El pueblo y la nieve

Labros-con-nieve

38º Las huellas.

Por la noche mirábamos el cielo abovedado y cubierto de estrellas. Infinidad de puntos resplandeciendo al azar.

—Es el sombrero del mundo…

El silencio callado del viento abandonaba el frío y se escondía en el peinado de las sabinas, ajeno a los perfiles de las esquinas y por eso no ululaba ni cimbreaba las ramas en un ir y venir incongruente y desasosegado.

Entonces, las cortinas quedaban descorridas, y las nubes, no nacidas por los horizontes, fantaseaban en una vía láctea de humo blanquecino o de estrellas insignificantes que parecían caminos terrestres rellenos de nieve que van adonde van. A mí me parecía que todos tenían su recorrido hacia el poniente, como el que lleva al pueblo de mi abuela.

¿Y si fuera el camino de volver? Pero esto no lo preguntábamos.

Yo creía que la luna cambiaba de horario porque, al nacer, se llenaba y se hinchaba, redonda y amarillenta como un pandero de cuero estirado y curtido por los guarnicioneros. Después, según se alzaba en su recorrido por el cielo, se empequeñecía, reducía su tamaño pero aumentaba su brillo de blancor redondo, inofensivo… Se convertía en el farol de la nieve y del invierno.

Una cara iluminada, como la de las enamoradas.

El universo quedaba limpio. Olvidado de otras noches violentas que amenazaban con desbaratar paredes, tejados y árboles, que convertían en sirenas todas las esquinas de las casas y en montañas blancas las paredes de los huertos sobre los que la nieve se arremolinaba. Entonces, antes de que asomara la luna, nos asombrábamos a contemplar el manto azul lleno de ojos brillantes.

El resplandor de las ventanas, acotaban y emborronaban aquella sarta de luminosidades que señalaba el camino a Santiago.

— ¡Calla y escucha cómo titilan las estrellas…!

— ¡Sí, parpadean ofendidas por el resplandor de la nieve!

Algunas veces hacíamos el Cristo en los ventisqueros dejándonos caer de espaldas con los brazos en cruz, derrumbándonos con todo el poder y el esfuerzo de nuestros cuerpos para dejar la marca dibujada, la huella de un niño de brazos abiertos, soportando el frío y permaneciendo en esta posición, mientras leíamos, formadas por las estrellas, letras y frases de imaginación y fantasía.

Aguantábamos en aquella postura, dispuestos a abrazar al universo y contarnos los cuentos de la luna, unos de amores y otros de fríos, hasta que notábamos la humedad de la nieve derretida a nuestro calor. Entonces nos alzábamos con el mayor cuidado y a pulso, para dejar grabadas sin alteraciones nuestra silueta de crucificados…

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Primavera. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s