El peblo y la nieve

Labros-entrada

36º Realidades

         Cuando salen del colegio, los niños y las niñas rompen el silencio con griteríos ensordecedores.

Se callan todos los ruidos, enmudecen los animales, los hogares guardan silencio, el agua deja de escurrir y gotear para que no suene el glu, glú, golpeando en el suelo.

Sólo los niños y las niñas se bastan para llenar la bóveda del mundo con sus gritos.

Una vez, un témpano de hielo se soltó del alero del tejado y se incrustó en la tierra atravesando la nieve como una espada.

No se dio cuenta ningún niño porque todos se miraban de frente, se llamaban para escucharse, con sus manitas se sujetaban el rostro mutuamente para que sus ojos no se perdieran.

Querían contar su historia para que fuera oída.

Pero los otros también relataban las suyas, alzando la voz por encima…

Los niños que tienen la vida por delante, se retan con sus dichos y sus palabras.

— ¡Qué harías tú si una nevada como una montaña te cayera encima! ¿Morirte del susto o salir corriendo?

—Yo, me llevaría el bocadillo y entonces —comienza a mover los brazos como las aspas de un molino de viento, o como un nadador de cien metros lisos—… Y saldría por un túnel como un topo de nieve…

—Pero, y si la nieve se convierte en hielo de un metro de gordo como el de la laguna ¿qué harías entonces?

—Entonces cogería una piedra así de gorda y —con voz aguda, chillona y estridente contesta y se acompaña con sus manos golpeantes que acomodan la imagen a las palabras—… ¡Plas! ¡Plas! Lo rompería.

—Y si además…

La imaginación les crece mientras se acercan a sus casas, recogen la merienda y vuelven a la calle donde la bola de nieve, el intento de muñeco, quedó frenada. Se suben sobre ella, arrancan un chorlito y siguen proponiendo posibilidades sin cuento con cada vez mayores inconvenientes.

Pero mientras, meriendan y chupetean el sabroso e insípido trozo de hielo.

—Te imaginas cuando estás en lo alto de la montaña y se hiela y te escurres y bajas resbalándote y cogiendo velocidad y más y más y más…

—Con tanta velocidad que podrías echarte a volar…

Alguna vez soñé en elevar el vuelo para mirar como los gorriones, las golondrinas, o los vencejos que se mueven a toda velocidad, y ver, desde lo alto, los tejados y asomarme a los agujeros negros de las chimeneas.

—Y, ¿para qué quieres ver los agujeros negros de las chimeneas?

—Pues… para ver cómo respiran los hogares…

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