Historia de Molina de Aragón

10º El cristianismo

Los judíos fueron los que, establecidos por las ciudades del mediterráneo en sus actividades comerciales y monetarias, vivieron su religión, la Biblia, como exclusiva. Pero a su vez facilitaron que el nuevo movimiento religioso nacido en Judea, Evangelio, y que respondía por cristianismo, religión abierta y dispuesta para la predicación, se expandiera.

Roma fue el cogollo adonde acudieron las dos personalidades más influyentes de este nuevo culto: Pedro apóstol y Pablo. Allí se estableció el centro, acercándose al foco político e imperial, y de allí se propagó por el imperio.

¿Cómo llegó a la provincia romana de Hispania, y concretamente a la Celtiberia? Esto queda muy oscuro por eso diré algo de cómo se desarrolló en el imperio. Sus instituciones facilitaron o señalaron los caminos para su difusión.

Los soldados no quedaron ajenos a esta predicación y como los celtíberos ocuparon puestos en las filas del ejército romano, se contagiaron y la transmitieron. Ellos aportaron un camino más al ideario cristiano. Cuando estos soldados volvieron a sus lugares de origen con dineros, títulos y vanagloriándose de ser ciudadanos romanos, expondrían sus creencias. Otras predicaciones se dieron, naturalmente, por otros cauces.

En el siglo cuarto, trescientos once, Constantino el Grande dio el visto bueno a estos nuevos creyentes y a sus principios religiosos. El mundo entero (el único mundo existente era el que estaba bajo la dominación romana), vio cómo, en ese momento, salían de los armarios todos los creyentes.

Este mundo romano estaba perfectamente organizado: Roma la capital, las diócesis o provincias, las ciudades y las parroquias (los municipios pequeños), todo era un organigrama perfectamente diseñado. Estaba establecido con sus justicias y administraciones para que la gerencia no se rompiera ni fallara. En ese mundo conocido y acreditado como tal, concurrió la difusión de estas creencias. La unidad administrativa facilitó tal expansión.

En estos momentos Hispania llevaba ya, más o menos, cuatrocientos años en el dominio romano, estaba metida plenamente en su ordenamiento territorial. Por muy lejos que estuvieran, a nuestros pueblos les afectaba el aparato administrativo, ya que llegaba hasta las parroquias más pequeñas y no podían salirse de esas servidumbres.

Sí, el derecho romano estaba muy bien estudiado y establecido. Lo habían escrito los patricios, por lo que los plebeyos y los esclavos eran sólo objeto de servidumbre y penalización, o sea los que pagaban el pato siempre, y además este pato lo preparaban y aderezaban ellos mismos para la comida de los patricios, en nuestro caso de los decuriones, o de quienes estuvieran al mando ante cualquier atropello denunciado y juzgado. Éstos salían beneficiados ya que en el reparto de la multa una parte iba a sus manos, a las de los decuriones, y otra a los patricios y a Roma.

A la Iglesia sólo le bastaba imitar la organización del gobierno romano para expandirse y asentarse por todo el mundo con aquella clasificación de territorios y de gobierno, y usando su legitimación que enseguida se convirtió en privilegios.

Digo privilegios porque cuando faltaban los mandatarios civiles se recurría a los eclesiásticos como mayor autoridad para solucionar los conflictos. Cuando en Roma faltó el César por división del imperio, el Papa fue tomado como el máximo responsable, incluso sobre los delegados del gobierno[1] establecido en Milán o en Ravena cuando el Exarcado.

A pesar de todo, el civil y el eclesiástico no fueron gobiernos unificados aunque en algunos momentos puntuales, y provechosos, sí se revolvieran y entremezclaran. No obstante, eran gobiernos paralelos cada uno con sus competencias, mundano el uno y espiritual el otro. El spiritual, como no, estaba sobre el mundano, por eso lo de conjunción provechosa.

Indro Montanelli en su libro “Historia de la edad media” nos dice al hablar de Justiniano I (483-565): “Con la Pragmática Sanción… (año 554), Justiniano había delegado en los obispos los poderes que hasta entonces habían sido ejercidos por los prefectos. Pero no se trataba de una revolución, sino solo del reconocimiento y legalización de una situación ya existente. A falta de un Estado, la Iglesia asume las funciones de aquél. Se convierte así en protagonista de la historia tanto espiritual como política…”

La Iglesia, el papa y los obispos saben que su poder político y social es muy grande, a pesar de todo dejan a los políticos civiles actuar, pero en caso de defecto o fallo se sienten obligados a intervenir.

Como consecuencia a sus nuevas creencias, nuestros paisanos, los celtíberos, tuvieron que escarbar algo más la tierra para mantener también a sus sacerdotes. Pero además, encontraron un camino nuevo al que dedicar alguno de los jóvenes excedentes de población, soldados con los romanos y también sacerdotes o monjes con la iglesia.

[1] Me refiero como síntoma de los dicho a la actuación del papa León I cuando Atila amenazó Roma (452) consiguiendo que no pasase de Mantua. Y a la actuación ante Genserico (455) evitando que tras el saqueo pasase a cuchillo a los romanos e incendiase la ciudad. Fue el papa quien medió, no el delegado del emperador.

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