Historia de Molina de aragón

29º Algo sobre legislación como nota previa a los fueros

Hasta ahora solamente he hablado de la esclavitud, incluso he citado algunas leyes dictadas por el emperador Caracalla para redefinir la actuación de aquella época. Ahora toca interpretar estas palabras “…la propiedad de la ciudad con pleno derecho, con sus leyes, campos, libertades, molinos y ciudadanos…”[1] con las que según Jerónimo Zurita se formula el dominio que adquiere Manrique de Lara y que es enajenado a los reyes.

En Roma, los césares que incuso se adjudicaron la divinidad y exigieron ser adorados como tales, dictaban las leyes. El senado de patricios las confeccionaba y el César las sellaba, si no era él mismo quien por su voluntad las elaborara e impusiera. Los plebeyos y los siervos eran el objeto de estas leyes. Es decir plebeyos y siervos eran regulados y eran obligados a seguirlas y cumplirlas; sus acciones, sus obras y sus comportamientos quedaban enjuiciados y reglamentados, para ellos eran instituidas las leyes.

Los patricios estaban exentos. Los propietarios eran atendidos, sus posesiones debían respetarse. A ellos, cuando paseaban por las calles, iban el circo o al teatro, etc., los plebeyos debían ceder el paso, respetar sus asientos, etc.

Los esclavos no eran objeto creativo de leyes ya que eran considerados como animales o cosas. Las gentes libres, que los poseen, tienen poder de vida, muerte o venta sobre ellos. Las leyes de Caracalla los trataba de defender pero como se defiende una propiedad o un animal de carga.

El César y los patricios eran juez y parte para legislar por lo que, básicamente, reglamentaban cuando ellos se sentían heridos, limitados, no respetados, ofendidos en su libertad, etc., y sólo de retruécano algún mínimo derecho de los plebeyos podía quedar defendido. Nunca eran los patricios quienes ofendían, por eso estaban liberados de las leyes que ellos imponían. Las relaciones entre ellos, patricios con patricios, las fundaban en la educación y el respeto, que pocas veces alcanzaban razón legislativa.

Los pueblos, que llegaron después, se encontraron con esta legislación y la mantuvieron. Eran normas que favorecía a los poderosos, la propiedad, el cobro de tributos, el poder sobre las personas, etc., todo los beneficiaba.

Únicamente añadieron o cambiaron las normas que por religión, guerra, idioma o idiosincrasia del momento creyeron necesarias, pero siempre desde el poder de los reyes o de los califas, e impuestas a todos los que estaban por debajo, súbditos, siervos o esclavos.

Ellos, los legisladores, estaban sobre sus mismas leyes como si no les afectaran.

En estos momentos D. Manrique se arroga todo el poder, dando de lado a quienes estaban sobre él, al rey de Castilla y al de Aragón. Bueno esta es una manera de decir, porque D. Manrique estuvo al servicio de los reyes, Alfonso VII, Sancho III y Alfonso VIII hasta su muerte. Más aún fue el tutor y educador de Alfonso VIII.

Los reyes, rodeados de nobles y de la obligación de expandir su religión, no alcanzaban a llegar y asistir a todos los territorios que caían bajo su poder; cediéndolos, dominaban a sus dueños y recibían de estos la ayuda y aportación económica necesaria.

De la misma manera que D. Manrique de Lara dominaba a las gentes del señorío el rey estaba sobre él y los demás señores  o nobles, incluso de los obispos.

Él se establece a sí mismo como dueño de personas, campos, libertades, etc., y se nombra legislador con todo derecho, por tanto, único. Este poder es lo que denominamos como señorío.

Con este poder establecerá las normas de conducta para todos sus súbditos y siervos o ¿esclavos?, esto lo iremos viendo más adelante. Como de la ciudad “…la propiedad de la ciudad con pleno derecho, con sus leyes, campos, libertades, molinos y ciudadanos…”[2] La ciudad como base y lugar donde asentar sus gobernantes y milicias, como punto fuerte de defensa y preparación para que lo arropen y acompañen en sus acciones bélicas.

Molina y sus habitantes no dependen del Rey sino de él: del Conde don Manrique de Lara. En última instancia, en toda cuestión judicial de vida o muerte, a él se debe recurrir, no al rey.

[1] Ver cita de Jerónimo Zurita en páginas anteriores.

[2] Ver cita de Jerónimo Zurita en páginas anteriores.

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