Historia de Molina de Aragón

13º Los poblados en época romana

De los poblados como conjunto de viviendas no hemos hablado si no es para nombrarlos como refugios o aldeas de reunión y encuentro.

Los pastores por su inclinación nómada no tenían residencia fija aunque sí adoptaran lugares donde reunirse para conservar la raíz de sus ancestros o un lugar para sus fiestas y sus ferias. En la época romana algunos, pocos, continuaron con este sistema de pastoreo, que los forzaba a una postura aguerrida por defensa personal; se encontraban amenazados, en su soledad, por soldados o bandidos que los atrapaban y vendían en el mercado como esclavos; y por protección de sus ganados contra ladrones y alimañas.

Los soldados cuando, licenciados de la milicia, se posesionaban de los lugares con los que eran favorecidos, se dedicaban a la agricultura y al pastoreo. No eran muy bien acogidos estos pastores, según nos dicen Tovar y Blázquez, porque se dedicaban al bandidaje[1] y al saqueo explotando su doble hábito: el bélico, como expertos en las agresiones para conseguir el botín; y el pastoril entendidos en la movilidad y ocultamiento de los ganados.

Anteriormente, los centros de reunión eran aldeas con celebraciones anuales que facilitaban los compromisos familiares, comparación de ganados e intercambio de animales[2]. Los agricultores con sus productos acudirían también, aunque ellos eran y serían quienes mantenían estas aldeas. Sin nombrarlo aquí, en estas relaciones, encontramos la raíz del comercio, nacido del trueque que dio como resultado la decisión de algunos de dedicarse a la compra venta.

Estos poblados estaban enclavados en zonas estratégicas altozanos o lugares escabrosos, como ya dijimos, tanto para defensa de las alimañas como de otros poblados vecinos o de saqueadores. Los almacenes de productos se encontraban en el centro del poblado a buen recaudo para que no sufrieran robos.

Las reuniones, de mayor o menor importancia, se celebraban en días señalados por la luna o el movimiento solar.

La supervivencia alimenticia dependía de la caza, de la carne del ganado y de los animales del corral, por supuesto las reses viejas o las que quedaban inhábiles para la reproducción; no necesitaban de fresqueras o especiales cuidados ya que cuando se acababan unas reservas se proveían de otras. El control sanitario, qué gracia, ¡se me ocurre pensar en sanidad!, bueno siempre hubo osados curanderos que descubrieron y comunicaron los poderes eficaces de las plantas.

El agua. En higiene casi no se gastaba agua, para lavar heridas y poco más, sólo la necesitaban para beber y cocer los alimentos, y era trasportada desde los manantiales más próximos. El acarreo era una manera de entretener a los más jóvenes, aunque la proximidad de manantiales era una razón primordial para levantar sus viviendas. La sed y los rituales religiosos también exigían la proximidad de una fuente o manantial, pero sobre todo para abrevar a los animales.

Los romanos trajeron otras costumbres, la agricultura fue especialmente favorecida y cultivada por el arado y exigía una presencia continuada. No sólo por imposición de la autoridad sino por la exigencia de pago de tributos, el poblado se acercó más a la tierra. Además fue ordenado por Roma que los poblados descendiesen de los montes a territorio llano, eran más fáciles de dominar.

El comercio de la sal, las herramientas de hierro y de madera, el intercambio de semillas para mejorar la producción, todo esto originó otras formas de crecimiento económico. En esta época el pastoreo se descuidó, la vida nómada decreció al establecerse dentro de los límites de las aldeas o no alejándose de ellas. Los animales domésticos, gallinas y cerdos, correteaban junto a las personas dentro de la casa y por las calles.

El sedentarismo por tanto creó nuevas relaciones entre personas.

El aumento poblacional fue una consecuencia de esta tendencia laboral.

El tejido de la lana no aumentó aunque sí se hizo más fino, ya que los telares no debían trasportarse junto a los ganados, y la dedicación y estabilidad mejoró los instrumentos. El contacto entre cardadores, hilanderas y tejedores creó una sensibilidad y por tanto una mejora por la necesidad de instituir el aprendizaje.

El crecimiento agrícola aumentó el número de aldeas, unas por paga a soldados (ya vimos la referida a los soldados de Marco Mario) y otras como colonias (por préstamos de tierras a esclavos). Esta estrategia de producción delimitó los terrenos que, según las propiedades de sus dueños, fueron alquiladas a sus esclavos-colonos. La dedicación a la agricultura trajo como consecuencia una deforestación, y a la vez un crecimiento de las industrias del hierro y de la madera y de todos los elementos necesarios para la construcción de viviendas y realización de unos y otros trabajos. El pequeño comercio unió aldeas.

La cultura de la ciudad que tan profundamente arraigada tenían los romanos –civis romanus sum= soy ciudadano romano- la extendieron por sus territorios. La vivienda, a ejemplo de las casas de la ciudad, mejoró.

La lengua con que ellos se expresaban se amplió con obligada rapidez. Frente a la soledad de los pastores, se abría el abanico de relaciones exigidas por la aldea y por la ciudad.

El comercio y la milicia fueron los primeros en utilizar y extender la lengua.

El tiempo de ocio del campesino en días de lluvia o de fríos, cuando el campo no exigía su presencia, era ocupado distendidamente en comentarios y comunicación. Las amas de casa todos los días tenían contacto entre ellas a la puerta de la vivienda, en la compra y en otras actividades. Lenta pero inevitablemente fueron adaptando los sonidos de las palabras.

El latín, o como muy posteriormente se dijo el ladín, no fue perfectamente hablado, las deformaciones creadas por la lengua antes usada lo deformaría y acomodaría. No muy lejos: Bílbilis, Arcóbriga y Segóbriga tenían unos hermosos teatros donde el latín más excelente era declamado, por tanto muy bien conocido por los habitantes que acudían a los espectáculos.

Las ciudades vivían al estilo de Roma, improductivas, lugares de ocio y fiesta. Habitadas por las gentes de la administración y por los terratenientes que se mantenían de la producción de las aldeas-colonias trabajadas por los esclavos.

La vivienda fue acondicionada con mejoras, suelos apisonados para la limpieza. En las villas y en la domus de los poderosos, los mosaicos y los pavimentos de mármol o de piedra no faltaron.

Cuando el imperio se dividió, perdieron fortaleza las ciudades. Entonces los patricios y los terratenientes comenzaron a desplazarse a sus propiedades acomodando sus viviendas en las villas o fincas para su bienestar y descanso. Éstas eran latifundios propiedad de una familia, y eran trabajadas por esclavos y siervos en divididas colonias.

Tal vez el gran número de poblados, cuyos yacimientos conocemos, tengan origen en estas colonias o caseríos donde vivieron los labriegos-esclavos que trabajaban para los señores de la ciudad o posteriormente de las villas (Constantino funda Constantinopla en el año 330 y la hace residencia y capital del imperio, Teodosio dividirá el imperio romano entre sus hijos en el 395, y a partir de ese año la decadencia del imperio romano da paso a los godos)

[1] Tovar y Blázquez en Historia de la Hispania Romana, Alianza Editorial, 1982, (pag 79-80) “Otra ciudad vecina que ya hemos dicho había sido fundada por Marco Mario pocos años antes, conservaba los belicosos hábitos celtíberos y se dedicaba, en el seminomadismo de los guerreros soldados a los que llamaban bandidaje”.

[2] Entre pastores era normal intercambiar sementales, bien por la lana, el color o las manchas, la lozanía y el poderío. Unas veces con retribución económica y otras por simple intercambio.

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