Historia de Molina de Aragón

22º La época de la extremadura

Las tierras de la extremadura, es decir desde el Duero (extremo Duero) hasta el Tajo, durante muchos años, casi un siglo, estuvieron poco despobladas. En empeño de conquista se detuvo o no se hicieron campañas continuadas, fue una época de sosiego.

Los ejércitos del norte, cristianos en su expansión hacia el territorio de los árabes, y los del sur a la defensiva, pasaban y repasaban por los caminos que creían más oportunos y fáciles. La Taifa, el castillo de Molina, daba un apoyo logístico según a quiénes y a dónde se dirigieran.

Los campesinos debían cuidarse porque los ejércitos tomaban la intendencia por donde pasaban, y exigían de los habitantes manutención y hospitalidad. Los movimientos de tropas, espaciadas pero saqueadoras, comenzaron a hacerles repetir la estrategia ya experimentada de producir y guardar sus frutos.

Ni los caminos ni las direcciones de los ejércitos eran siempre las mismas, nunca sabían por donde pasarían, y sólo podían valerse de las comunicaciones, por silbidos o por señales de humo. De Abderramán III en su viaje a Zaragoza para que lo reconocieran como califa, sí se sabe que cruzó por estas tierras el año 932

He hablado de trashumancia atrevida, tal vez no sea la palabra justa, pero las tierras que quedaban entre los reinos cristianos y los de taifas aparentemente no eran de nadie (de ningún reino) y no pagaban impuestos, por lo tanto eran muy provechosas para los ganaderos. Cuando se enteraban de posibles enfrentamientos de unos reinos contra otros, los ganaderos utilizaban como pastos aquellas tierras amenazadas de invasión. Era un aprovechamiento previo y libres de impuestos.

Sólo hubo un problema para los ganados, la urgencia para huir de cualquier ejército. En esta huída podían revolverse unos rebaños con otros y, al retirarse el peligro, surgía el problema de separarlos. Los pastores idearon unas leyes para evitar altercados en este apartar las ovejas de unos de las de otros, y fueron llamadas: leyes de la mesta, (de mezcla, en latín).

La idea del libre pasto estaba muy arraigada, como si el morro de la oveja no tuviera límites, pudiendo morder allá donde alcanzaba. Esta misma libertad atañía al pastor en su búsqueda de pastos.

Como vimos en los primeros capítulos las aldeas se integraban y dependían de unas autoridades, incluso entre ellas se relacionaban para formar regiones de trato comercial y político. Pero los pastores se mantenían en su libre actuación, con la misma independencia de sus ovejas en cuanto a la elección de pastos.

Estos ganados podían alcanzar, en sus hatajos particulares algún ciento o poco más, aunque entre varios formaran ganaderías mayores. ¿Cuántos en la totalidad del entonces reino molinés? bastantes miles. He hablado, o hablaré del esplendor de Molina incluyendo a los ganaderos como productores (a pesar de su independencia), pensando que actuarían como ahora cuento en cuanto a pastos, y que se valdrían de los mismos caminos para la venta de lana fina que sus vecinos del norte que careaban los ganados por los mismos lugares, y también del que seguían los musulmanes a cuyos reinos pertenecían. Es decir que estos ganaderos de la Celtiberia tenían dos caminos de mercado para la lana.

Aún perteneciendo a la Taifa de Molina, (debido a su libertad de recorridos) los pastores tendrían sus contactos con los cristianos para el comercio y venta de lanas y carnes. Debemos tener en cuenta que las ciudades comerciales de Europa, (siglo IX) comenzando por las que se encontraban en las desembocaduras del Rin, estaban creciendo con sus telares, más modernizados, y compraban cuanta lana les llegaba. Castilla tenía puertos en el mar Cantábrico por donde exportar.

Aquellos comerciantes, países bajos, no sólo se dedicaban a la compra y venta, sino que comenzaron a industrializarse con lo que las ciudades comenzaron a crecer alrededor de estas zonas de trabajo[1].

Está claro que esta actividad de pastoreo produjo beneficios en nuestros pueblos[2], e indudablemente al de la taifa de Molina.

[1] “Las ciudades de la edad media” Henry Pirenne. Alianza Editorial 1997.

[2] Como consecuencia tal vez de esta actividad pastoril puedo afirmar que, cuatrocientos años después, una familia de Hinojosa tenía una trashumancia de 7.000 cabezas en Mula, Murcia, pero esto es tema posterior.

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