Historia de Molina de Aragón

11º La lengua

Una conquista no es plena mientras el conquistado no obedece al conquistador, y eso sólo es factible si la lengua que hablan es la misma. El dominio y victoria, o sea la imposición de fuerza y autoridad no sería eficaz sin dominar la manera de expresarse. El idioma aparece como símbolo de caudillaje y de sumisión. La lengua en el organigrama romano, por tanto, fue uno de los pilares de la conquista.

En la organización romana, tanto los gobernantes, soldados, cobradores de impuestos,  como los  comerciantes, además de los buhoneros y arrieros, yendo de aquí para allá, necesitaban una manera de comunicarse. Deducimos que las distintas lenguas iberas y celtas se fueron armonizando con el latín que les imponían. En el papel de dominación y caudillaje de los romanos, ellos y lo suyo era lo único e inmejorable, lo demás era objeto de conquista y por tanto de eliminación.

¿Cómo aprendieron el latín en nuestras tierras?

Teniendo en cuenta que a la península llegaron las tropas de los ejércitos de Roma, y que estas tropas estaban compuestas por algunos romanos, los jefes, y alguno de la península itálica, el número mayor lo formaban mercenarios de Mauritania, de la Galia, y de otras tierras ya conquistadas. De ello podemos imaginar el latín, defectuoso, que llegó a Hispania. Por tanto los primeros en aprenderlo, por convivencia naturalmente, fueron los soldados hispanos que, al licenciarse, lo transmitieron a sus conciudadanos, con esto ya podemos comprender qué latín se aprendió en nuestras aldeas.

No tuvieron maestros ni gramáticos (ni radio ni tele, ni predicadores…), sino que la fueron captando al aire, de oído, y hablándola con otros que, con el mismo sistema, la aprendían y la comunicaban. Las palabras no las pronunciaban con la exactitud que se debía y mandaba el latín del lacio, sino alteradas y deformadas por la modulación de sonidos originarios de sus lenguas de nacimiento. Incluso algunas palabras, me atrevo a decir, aparecerían sumando sonidos de una y otra… amasando sílabas.

Así entendemos que el aprendizaje de las gentes del pueblo, a lo largo de varios siglos, fue conformando un (nuevo) lenguaje peculiar con dejes y entonaciones, por ser herederos de la manera de hablar de sus antepasados, según regiones.

El trueque, la adquisición de objetos necesarios y la venta de granos, lana, etc., exigían conocer su denominación y las palabras necesarias para regatear. En el esfuerzo para solucionar estos inconvenientes fueron poco a poco obligándolos a usarla, o a acomodar la antigua.

Los soldados y los demás correcaminos puestos en contacto con otros pueblos celtíberos y con poblados de otras regiones se esmeraban por hacerse entender y ¿qué mejor manera que ir recogiendo expresiones que les facilitara la comunicación? Con estas expresiones iban propagando e intentando unificar una lengua –latina- en el país dominado.

En la ciudad, los esclavos, sobre todo, que dependían de gentes adineradas, escuchaban e iban usándola con la ley del mínimo esfuerzo.

Pero entre los esclavos, a alguno, no a todos, correspondió el aprendizaje con corrección y dominio para poder traducir a sus señores las leyes, escribir (corrigiendo) los documentos que les dictaran y, también, para poder representar las obras de teatro.

Quienes la dominaban la lengua, ocupaban puestos de relevancia. Esto fue una razón importantísima para aprenderla. La ciudad y las familias pudientes así lo hicieron.

La prueba del dominio de la lengua está en los teatros que se levantaron, con gran capacidad, existentes en las ciudades donde se representaban obras en latín: Bílbilis, Segrobriga[1]… Y, para ensalzar su dominio, están los escritores y poetas salidos de la península: Marcial, Séneca, Prudencio, Quintiliano…

A esto, en su momento año 311, se añadió la presencia de la iglesia. La iglesia desde el principio hizo suya la lengua de Roma para poder expresarse y expandirse sin dificultad… Aunque en cada diócesis sus sacerdotes predicaran -si es que predicaban- con el lenguaje del pueblo.

Los obispos y sus escribientes sí sabían latín, pero los sacerdotes que sólo conocían el hablar del pueblo, con una pequeña dosis de fe y sobre todo unas buenas palabras se bastaban.

La fe, una vez reconocida por Constantino y después impuesta como única (año 380) por Teodosio, fue obligadamente aceptada y vivida por los súbditos, los siervos y los esclavos.

La iglesia utilizó el latín más exquisito para relacionarse con los obispos y clérigos dependientes de Roma que ocupaban el mundo. Adelanto que este latín con el tiempo fue perdiendo la fuerza del clásico y se fue adaptando a los tiempos, “omnia mutantur nos et mutamur in illis”[2], de manera que el latín cambia y ya no es el de Cicerón ni el de Tito Livio.

Son, por tanto, tres escalas de utilización del latín, la del pueblo llano con sus herencias y defectos, la de los prohombres con sus esclavos expertos en gramática, y la de la iglesia aceptándola como idioma, que perduraría.

[1] Bílbilis en Calatayud, y Segóbriga en Saelices, Cuenca junto al río Cigüela.

[2] Todas las cosas cambian y nosotros con ellas.

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