Historia de Molina de Aragón

65º La iglesia y su influencia

Las órdenes militares acompañaban a los conquistadores y con la vista puesta en Dios y en el cielo cristianizaban con la espada. Territorio invadido, territorio cristianizado. Por eso hablo de la predicación con la espada, la predicación se trocaba en arenga para instruir y atraer a la conquistar infieles para convertidos.

Los habitantes de aquellos lugares pasaban a depender del señor terrenal que al ser creyente los hacía creyentes. Consecuencia de la espada vencedora. La religión de mi espada es la de los vencidos.

La época de las grandes cruzadas a tierra santa impregnaba el espíritu de las gentes, máxime de las órdenes militares nacidas de y para estas expediciones. La segunda cruzada había tenido un éxito que no volvería a repetirse y la tercera, la de los reyes, no tardaría mucho en convocarse. Aquella guerra en la península se convirtió en cruzada, las órdenes militares formaron parte de esta gesta bélica.

La monarquía y la iglesia caminaban juntas. El conde Manrique y el representante del obispo también. Las primeras palabras del conde no dejan lugar a duda de su intención: crear un lugar de creyentes pertenecientes a la iglesia. “En el nombre de Dios y de la divina piedad. Es a saber: del Padre del Hijo y del Espíritu Santo amen. (…) y en él sea Dios adorado y fielmente rogado”[1].

La iglesia con sus monasterios y sus clérigos influyó grandemente en la vida de quienes repoblaron el territorio. Los monjes con su “ora et labora”, reza y trabaja, dedicaban horas en la huerta con la dedicación que su compromiso les exigía. Al provenir de lugares donde no se había roto el proceso agricultor extendieron las formas de cultivo con su ejemplo y sus exigencias para con los trabajadores.

Los sacerdotes con la predicación instruían sobre la creación del mundo, el trabajo de seis días y el descanso del séptimo: la semana, las condenas de Dios al expulsar a Adán y Eva del paraíso a causa del pecado original, con sus maldiciones: a Eva: “parirás con dolor” y a Adán: “ganarás el pan con el sudor de tu frente”. Con estas enseñanzas crearon la obligada dedicación al trabajo, dándole el convencimiento de fatigoso, penoso pero imprescindible. El trabajo no tenía valor, era un castigo de Dios y por tanto obligado. Nadie podía desligarse de él.

Ambas instrucciones de la religión, la semana y el castigo de Dios, las transmiten los monjes como enseñanzas divinas de las que nadie se puede evadir. Con la exigencia del trabajo sudoroso muestran como consecuencia necesaria la arada de barbecho en el otoño, la de bina en primavera y la de sementera en el otoño siguiente, dejando las tierras con un año de descanso. Ya los romanos las dejaban descansar y tras el año de descanso, o dos según la calidad de las tierras, volvían roturando de nuevo. La dedicación al trabajo y la aceptación del sudor, el sufrimiento y el cansancio respondían a la predicación de que a más esfuerzo y más penar, más cerca de Dios y de la salvación eterna estaban, y a su vez la producción era mayor

El principio agrícola estaba enseñado. Repito: el trabajo no era valorable, era obligatorio y además el ocio no era consentido por Dios, si no era el domingo, trabajarás con sudor y al séptimo descansarás.

El cobro de las primicias era el agradecimiento a Dios por el fruto concedido tras el gran esfuerzo. Y el pago de los diezmos para mantener a la iglesia, exigía el esfuerzo de producir para después de diezmar, y además pagar unos y otros impuestos, también al señor, no quedar con la mesa vacía.

El recto hacer y cumplimiento de las normas establecidas los sacaría de este valle de dolor, fatiga y sudor, así predicaba la iglesia.

Entre estas normas estaba: la sumisión y respeto a las personas puestas por Dios para el gobierno y buen orden. La obediencia a las enseñanzas y preceptos así como a las disposiciones de quien mandaba era signo de rectitud, de honradez, de lealtad y de veracidad.

No se les ocurría que estas normas de obediencia no hacían otra cosa que mantener y encumbrar a quienes mandaban. El desconocimiento y la aceptación de las predicaciones los convertía en siervos y a ellos en señores. Los amos y dueños de los siervos y de los criados cuanto mejor eran obedecidos más encumbrados se encontraban.

Todos conocían que el infierno y la gloria eran los lugares donde recibir el castigo o el premio.

La instrucción religiosa se componía de los acontecimientos de la Biblia; los sacerdotes que los atendían, apenas si tenían conocimientos teológicos, pero sí de historia sagrada, y sobre todo, y era lo que más aceptaban los feligreses, de intervenciones milagrosas de Dios o de los santos.

El culto a los muertos y la oración por los difuntos estaba establecida incluso en los fueros: “Todo uezino de Molina que fiios non ouiere los sus bienes herédenlos sus parientes; si non ouiere parientes, aquella colla­ción donde fuere tomen todo lo suyo et denlo por su alma”[2] Por tanto se dedicará a oraciones y misas por el alma del dueño de las fincas, el producto de sus posesiones que cumplirán los representantes (alcalde o juez) de la colación a la que perteneciere.

Teniendo en cuenta que los musulmanes eran enemigos por su religión, el ambiente combativo y la convicción de poseer al verdadero Dios impregnarían toda la vida y los actos de aquellas gentes. No solo mientras estuvieran en el frente sino también en tiempos de paz.

A esto he de añadir algo profundamente inmerso en sus mentes, y si no, así se lo presentaban: el poder religioso y el poder civil, concretando, el del sacerdote (o del obispo según donde vivieran) y el del conde eran iguales. Ambos poseían el dominio sobre sus campos, ganados y personas. En algún lugar he leído que la iglesia y el rey o el gobernante eran hermanos siameses. El pecado y la desobediencia a las leyes del gobernante eran un mismo delito, ambos alejaban de Dios por igual.

[1] Fueros primera cédula.

[2] Fueros Capítulo 11 cédula 8ª.

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