Árboles en la plaza.

La última tempestad se incrementó con fuertes vientos, cuya violencia arrancó uno a uno los gigantescos árboles de la plaza.

La última tempestad se incrementó con fuertes vientos, cuya violencia arrancó uno a uno los gigantescos árboles de la plaza.

Árboles en la plaza.

Plantemos unos árboles en la plaza. Se dijeron los mandamases.

Bajo ellos nos cobijaremos. Los regaremos y estercolaremos para que crezcan rápido y resguarden a todos.

Los menos adictos pensaron que era para que nadie se liberara de su sombra. Los que vivían allí dijeron que era para que no entrara el sol por sus puertas ni ventanas.

Qué sabrán lo que son los rayos del sol de julio y agosto penetrado en sus casas. Y las celliscas de invierno si las ramas no pudieran detenerlas. Y las nieves y los hielos si no quedarán suspendidos en nuestros árboles. Así pensaban y explicaban los que decidieron plantar los árboles. Verás como esos días, bien protegidos, nos lo agradecerán.

Los transportaron en macetas con las que resguardaban las raíces. Los hoyos se cavaron profundos y grandes. El abono fue abundante y el riego no faltó.

Pronto la plaza se cubrió de una gran sombra que llegó a puertas y balcones.

Los tiestos y macetas de ventanas perdieron lozanía y aromas.

A su resguardo se colocaron terrazas que se subastaban para los que tenían bares y restaurantes.

Y pasó el verano y el otoño.

El invierno los puso blancos y fueron adornados con lámparas festivas y navideñas.

Vean ahora qué bella estampa. Pregonaban los cabecillas.

La primavera los llenó de brotes porque el riego y el abono no les faltaron.

La primera tronada del verano fue muy agradecida porque el sol era inmisericorde.

La segunda tormenta, fue un año de agitada climatológica, ablandó las tierras que rodeaban sus troncos, y las aguas que entraban a la plaza la removieron.

La última tempestad se incrementó con fuertes vientos, remolinos que entraban por las bocacalles, cuya violencia arrancó uno a uno los gigantescos árboles de la plaza.

Los dueños de las terrazas lamentaron los destrozos.

Tanta dedicación y urgencia no permitió a los olmos enraizar y profundizar en la tierra. Cuando cayeron apenas si el cepellón abultaba más que las macetas con que los trasportaron.

Pero quienes los plantaron no hicieron caso de que sus árboles no arraigaran, es más ni se preocuparon de saber cuál pudo ser la causa del desastre.

Por eso, en cuanto pasaron las inclemencias, volvieron a conquistar la plaza con sus árboles, eclipsando las macetas de los balcones, agrisando las ventanas y oscureciendo las puertas.

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