Reseñas para una historia

 

Reseñas para una historia.

El Señorío de Molina de Aragón

 

 Prólogo

  Señorío de Molina de Aragón. Una historia, que pretende ser la nuestra

 

Una idea, que me cautivaba, me obligó a escribir estas modestas páginas, cuyo tema es Molina de Aragón y los pueblos con los que se construye el llamado Señorío.

También la de entrar en la historia para encontrarme con las gentes, que la poblaban. Si Molina ciudad era importante, más me interesaban los pueblos, que la rodeaban. No es que quiera eternizarlos ni darles celebridad como quien resucita una vida y la endiosa. Tampoco como quien recupera una región, que convalece, y se esfuerza en hacerla continuar como hicieron aquellos antiguos habitantes cuyo coraje fue el de sobrevivir.

Pero la historia es eso: dar un soplo de vida al pasado aportando palabras informativas, como historias vivaces de abuelos o abuelas ante el fuego del hogar. Estas narraciones o tradiciones pudieron tomar fuerza en el sentir de los nietos, que las escuchaban como verdades legítimas ante el calor y la luz flameante y temblorosa de la lumbre, misteriosa siempre. Hoy, ojalá la lectura de estas páginas consideren y den valor a aquellos abuelos.

Molina según su caminar por el tiempo tuvo otros nombres, desconocidos los más antiguos, hasta que devino en Molina, que, por arte de alguien, tuvo apodos, en principio fue denominada “de los Caballeros”; el rey Pedro de Aragón la llamó en su coloquial correspondencia “Molina del Conde”; después como una descriptiva simpatía o dependencia perdida en el tiempo “Molina de Aragón”. Y unidos a ella, a la villa de Molina, aparece un territorio, que le da valor.

Los nombres dan idea de una larga historia, o al menos de una variable si no dependencia que también, sí de un desplazamiento por situaciones, que le proporcionaron tales apodos.

Condes descendientes de Manrique de Lara y Señoras, que dieron Señorío para hacer digna de reyes esta porción de territorio…

Pero no era éste, el de celebrar condes, señores, reyes, ni siquiera enumerar los gobernantes, justicias, etc., mi pensamiento[1].

Pienso que la historia no es cosa de unos pocos, sino de todos, del campesino y del pastor, del comerciante, del artesano, del prestamista, del clérigo…, de todos los que con su esfuerzo y tesón mantuvieron a quienes vivieron la gloria de la historia. Pondré un ejemplo: a los pocos días de la coronación del actual rey de España, Felipe VI, una chica le dijo algo y él la encaró, sostuvieron unas palabras que el rey concluyó con esta frase: “¡Tú, ya has tenido tu momento de gloria!”

Qué idea más pobre de la gloria que puede aportar la historia o qué posesión de la historia tan desventurada. ¿No es acaso esta mirada, la del rey, la que mitifica la historia?

¡No sería el rey el protagonista, si estas personas silenciosas no lo miraran cara a cara con enojo o afecto, ni lo mantuvieran y le proporcionaran cuanto necesita para mantenerse en su trono!

Por eso, pretendo descubrir a estos silenciosos y callados porteadores y soportadores de la historia. Ojalá no me desvíe del camino y lo sepa mantener.

Contemplaré las aldeas, las personas que en ellas viven y las que transitan por las calles de Molina. Las que no han dejado palacios ni grandes edificios, las que moraban en casas que el tiempo destruye, o la mano de quien, por adaptarlas, las transforman o, por engrandecerlas, las derriban.

Las personas que cargan sobre sus hombros y sostienen la grandeza de los condes, de las señoras, de los reyes, y también de los justicias, de los gobernadores, de los pesquisidores, de los alcaides de la fortaleza y de los castillos.

¿Estas personas, cómo y de qué manera pudieron sobrevivir?

Otra cosa más.

Se habla de desmitificar la historia liberándola del solo protagonismo de unos pocos.

Pienso que intentando descubrir los hombros que soportaron las cargas, las manos que trabajaron la tierra, que empuñaron el cayado, que cocinaron y cuidaron los animales del corral, que con la sierra y la garlopa, con el martillo y el yunque, con el huso y la rueca, etc., que reconociendo estas actividades y su potencial entonces es cuando la historia adquiere su dimensión: cuando se desmitifica.

Si asentamos la historia en los reyes y en sus hechos, en la nobleza y sus posesiones, en la iglesia y sus dogmas, en los generales y sus ejércitos, en los edificios imperecederos, y en los monumentos que engrandecen las figuras de estos personajes, sólo ensalzamos y elevamos como dioses estelares a esos personajes y magnificamos la historia de las naciones sin que el pueblo aparezca.

El pueblo, sus viviendas y su comportamiento es anodino. Su trabajo no acentúa la gloria de la nación ni de la región. Apenas unos pocos soldados tuvieron la oportunidad de alcanzar la gloria por un hecho trascendental, porque su interlocutor fue un rey o un general.

El monumento al soldado desconocido es un memorial muy reciente; el monumento al campesino, a la campesina, a la obrera, al obrero, etc., no tienen cabida en la presentación gloriosa de la historia.

Las viviendas del pueblo y sus restos necesarios para estudiar su evolución, fueron y son despreciados y eliminados.

La historia no alcanza gloria ni aporta grandeza al rememorar estas situaciones y escenarios.

Pienso que retomarlos es llevar la historia por unos derroteros más vulgares pero no por eso extraños o indignantes, sino más reales y verídicos, es decir desmitificando y trayéndola a su verdadero ser.

El pueblo debe ser el protagonista. Siempre sin nombres, pero siempre con realidades y situaciones auténticas.

A veces, he de sacar conclusiones desde las grandezas de los príncipes, deduciendo las repercusiones que en sus súbditos pudieran tener, otras veces de documentos o desde pinturas medievales u otras formas que aportan maneras de estar.

Cuando uso documentos, prefiero transcribirlos a simplemente comentarlos o citarlos. Pienso que un resumen, por muy fidedigno que quiera ser, es menos expresivo que el texto mismo. Además la riqueza literaria con que la presentan es merecedora de pasar ante los ojos del lector.

Cuando se habla de Molina se habla enseguida de los fríos y de la agricultura y un tanto se olvida del ganado.

Pocos la presentan como frontera entre reinos con todo lo que conlleva de exposición y agresiones.

El hecho de encontrase en el lugar donde dos vertientes, una al Océano Atlántico y otra al Mediterráneo, la dividen, le dan un aspecto de marca, de límite, de línea separadora.

En fin, pretendo exponerla desde una visión humana en la que el pueblo más llano sobrevive y ayuda a sobrevivir.

El método que pretendo seguir es el devenir histórico sin saltos de épocas y con una exposición lo más sencilla posible.

Esta interpretación de la historia que desarrollo a lo largo de este escrito, es un tanto personal por lo que, a veces, algunos razonamientos podrían variar en la mente del lector, máxime si es experto, por eso pido consideración y disculpas.

[1] Son varios los libros en que se habla de la historia del Señorío de Molina desde este ángulo. Muy bien documentados, escritos y argumentados. Por citar alguno: Portocarrero, Pedro Pérez Fuertes, etc.

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