Primavera

Labros-Cava

40º Pero siempre queda algo en el campo de juego…

El campo ha quedado desierto pero lleno de restos.

Las huellas de las mil maneras de pisar.

¿No sabíais que ninguno pisamos igual?

Los granitos de arena saltan al resbalar en la loca carrera detrás de la pelota o en la competición de velocidad o en los regates del tú la llevas.

Algunos se encubren con sus osadías en los rincones del patio donde la trasgresión no irrita los cuerpos ni las gargantas.

No, papeles no quedan, ni siquiera briznas de las revistas procaces con que alardean entre ellos mismos.

Se atreven a comentarios subidos de tono.

-No es verdad, no gritamos nunca.

Responden como si no entendieran las subidas de tono con que los sermonea el cuidador.

No hay nadie que lo inspeccione en formación de revista porque ya, todos, se han retirado a sus clases.

Tema de estudio: Historia. Las guerras púnicas… la guerra de los cien años… la guerra de la independencia… la de sucesión… la primera guerra mundial…

Dormitan como si nada fuera con ellos. A lo largo del curso son tantos los sucesos bélicos mencionados con nombres de pueblos destruidos y que ya no existen, algunos que vivieron muchos siglos y otros que restan ingenuos como si nada hubiera pasado.

Los que parecían más seguros y apegados la ciencia: para qué seguir peleando…

Habría que pensar que los restos de estas contiendas también parecen huellas de niños que acaban de terminar sus juegos. Siempre se pierde alguna alpargata o queda en el ángulo del campo alguna bota o el jirón de alguna camiseta, tal vez la badana de una pelota o las hilachas de unos calcetines…

(Tengo un problema para acabar este encerrona, y es que nací en un momento en que acababa una guerra aquí, y cuando la otra, la segunda grande y mundial, dio fin yo jugaba a guerrero con espadas de madera y con escopeta de rama de saúco cuyos cartuchos eran hebras de cáñamo masticadas y apretadas con un palo de chopo que comprimía el aire dentro del canuto…)

-¡Muerto! Te he dado. Muerto.

(Pero en el campo de juego quedaban solamente los restos del tuétano del saúco, las virutas de palo de chopo y las hebras de soga de cáñamo que desperdiciábamos por duras o con granza)

Las bajas de nuestras batallas eran imaginarias, nunca reales.

Y los triunfos cambiaban cada día como si los contrincantes fuésemos imperecederos.

En definitiva éramos amigos que a veces, como en una travesura, nos enemistábamos en el juego…

Incluso aunque el juego fuera peligroso…

De niños, los peligros no eran tan reales como son los de los adultos…

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