Primavera

El oasis de la ciudad es una estatua y su jardín.

El oasis de la ciudad es una estatua y su jardín.

10º También las ventanas alegran la vida…

Las flores de los balcones crecen orgullosas y con diligencia.

Se desarrollan en sus tiestos como pequeños arbustos, perfectamente recortados y limpios. Sin hojas mustias, sin polvo ni arenilla. El humo de las ciudades que se pega en todas las partes tiene prohibido tomar asiento en sus hojas.

Todas las mañanas por no parecer desaseada, el ama de la casa las riega, humedece y asperja, incluso con un algodoncito las pule.

Lástima que sean tan pocos los balcones y las ventanas ajardinadas.

Si las flores agradecen con sus colores y sus aromas a las dueñas de los balcones ¿por qué en algunos no las tienen?

El mimo llena las terrazas de multitud de plantas educadas y pulcras.

Algunas nacen a ras de maceta y cuelgan como cabelleras, esperando la mano que las peine y que las cepille para ondear al viento.

Se lamenta el sol sobre la ciudad porque en lugar de macetas, crezcan mesas y sillas en terrazas y aceras donde unos camareros atentos y rápidos colocan bebidas y aperitivos.

Algunas fachadas se cubren los hombros con mantillas de flores. Permanecen engalanadas y atusadas para asistir a las fiestas florales que los jardineros hacen en los parques, incluso en algunas calles simulan jardines alargados como canalillos o como riachuelos de verdor.

Las flores de la ciudad no envidian a las margaritas ni a las amapolas de los campos porque no las conocen. Nadie las ha presentado.

Los ojos de los conductores comprometidos como cicerones, no admiran estas bellezas y no se prestan para llevarlas de un lado a otro.

Quienes pasean con el despiste de mirar a los rincones y a las alturas, descubriendo piedras en los muros y descifrando nubes de imágenes obtusas, esos sí se percatan de los geranios y de las macetas de las ventanas…

También participan, las rosas y las flores, los floreros, los búcaros y jarrones, engalanando en un concurso de belleza los pies de las estatuas en las plazas. Y se hacen importantes como los prohombres, y como las mujeres excelsas a las que adornan, poniendo a sus pies el color y el aroma del vergel.

El oasis de la ciudad es una estatua y su jardín.

Oasis es la maceta que aporta un halo verde al salón.

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