25 Reprimenda

“El arte en España. Catedral de Sigüenza” Rafael Aguilar y Cuadrado

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Sigüenza, ciudad de préstamo

25 Reprimenda

         —Habías bebido mucho.

        —No. Había comido poco esa mañana, eran muchas horas de caminante contemplación por los campos de esta ciudad. Desde aquel monte con las canteras, la fuente del camino con el abanico, los tragos de su frescura y todo sin almorzar.

        —Cuando llegaste te mostrabas muy inquieto. Despotricando contra los de nuestro país. Casi me avergonzaba de lo que decías. Las venganzas y la decisión de revancha.

        —Me asaltaron unos deseos irremediables de escribirme una carta desde aquí, y pensaba que me encontraba defendiendo todo lo nuestro…

        —Pero aquí nos acogen como seres indefensos, y con voluntad de no luchar, ni matar, ni odiar. Por eso no debemos mostrar animadversión ni enemistad contra aquéllos.

        —La sangre se enciende a veces…

        —Esperan que seamos pacíficos y que no tomemos represalias cuando nos devuelvan.

        —Cuando volvamos nadie puede ser dueño de nuestra conducta. Y cara a cara a la realidad y situación que tengamos delante, así actuaremos.

        —Éstos son pacíficos. Nos enseñan paz.

        —Qué sabrán ellos de los deportados.

        —Tus amigos de aquí te acogen y enseñan amistad…

        —Por eso los aprecio y quiero mostrarles mi buena voluntad. De ellos ha partido esta idea de escribirme una carta. Sobre todo, ahora que llega la hora de marchar.

        —Pero iremos a otros lugares de este país, para repartirnos y dejar de grabar tanto a esta ciudad.

        —Claro, por eso pienso que de alguna manera tendré que darles mi agradecimiento.

        —Desde lejos, las cosas se ven de distinta manera.

        —Les mandaré un reconocimiento y una invitación a visitar lo nuestro en cuanto nos establezcamos allí.

        —Estos momentos de vida, nuestro encuentro con estas gentes se convertirán en un recuerdo limpio y sin aristas. Pero me apetece volver a mi lugar de siempre.

        —A mí también, y te digo que cuando pierda la añoranza que me comienza a corroer, iré en tu búsqueda para completar la casa que quedó vacía y que ojalá no la hayan destruido…

        Ambos callan. Contemplan el techo de la habitación, ven sin ver las sombras al recibir el resplandor matutino a través de la ventana entreabierta. La habitación es reducida, solamente una mesa, una silla y una mesilla completan el conjunto de muebles además de la cama y un armario.

        —Pero tú, aquí, conmigo, no has necesitado de nadie más para encontrarte contenta —se acomoda en la almohada con las dos manos unidas detrás de la nuca.

        —Ha sido una suerte encontrarte —responde ella—. Aunque seamos de distintos lugares, no importa. Desde tan lejos somos paisanos, como si perteneciéramos a la misma familia.

        —Aquí entre los dos ya la hemos formado.

        —Luego cuando lleguemos allí, ¿qué pasará?

        —Olvídate de aquello. Ahora eres feliz conmigo. Yo estoy contento con los de aquí. Ahora, éstos son mis amigos.

        Un profundo suspiro la lleva a refugiarse en el hombro de él. Acomoda su cabeza en el hueco. Los rostros se unen y posa sus manos en el pecho de él.

        — ¿Ves, cómo te encuentras agradablemente en mi compañía? Un hombre sabe dar felicidad. Yo te acojo y tú te refugias en mí. La vida, separados, será un abandono. No es para vivirla solos.

        Los dos permanecen en la cama recostados. La habitación esta acondicionada para dormir. Para estar se habían ideado otras salas donde las butacas y sofás, sillas y mesas daban posibilidad de acomodarse, hablar, jugar, ver la televisión y hasta dormitar o entretenerse en otras actividades, hacer el té y tomarlo en largas y entretenidas conversaciones.

        —Nos encontramos en este avatar y te he dado unos ratos de dicha que no todas tienen.

        —Yo también te he respondido entregándote mi felicidad.

        —Es lo que tenemos. Nuestra única propiedad. Sólo poseemos nuestro placer, por eso, es lo único que nos podemos entregar.

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24 Meditaciones

“El arte en España. Catedral de Sigüenza” Rafael Aguilar y Cuadrado

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Sigüenza, ciudad de préstamo

24 Meditaciones

Un tanto nervioso camina. Tal vez algo mareado. Llegaría tarde a la comida. Acelera el paso buscando una línea paralela a la acera para no desbarrar. Necesita una referencia para no desviarse, mantenerse erguido y conservar la dirección sin torcerse a derecha o izquierda. Por esa inseguridad en el caminar, avanza con más decisión y rapidez. Eso piensa él.

A veces, cambia de pensamiento: “Me debería escribir una carta para sorprenderme cuando vueva, en la que me contaría todas estas peripecias, los ratos como éste, lástima que llevara toda la mañana sin probar bocado, y además cuando se ha presentado la señorita me he olvidado de tomar alguna cosa, algo comestible de la barra. Sólo la bebida no es buena compañera…

“Con ella junto a mí sin que me rehuyera, comprendiendo todo lo que yo decía, sabiendo todo lo que ellos me decían, traduciendo para mí y para ellos.

“Si no fuera por ella no se me ocurrirían ni la mitad de las cosas que discurro. Gracias a ella puedo contarme las mil cosas que me están sucediendo y las que me sobrevendrán.

La calle adelante en equilibrio, sin tambalearse, con la rigidez da a entender la fuerza de voluntad, la energía que puede caracterizar a un hombre que quiere superar todo riesgo al ridículo y demostrar su autogobierno.

“Pobres vendedores de alfombras, nadie les compra y siempre con el fardo a cuestas. No pasarán frío con él mientras caminan recorriendo la ciudad.

“Siempre de puerta en puerta y de persona en persona, tropezando con ellas. Si hubiéramos estado cerca de mi casa le habría comprado una alfombra de colorines, muchos colorines, y mullida, muy mullida. Donde los pies al caminar se hundieran, como cuando nieva y, sobre el manto de nieve recién caída, pisas y se abre la nieve y los acoge rebosando como si se aventara. La bota queda engullida en la esponjosidad, y la sensación es de blandura, de arrebujarse en la manta de lana o en el colchón de la cama.

“Para la oración la usaría, con las rodillas hundidas en ella y la frente que recibe su caricia en las inclinaciones de la adoración.

“Pero ellos sólo saben de nuestro ir y venir como salidos de patria perdida, sin que nadie les preste una ciudad…, pero a nosotros sí.

No sabe si ya llega, o si aún le falta mucho trecho, porque los pies no avanzan con la rapidez de los pensamientos. Al fin llega a asirse a la barandilla que protege la barbacana, y asido a ella se deja conducir como si fuera un báculo. Él no lo sabe, pero los obispos de Sigüenza, allí se apoyaban también al caminar, o al pasear cuando a alguno se le ocurrió salir en los atardeceres sin alejarse de su residencia.

“Al jilguero le falta compañía para cantar. El jilguero tampoco tiene nada. Solo tiene su cuerpo y su ropaje. Necesita de alguien para alegrar su jaula de alambres.

Agarrado al pasamano de hierro, recobra la compostura.

“Porque cada uno tiene su patria. Unos aquí y hablan y conocen los signos de aquí, otros allí y saben la forma de ganarse la vida de allí, sin perderse por el mundo ni soliviantar a nadie.

“A la recién nacida se le apegarán estos sones si ni la cerramos en una jaula como al jilguero y la aislamos entre nosotros, como si al rodearla formáramos los barrotes que envuelven la plataforma.

“Unos tenemos al dios de nuestros padres y de nuestro país, y otros al de los suyos…

“¿El de las alfombras y el mío serán el mismo? Los dos estamos en país ajeno. Todo podría ser.

“El de éstos y el de los otros también podría llegar a ser el mismo, o al revés. ¡Por qué no!

“Se han invertido los papeles…

“En la vida hay muchos papeles…

“Debería coger unos papeles y escribirme una carta para recibirla cuando vuelva, como si yo fuera el mejor amigo que tengo y me contara mi vida en este otro país… porque cada uno es para su país, y su país es lo único… aunque su país esté infectado de otros que son ajenos sin ser ajenos

“Cuando vuelva a mi país, que ya no sé si será el mío… Los otros me lo habrán destrozado… Tendré que reunirme con los míos para defenderme de aquéllos… Si los otros me han roto lo mío lo recuperaré mal que les pese…

Llega a la puerta y asciende los dos peldaños y atraviesa el umbral de los portones.

“Al fin llego a esta casa prestada. Nadie sabe lo cuesta arriba que se hace una casa prestada por causa de los otros… Algún día volveremos y nos veremos las caras…

“Levantaremos también edificaciones grandes para reunirnos y convivir…

Desde el interior se encara, dándose la vuelta, al hueco de la puerta y ve el espectáculo de la calle con la baranda, la escalinata, los árboles y los edificios enmarcados en él.

“Saldré por esa puerta y volveré adonde tengo que volver y, allí, haré lo que tenga que hacer… nadie me lo impedirá…

Calla un momento con la mano levantada, amenazante o reconocedora del paisaje exterior. Al fin agacha la cabeza, baja la mano y da la espalda a las luces enmarcadas por la puerta de entrada.

Retorna a sus pasos y continua adelante.

“Tal vez tengan razón, unas palabras escritas me reconfortarán cuando vuelva a mi país, y quién mejor que yo para escribirlas.

“Pero de esto nada que decir a la traductora porque no entenderá. En todo caso al de las alfombras, que no sé, tal vez lo hayan echado también de su casa…

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23 Palabas y comunicación

“El arte en España. Catedral de Sigüenza” Rafael Aguilar y Cuadrado

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Sigüenza, ciudad de préstamo

23 Palabas y comunicación

Sigüenza ya forma parte de las adquisiciones de Modesto.

Está haciendo de ella su lugar y dentro de ella ratifica orgullosamente la tertulia surgida casi espontáneamente.

Y en ella Modesto querría acrecentar el conocimiento. El contacto o presencia física no le son suficientes, la comunicación de palabra se impone obligadamente.

Por eso no para de arrimarse a la señorita para pedirle que traduzca: de qué hablan; qué dicen, le golpeaba en el hombro.

Los de la barra, con el camarero acodado en el mostrador, no cesan de recontar.

—Ni se han enterado de lo que por aquí ocurre…

—No pueden haber olvidado su tierra, ni su casa, ni sus amigos y familiares.

—Seguro que se agarrarán a la televisión e interpretarán lo que en ella vean sin entender ni una palabra.

—Con la devoción que escuchaban al presidente que les prometía el oro y el moro, el otro día.

—Qué sabrán ellos lo que es el oro y el moro.

—Pero nuestro presidente se deshizo en promesas…

—Sí, y aunque no se sabe de qué manera, ya las está cumpliendo al llevárselos a otro sitio…

Modesto sigue aproximándose a la traductora, a la que con toda familiaridad exige las explicaciones precisas y exactas de lo que hablaban.

—Dile que no lo olvidaremos si a él también le toca marcharse.

—Dile que todos los días nos beberemos un chato de vino a su salud.

—Dile que como no se ha podido enterar de nada. Porque a lo nuestro es difícil acostumbrarse, que no se preocupe, que se lo explicaremos por carta para que sepa dónde ha estado y qué es lo que se deja atrás…

—Esperen, no corran…, que no me dan tiempo…

—Yo también os escribiré para contaros cómo me encuentro con todo aquello cuando vuelva; y para invitaros…, para que vengáis allí, a conocerlo…

Todo esto se dice o se atropella en un murmullo generalizado de sonidos y voces.

Todos se animan. Cada vez que acallan sus palabras, sorben del vaso lentamente para suavizar. El cantinero deja posar sobre el mostrador una jarra, para rellenar, incansablemente, los vasos que suministran alegría, ideas y palabras.

—Dile que, para mayor seguridad, debería escribirse desde aquí una carta a él mismo, a su dirección, y así, cuando llegue, ya le estará esperando su misiva con absoluta seguridad, con la certeza de que ha sido escrita y enviada…

Modesto se convierte en oídos, oídos próximos, oídos cariñosos. Casi palpables se hacen por el ahínco que pone en escuchar las palabras traducidas.

Y el gesto agradecido, la sonrisa, los movimientos de cabeza afirmando que entiende y que aprecia cada palabra que suena en su idioma salida de boca de la traductora.

Los ojos prendidos de los labios, de las muecas, del accionar de las manos, del movimiento del cuerpo que reafirma las ideas, los dichos, las frases…

Sus propias palabras, exquisitamente elegidas, suavemente pronunciadas, musicalmente expresadas para que ella no dudara, para que las interpretara y les diera salida en el idioma de aquella ciudad…

Entendimiento el suyo acompañado, ¡muy bien acompañado!

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22 La intérprete salvadora

“El arte en España. Catedral de Sigüenza” Rafael Aguilar y Cuadrado

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22 La intérprete salvadora

Todos la saludan, todos le estrechan la mano, todos le ofrecen su invitación para que tomara alguna cosa.

El camarero se acerca solícito, con la sonrisa acostumbrada y deposita ante ellos, casi con exclusividad, porque la mirada se centra en el rostro de ella, un platito de almendras como aperitivo auxiliar a las bebidas.

— ¡Una sidra! —Pide dirigiéndose a él, y después a Modesto—. ¿Cómo te entiendes con éstos? —Le pregunta, mirándole a los ojos para confirmar lo que espera como una negativa.

—Les oigo como si los comprendiera. No entiendo nada, pero como si les siguiera. En plan adivino. ¡Así me valgo! —Y sonríe con sensación de diccionario de idiomas.

—Y ustedes, —pregunta a los demás, con el vaso en la mano, poniendo un paréntesis en el recorrido a los labios. —Ustedes, ¿también entienden algo de lo que les cuenta?

—Ni papa… —contesta uno apaciguando la voz, dejando de manotear, y hablando a media velocidad, porque aún no se acostumbraba al cambio de sonidos.

—Como las voces tan elevadas, atraían a todos los que pasábamos por la calle, pensé que no eran capaces de entenderse. Además tengo una noticia para este amigo. Les ha nacido una niña y están de enhorabuena, y, por lo que sé, parece que se va acercando el día de su marcha…

—Qué les dices… —pregunta Modesto acercándose, pegando su cuerpo al de ella, adelantando su cabeza e inclinándola como si se asomara a su escote, para que su oído quedara frente a la boca. Sin ser una postura atrevida, los que desde lejos no pierden un ápice, la entienden procaz y se hacen guiños.

Se dirige a él y le explica que de acuerdo con lo que el día de los helicópteros comentó el presidente del gobierno, llegaba el momento de distribuirlos en grupos para que no fuera tan gravosa la estancia a Sigüenza, para que también habitaran en otras ciudades que se hacían solidarias en el problema de atención a los refugiados.

—Prefiero quedarme aquí… Esperar desde aquí el retorno a mi país…

—Tal vez no estés entre los que se van, porque la selección la harán por grupos de familia.

—Ya voy conociendo a algunas personas, ya me encuentro entre amigos. Ir, o huir a otro sitio es olvidarlos, sumar otro aislamiento… Yo, aquí, ya sé saludar: ¡Buenos días! ¡Hola!… También he aprendido a venir aquí y acompañar un rato a estos amigos… Te conozco a ti, porque tú entiendes y traduces no sólo lo que digo, también lo que siento, y sobre todo lo que sufro, todo, mis dolores y mis males.

—Dice que no se quiere ir de aquí. —Cambia de idioma la intérprete.

— ¿Los devuelven al infierno de su país?

—Ahora que se están acostumbrando a estos lares.

—Es como si no tuvieran consideración con ellos.

—Mejor que no los hubieran traído, si ahora que están saboreando la miel de la tranquilidad los devuelven a sus horrores.

—No los devuelven a su país, los redistribuyen por distintas ciudades. —Todos hacen comentarios, y la señorita Ferreiro aclara la situación—. Dan poco dinero y a la ciudad le resulta muy gravoso. Las limosnas son variadas y dignas, pero estas acciones encabezadas por el gobierno no se deben solucionar así, con limosnas. Por eso, si en cada ciudad se responsabilizan de un grupo, sería más pasable.

—Modesto, a lo mejor éste es el penúltimo vino que nos tomamos juntos.

—Anda, tradúcele que aquí nunca decimos el último, porque no suena a vida, ni a continuidad, que, por eso, decimos el penúltimo, para llenarnos de esperanza, como quien deja una puerta abierta.

—Dile que si se marcha le mandaremos el sabor del vino en la tinta de las letras escritas sobre una cuartilla para que después de leerla, la saboree, la tinta, claro.

—Que no se agobie y que los buenos amigos no se acaban en un día, que al siguiente también perduran.

—Muchas cosas quieren que le traduzca. Díganmelas por orden y sin atropellar… Miren la cara que se le ha puesto al vernos hablar tan rápido…

—Invita la casa… Para bautizar a la niña nacida con nombre español, porque algo tiene que llevarse de aquí. —El camarero rellena los vasos…— El recuerdo siempre será bueno y con el sabor del vinillo aún mejor

— ¡Bonitas, baratas! —Se oye la voz de las alfombras a su espalda.

Modesto, en el descontrol de tanta conversación, vuelve la mirada y compadece a aquel hombre que en tierra ajena se atreve a estar sin más conocimiento que el de aquellas dos palabras, a pasearse cargado de alfombras con ánimo de venderlas y ganarse el sustento. Único conocimiento para una supervivencia…

Modesto comenta a la traductora que el jilguero de la jaula en la ventana necesita compañía para sentir con alguna felicidad y alegría.

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21 Un esfuerzo por hablar

“El arte en España. Catedral de Sigüenza” Rafael Aguilar y Cuadrado

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Sigüenza, ciudad de préstamo

21 Un esfuerzo por hablar

A Modesto poco a poco le van sonando las palabras, van tomando lugar en su mente y resuenan en su memoria como un niño recitando la tabla de sumar.

—Sí. Gusta cervesa. Stop. Buenos días.

Y suelta una risotada de confianza.

Los demás responden con la misma sonrisa y adecuan su comunicación alzando la voz y ralentizando las sílabas. Manotean en movimientos casi descriptivos, que tanto parecen rúbricas de notario como gráficos de caricaturista.

Y todos sorben de los labios de los demás aquel complicado sistema de comunicación que poco a poco va atrayendo la atención de todos los clientes del bar.

El grupo ha entrado en la sintonía y utiliza aquel nuevo idioma cuyas características son la elevación de la voz, los signos de las manos, el abuso exhaustivo de infinitivos, la repetición y la silabización, cada sílaba un golpe de voz.

Modesto captó aquella manera de comunicar, sobre todo la gestualización, sospechó que así se haría entender y comenzó a usar el mismo sistema, pero a diferencia él rebusca en los sonidos recibidos, y se vuelve repetidor de cuanto oye, construyendo así frases con palabras alternadas de su idioma.

El jolgorio en que se han metido, convierte al bar en un corral de gallinas. Esa impresión recibe la intérprete cuando al pasar por delante de la puerta, oye el murmullo. Se detiene sorprendida. Junto a ella, también se detienen otros transeúntes atraídos por el rumor y sobre todo ante la sospecha de un altercado, el morbo de enterarse de los porqués de la disputa y sobre todo verla.

Todos recorren el interior con la vista desde la puerta, para ver dónde está la reyerta. Concentran su atención como cuando se buscan aviones en el cielo solo guiados por el sonido. O como los despistados que encuentran los colegios por el ruido de las voces de los niños en el recreo.

La traductora, cuando vence la sorpresa que le había causado el vocerío, entra en el bar porque lo ha visto al fondo de la barra en su actitud gesticulante. Con sólo seguir las miradas de quienes allí estaban habría localizado el corrillo estrafalario.

—Ferreiro, Ferreiro —dice, cuando la ve, con grandes ojos, una expresión de lucidez y sobre todo de confianza en sí mismo.

Sin pensarlo, sin caer en la cuenta de que esta vez sí ha usado la palabra correcta, siente alivio, la liberación del ahogo pasado porque las ideas se le surcaban la mente amontonaban palabras de distintas jergas, de sonidos extravagantes, pensando que alguno de ellos sería adecuado y entendido.

Venía esforzándose en separar las sílabas o juntarlas pretendiendo un resultado entendible. Estos sonidos juntos ¿formarán una palabra? ¿Pertenecerán a su idioma?… Los sonidos que han emitido, ¿tendrán este significado?… Y deducía un posible sentido acomodándolo al gesto, al brillo de los ojos y a la ampulosidad de las manos y los brazos…

Hasta ese momento, cada uno desbarraba por su lado. Era un diálogo de sordos perfectamente conseguido.

Conseguían una alternancia de alocuciones. No se pisaban las frases ni amontonaban las palabras aunque se entrelazaran con los gritos.

Todos se divertían como si se entendieran, como si cada palabra fuera comprendida. Y sonreían y se cucaban el ojo en una complicidad unánime.

—Buenos días, buena cerveza, poco dinero —Eran palabras que generosamente distribuía Modesto, recogidas y escuchadas no recordaba donde. Forzaba su comunicación para que se hilaran sus afirmaciones con un porqué y con un ahora. Y bonita y barata era otra cantinela que se había adherido, bien poco hacía, a su mente. Este diccionario al uso contenía la totalidad de sus expresiones, de los sonidos cuyo significado iba asimilando y que, a cada esfuerzo, eran los únicos que le venían a la boca.

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20 Un nacimiento

"El arte en España. Catedral de Sigüenza" Rafael Aguilar y Cuadrado

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20 Un nacimiento

El ansiedad les llenaba de expectativa, en la casa de acogida estaban inquietos. Todos pendientes de una llamada de teléfono.

La vida seguía con todas las consecuencias.

A una mujer le había llegado la hora del parto.

La criatura que naciera, se preguntaban, ¿volvería a su país y cuando?

La vida es larga y para ella más que para ninguno.

—Le hablaremos…

—Le cantaremos…

—Le enseñaremos aquellos juegos…

—Pediremos postales para que lo conozca…

En el fondo todos temían que a sus ojos, las imágenes le cambiaran la patria. Los sonidos le dieran otra lengua. La música otros acordes. Los juegos otras tradiciones.

Pero todos olvidaron estas cosas cuando alguien dijo que había venido con bien.

El teléfono había sonado y había dado la noticia.

Madre e hija se encontraban en perfecto estado de salud.

En seguida comenzaron a prepararle una pequeña canastilla de recién nacida.

Discutieron un nombre para ella.

Hablaron detalladamente del padre y de la madre, deseando ver a la niña, para decidir a cual de los dos se parecería.

Cuando volvieron del hospital de Guadalajara, todos, bueno más bien todas, los varones quedaron al margen, convinieron a partes iguales: unas que era el rostro de la madre y otras que el del padre. Las semejanzas a esa edad hacen que todas alaguen a padres y madres.

La ciudad también era un hervidero de comentarios. A todos les interesaba la nueva vida. Por eso la arroparon y afiliaron. Durante unos días fue la niña de todas las que acudían a verla, y como hija predilecta quedaba inscrita en los libros de la ciudad.

Digamos que ese fue el cuño o sello que dejaron estampado en la intimidad del municipio.

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19 Necesita a la intérprete

Está en un cruce de calles que, en vez de cuatro forma ocho esquinas, con unos mínimos jardines cuadrados en los rincones.

Está en un cruce de calles que en vez de cuatro forma ocho esquinas, con unos mínimos jardines cuadrados en los rincones.

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19 Necesita a la intérprete

La cuesta abajo acelera sus pasos. El enrejado del patio de la catedral es la negra tela de araña que a la derecha enhebraba su mente. Barrotes negros, con terminaciones afiladas y puntiagudas originan a trozos obsesivos los machones de piedra que los soportan y unen.

Él en estos momentos no mira con ojos de contemplar.

Camina en su dirección. Sabe adónde se dirige y lo demás le es ajeno.

Tropieza con un hombre cargado de alfombras que le detiene un instante, ofertándole.

—Bonitas. Baratas —le interrumpe con la suavidad muelle del producto que presenta.

Lo mira con una sonrisa forzada sin comprender los sonidos que se deslizan por sus oídos. No es sordo pero como si lo fuese.

Se cruzan las miradas. La del comerciante obligado y la del refugiado agradecido. El empuje mullido de la tapicería le acaricia el tacto y la cantinela: Bonitas. Baratas… le armoniza el entorpecimiento.

Giran en su propio eje sin dejar de contemplarse y sin otros sonidos que la respiración de sus lenguajes casualmente tropezados pero silábicamente y tónicamente distintos.

La del canto de la oración frente al sonsonete constante: Bonitas, baratas, señor… Bonitas, baratas, señor… Rítmica melodía traspasando sus oídos como una oración a deshora y fuera de su lugar.

Él escuchaba otra salmodia en su país cuando terminó de acomodarse en su casa y acudía a la mezquita que para él era más importante que la gran catedral de Sigüenza.

Giraron sus talones sin observar que desde allí se veían las paredes de la catedral y sus dos torres que algún símbolo tendrían, para algo servirían. Pero el mullido sonsonete le evocaba su casa y la mezquita adonde dirigía sus pasos algunos atardeceres a recitar su plegaria de Alá es grande… Inhsa´Allah. Ojalá…

Está en un cruce de calles que, en vez de cuatro forma ocho esquinas, con unos mínimos jardines cuadrados en los rincones.

Tras el giro aún alza la mano modestamente, no podía ser de otra manera, para despedirse del estrafalario hombre de las alfombras.

Entonces recuerda al jilguero dentro de la jaula, detrás de los cristales del bar, y quiere verlo, volver a hacerle mimos desde afuera, silbarle con pitidos imitativos para incitarle, para animarlo a cantar.

Parece que buscara una excusa para acercarse adonde quería acudir.

Desemboca ante los jardines de la alameda, hace el recorrido hasta que a través de los cristales encuentra la jaula. Adentro ve a sus conocidos sentados descuidadamente, accionando y moviendo los labios alternativamente, o mojándolos con el líquido inapreciablemente disminuido. Se detiene un rato mirándolos, entretenido con el jilguero aunque atento a ellos. Como si esperara que le dirigieran la mirada, que se apercibieran de su presencia, que le hicieran una seña de aceptación.

— ¡Entra! —Le dirían y, entonces, él respondería con una sonrisa. Y con una amplia complacencia entraría. Y les comentaría su paseo por las afueras de la ciudad, la belleza que desde lejos presenta, la esbeltez de sus torres, el verdor de sus arboledas, la prestancia del castillo, los hierros que encierran la plazoleta de la catedral…

Y les contaría el contraste que todo aquello presenta para él, al verlo con los ojos de quien descubre la ciudad con sus calles, con los edificios cuyos balcones hermosean las fachadas, con la gran iglesia; y luego les hablaría de la suya con la mezquita y su minarete, con las invitaciones moduladas y sonoro del muecín; y con las casas del campo revestidas de los colores rojos y azules y verdes entrelazados y separados por vigas de madera, y…

Entonces oye a alguien e interpreta que le llamaba, porque le hace señas para que entre.

Estrecha la mano de los tres amigos y la del camarero sobre la barra del bar. Modesto cuida mucho de no mover con demasiada energía aquella mano para no crear ningún estropicio y se llena de palabras de saludo y de agrado. Efusión y simpatía emanan de su boca en un discurso espontáneo y sonoro. Funde sensaciones y recuerdos, llama Morava al Henares, Cuprija al conjunto de calles y montes por los que paseaba, describe la barra mínima rodeada de sillas y pequeñas mesas del bar en que tomaba cerveza, en que también se reunía con los amigos de la fábrica y con los vecinos de su casa…

Comenta con rapidez inusitada que su casa la había construido él y extiende sus manos que ya han perdido las rugosidades agrietadas del cemento que las quemaba, de los ladrillos que las desollaban, de la paleta que las llenaba de callos. Y expone con ardor de añoranza, la necesidad de llevar allí una mujer para completar su labor una vez finalizada la vivienda, porque una vivienda con un hombre solo es energía perdida…

Al final, cuando llevan a los labios su vaso, nadie sabe nada de lo que se ha dicho, ni de quien ha hablado, aunque todos tuvieran los oídos abiertos.

Nadie da continuidad a lo escuchado.

Todos comienzan al unísono y todos callan en el mismo instante…

Y, Modesto, sólo él, continúa con la sintonía de predicador monocorde hablando de sus sensaciones en la ciudad, que la confunde con la suya por efectos de la nostalgia, y los demás escuchan como una canción en lengua extraña, como un sonido plañidero sin altibajos y, al rato, allí a lo lejos, el pequeño eco de algún bebedor se deja sentir con un “ora pro nobis” terminado en un “amén” como quien parodia el final de una cantinela latina de iglesia.

El sonido llega también a Modesto que se sobresalta y enmudece sin saber qué significa aquello. Las sonrisas, casi carcajada de alguno, le ponen un punto de pudor extraño en el rostro. Modesto enrojece inconscientemente, sin saber de dónde podía surgir su ridículo porque intuye el sentido de aquellas palabras.

Las voces de los amigos arropan la situación y el camarero con jovialidad, rellena los vasos, porque invita la casa a este reo, eso les dice.

Y Modesto no sabe el porqué, la causa de que le llenaran de nuevo su copa.

Las palabras me son siempre extrañas, piensa en voz alta como si todos lo comprendieran. La larga parrafada anterior lo sumió en un nuevo silencio, porque ahora no comprende. Mientras duró su discurso todos los ecos eran sonidos sabidos, familiares, acordes. Ahora, el de los otros, se convierte en ecos con vibraciones desconocidas y extrañas.

Modesto se encuentra físicamente presente. A él le llegan los sonidos de las voces. La imagen de los otros se hace patente ante sus ojos y la suya ante ellos. Los sabores de las cosas entran en contacto con su paladar, incluso con el tacto de sus manos, pro no el sentimiento que se ha esfumado a causa de unas lejanas e ininteligibles palabras, porque el soniquete…

Como las alfombras del vendedor callejero cuando le rozaban y le desviaban a la izquierda en el giro, bonitas baratas señor….

Pero al tomar conciencia y pensar que su discurso fue vano, que sus palabras se las llevó el viento, le produjo un calentamiento enrojecedor.

—La traductora. —Suspiró.

La vio pasar por la calle…

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