos de su frescura y todo sin almorzar.
—Cuando llegaste te mostrabas muy inquieto. Despotricando contra los de nuestro país. Casi me avergonzaba de lo que decías. Las venganzas y la decisión de revancha.
—Me asaltaron unos deseos irremediables de escribirme una carta desde aquí, y pensaba que me encontraba defendiendo todo lo nuestro…
—Pero aquí nos acogen como seres indefensos, y con voluntad de no luchar, ni matar, ni odiar. Por eso no debemos mostrar animadversión ni enemistad contra aquéllos.
—La sangre se enciende a veces…
—Esperan que seamos pacíficos y que no tomemos represalias cuando nos devuelvan.
—Cuando volvamos nadie puede ser dueño de nuestra conducta. Y cara a cara a la realidad y situación que tengamos delante, así actuaremos.
—Éstos son pacíficos. Nos enseñan paz.
—Qué sabrán ellos de los deportados.
—Tus amigos de aquí te acogen y enseñan amistad…
—Por eso los aprecio y quiero mostrarles mi buena voluntad. De ellos ha partido esta idea de escribirme una carta. Sobre todo, ahora que llega la hora de marchar.
—Pero iremos a otros lugares de este país, para repartirnos y dejar de grabar tanto a esta ciudad.
—Claro, por eso pienso que de alguna manera tendré que darles mi agradecimiento.
—Desde lejos, las cosas se ven de distinta manera.
—Les mandaré un reconocimiento y una invitación a visitar lo nuestro en cuanto nos establezcamos allí.
—Estos momentos de vida, nuestro encuentro con estas gentes se convertirán en un recuerdo limpio y sin aristas. Pero me apetece volver a mi lugar de siempre.
—A mí también, y te digo que cuando pierda la añoranza que me comienza a corroer, iré en tu búsqueda para completar la casa que quedó vacía y que ojalá no la hayan destruido…
Ambos callan. Contemplan el techo de la habitación, ven sin ver las sombras al recibir el resplandor matutino a través de la ventana entreabierta. La habitación es reducida, solamente una mesa, una silla y una mesilla completan el conjunto de muebles además de la cama y un armario.
—Pero tú, aquí, conmigo, no has necesitado de nadie más para encontrarte contenta —se acomoda en la almohada con las dos manos unidas detrás de la nuca.
—Ha sido una suerte encontrarte —responde ella—. Aunque seamos de distintos lugares, no importa. Desde tan lejos somos paisanos, como si perteneciéramos a la misma familia.
—Aquí entre los dos ya la hemos formado.
—Luego cuando lleguemos allí, ¿qué pasará?
—Olvídate de aquello. Ahora eres feliz conmigo. Yo estoy contento con los de aquí. Ahora, éstos son mis amigos.
Un profundo suspiro la lleva a refugiarse en el hombro de él. Acomoda su cabeza en el hueco. Los rostros se unen y posa sus manos en el pecho de él.
— ¿Ves, cómo te encuentras agradablemente en mi compañía? Un hombre sabe dar felicidad. Yo te acojo y tú te refugias en mí. La vida, separados, será un abandono. No es para vivirla solos.
Los dos permanecen en la cama recostados. La habitación esta acondicionada para dormir. Para estar se habían ideado otras salas donde las butacas y sofás, sillas y mesas daban posibilidad de acomodarse, hablar, jugar, ver la televisión y hasta dormitar o entretenerse en otras actividades, hacer el té y tomarlo en largas y entretenidas conversaciones.
—Nos encontramos en este avatar y te he dado unos ratos de dicha que no todas tienen.
—Yo también te he respondido entregándote mi felicidad.
—Es lo que tenemos. Nuestra única propiedad. Sólo poseemos nuestro placer, por eso, es lo único que nos podemos entregar.







