Primavera

Hoy el campanero, habitante de torres espigadas, ha perdido su oficio porque cada cual tiene un reloj puesto en su hora, y no quiere tener nada con los demás.

Hoy el campanero, habitante de torres espigadas, ha perdido su oficio porque cada cual tiene un reloj puesto en su hora, y no quiere tener nada con los demás.

3º Escuchan la llamada…

Las luces primeras de la mañana rebotan en los edificios. Saltan de sus ventanas acristaladas y ofenden a los madrugadores que guiñan sus ojos despreocupados con tanto día como tienen por delante.

Caminan sonámbulos, sin oír a los campaneros que ya no están en las torres de las iglesias llamando a los que quieran implorar un día abierto y limpio.

Los campaneros que tañían las campanas en la madrugada, obligaban a los dormilones a cerrar con más aldabas y fallebas sus ventanas para que no penetrara la estridente sonoridad de los tantarantanes que llevaban en sus alas una nube de palomas por las calles y plazas con mensajes matinales.

Hoy el campanero, habitante de torres espigadas, ha perdido su oficio porque cada cual tiene un reloj puesto en su hora, y no quiere tener nada con los demás.

Los que se levantan de noche y van con prisas, no tienen tiempo de entretenerse en ver cómo las palomas se arrullan, después de picotear las migajas que sobraron el día anterior. Las caídas de la mesa de las cenas.

Algunos niños desbarajustan o desmigan el pan sobre la mesa y lo convierten en insignificantes trocitos que, si caen al suelo, son objeto de reprensiones de sus mayores…

Por eso los recogen, arrastrando las minúsculas porciones y, con mucho cuidado, abren los balcones y los dejan en montoncitos junto a los hierros, entre los barrotes de la baranda…

Siempre les extraña, cuando por la mañana se asoman, que ya no quede ninguna migaja y presienten que algún duende nocturno se las apropió.

No sospechan que el murmullo que los adormila en el amanecer, provenga del agradecido mensaje de las palomas. Ellas desayunan allí y después se arrullan amorosamente.

Las madres de estos niños se sorprenden por la limpieza de los manteles y los besan alabando su pulcritud.

Si los madrugadores no se despiertan con el campaneo de la ciudad, no saben lo que puede pasar en ella.

El reloj personal los aísla, aunque lo escuchen sonar.

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