Primavera. Un viejo cuento

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Un viejo cuento

Juan Sandio no comprendía el por qué de tantas visitas interesándose por sus heridas y sus vendajes.

Y es que Juan Sandio tenía un huerto, una de cuyas paredes daba a la calle mayor del pueblo. Sobre ella asomaban los pimpollos de su parra y los muchachos tronchaban los renuevos para comerlos.

Juan Sandio decía que con la misma facilidad que le quitaban los brotes de la parra le quitarían los tomates y los pepinos.

Para evitar que saltaran, la recubrió con una lomera de cemento bien incrustada de cristales de botella rotas.

Si alguien quiere saltar se lo pensará dos veces, comentaba a quienes recriminaban su obra y a media voz lo llamaban sanguinario.

Un día se encontraba con su hija en el huerto, colocando los palos a las judías cuando un bullicio comenzó a levantarse  en la calle. Sobre el griterío emergían las voces encolerizadas de dos personas.

Intrigados Juan Sandio y su hija corrieron a asomarse por encima de la pared.

Arrimaron unas piedras, se encaramaron en ellas y se agarraron para asomarse…

Al día siguiente desfilaron todos los del pueblo, preocupados por…

 

Cualquier similitud con las concertinas es solo imaginación del lector.

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