Historia de Molina de Aragón

52º La tierra…, los ocupantes y los siervos

La disponibilidad para acudir a la llamada del conde, que obligaba a la milicia a los caballeros y a los hombres de armas, no les impedía el trabajo de sus tierras.

Aquella sociedad se formaba básicamente de dos clases por no decir castas: los propietarios y los siervos o esclavos. Si hemos leído bien, se encontraban zonas yermas y pobladas, “castiellos poblados et yermos”, “con todo su término yermo y poblado”, si además como leeremos al hablar de las expediciones guerreras “Todo omne de Molina que traxiere moros de otra tierra de guerra et aquellos en su aldea poblare, suyos sean a mandar[1].

Hay varias maneras de concebir la esclavitud, y ésta es una de ellas: “suyos sean a mandar”

Aquellos que poblaban “términos” y “castiellos” y caían en posesión de los nuevos pobladores eran valorados como si fueran términos yermos; en el fuero se identifica el termino yermo con el poblado como si fueran una cosa similar, lo que quiere decir que los antiguos pobladores pasaban a ser considerados como una parte del territorio. Algo que está unido a la tierra como lo están los animales de carga, los ganados y la tierra yerma. Igualmente ocurría con quienes habitaban en los castillos.

Los que traen como prisioneros conquistados pasan a enrolar ese número de persona-animales o personas-tierra y son tratadas con el mismo criterio.

Quien más siervos tenía, más producción le rentaban y menos esfuerzo físico le exigía en campo y por tanto más liberado estaba para las otras ocupaciones, incluso para vivir en Molina y valerse de los privilegios de la ciudad.

Aunque no poseemos datos del reparto de tierras o cómo se hizo la ocupación, ya que los registros no existen, es fácil deducir que cada “término yermo o poblado” cayera en manos de un único dueño y que él actuara como alcalde, justicia y propietario, y todos los que en él estuvieran “término poblado” quedarían a sus órdenes: “a mandar”

Si el término estaba yermo, él se encargaría de hacerse con siervos y criados para trabajarlo. Ya hemos leído la manera de conseguirlos en las refriegas de fronteras.

Los problemas de posesión y conservación de estas posesiones, un poco someramente, la hemos visto en capítulos anteriores al ver como los inscribían en la colación.

Esta manera de poseer nos explicaría que algunos pueblos tuvieran nombres derivados de los propietarios, por ejemplo Hinojosa, si el Garcés de Molina que se casó con Teresa Finojosa[2] fuera el dueño y señor del poblado y tierras que se hallan al pie del cerro Cabeza del Cid, se deduciría fácilmente el por qué del nombre a este pueblo, es decir de Hinojosa.

De esta manera los nombres de otros lugares tendrían la misma o parecida explicación[3].

Los pobladores se aclimataron a esta manera de vivir. Cabría preguntar si no habría quién se levantara en contra de esta dominación servil. Podría haberlos, pero quienes vivieron entonces, con sólo levantar la vista se encontrarían con que quienes los rodeaban vivían igual y esto los haría conformarse con su circunstancia.

Es más si desde la infancia eran tenidos como siervos o como esclavos, acabarían perdiendo toda imaginación de ser otra cosa. La cultura como fuente de conocimiento les faltaba, en cambio el mando imponiendo y exigiendo lo tenían tan encima amenazándolos con castigos (desampararlos) y con privaciones (hambre sobre todo y falta de abrigo si abandonaban a sus dueños) que los anulaban e incapacitaban para otro cualquier pensamiento, no digo aspiración.

Cada uno nacía y vivía atado a su propio destino, y el destino de cada uno dependía de quien le daba de comer y lo vestía. Con esta perspectiva nadie se rebelaba, diría incluso que nadie pensaba y por tanto no imaginaban otra posibilidad.

La mansedumbre era la virtud más predicada y mejor entendida para que nadie se rebelara ni querellara contra el señor o el que tuviera por encima. Sí que entre ellos, los de la misma categoría o clase, se injuriaban y acosaban, era el igual con el igual, el hombre de la misma ralea con el de la misma ralea. No era rebeldía contra la situación ni contra quien la creaba.

Los argumentos de rebeldía sólo nacen cuando el horizonte se despeja, bien por información, o bien por contagio de quien incita a ello, pero entonces el estímulo era negativo, es más, diría que adverso. Dominar es humillar y predisponer a que vivan en la humillación.

[1] Fueros de Molina de Aragón. Capítulo XI. Cédula 12.

[2] Dice Toribio Minguella en “Historia de la Diócesis de Sigüenza y de sus Obispos” “El apellido Finojosa toma su origen del lugar de Hinojosa, entre Gómara y Ágreda, distante tres leguas del uno como del otro. De aquel lugar eran señores los Finojosas, con el apellido de Muñoz, según Argote. Doña Eva fué hija de D. Miguel Muñoz de Finojosa, que sir­vió al Emperador Alfonso VII, y tal vez en premio le concediera el señorío de Deza, según se colige de la partición que de este pa­trimonio hicieron sus hijos, en el que se les nombra, y fueron Munio Sancho, que le sucedió en el señorío, al que unos autores lla­man Nuño Sánchez y otros Nuño Pérez; San Martín de Finojosa, Abad de Santa María de Huerta; D.ª Eva, casada con D. Ximeno Pérez de Rada; Caballero Navarro, y D.ª Teresa, que casó con Garcés, de tierra de Molina…” Martín Finojosa de quien se habla aquí fue obispo de la diócesis de Sigüenza, y su hermano Munio Sancho acompañó al rey Alfonso VIII en la toma de Cuenca, junto a don Pedro Manrique de Lara, segundo Señor de Molina.

[3] Como ejemplo de esta manera de bautizar a los pueblos y ciudades aparece en la Andalucía y en gran parte de América, donde cada conquistador dejaba su nombre o el de su pueblo o ciudad.

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