Historia de Molina de Aragón

34º Donaciones

Seguimos con Molina ciudad y sus prohombres.

“Do a uos en fuero para siempre que todos los vezinos de Molina, caualleros et clérigos y jodíos[1] reciban sendos cafizes de sal cada anno et den en precio destos cafizes sendos mancales”[2]

Continuamos con los privilegios, no solo están exentos de tributos, sino que también han de recibir un cahiz de sal a un precio determinado, es decir ajeno a la especulación del mercado.

Aquí nos presenta la sociedad de Molina al completo, por orden de poderío o de categoría: los caballeros y la institución de clérigos con templos y monasterios, y después la de los judíos.

Según otras lecturas, probablemente más reales del fuero, no se leería “y jodíos” sino “los otros”[3] –en la lectura que sigo aquí no aparece “los otros” sino los “judíos”-, si aceptáramos “los otros”, acordaríamos el resto de la población, lo que sería más convincente; porque la ciudad, Molina, es el centro y la capitalidad de la región y ha de ser especialmente tratada para que se repueble cuanto antes y se responsabilice del resto del señorío.

En la lectura que seguimos, la de Sancho Izquierdo se lee “y jodios”, así podemos enumerar las creencias, cristiana y judía; pero si siguiéramos la otra lectura “los otros” la enumeraríamos por los trabajos u oficios, los comerciantes, carpinteros, albañiles, agricultores, pastores, etc. Un poco menos diferenciadora o exclusivista la lectura de “los otros”, y más adecuada: caballeros, clérigos y los otros: los prepotentes y el resto.

No obstante al aparecer en “y jodíos” tenemos una visión peculiar, ya que no hace mención a musulmanes o moros y por tanto en esta primera y general declaración de los fueros, la sociedad sólo comprendía dos religiones, la tercera, la musulmana, ahora combatida, alcanzaría lugar algún siglo después.

No obstante lo que importa es el aprecio que muestra hacia la ciudad y sus habitantes. No por la sal sino por determinar el precio de la sal.

¿Pero de dónde salen estos cahices de sal?

“Et que recibidos estos cafizes[4] en Trayt o en Almallay con uuestro escriuano et mío et quien en otra mientre la tomare, peche cient maravedíes”[5]

La sal de Traid o de Almallá se pagará a un mencal[6] cada cahiz. Y todo ello perfectamente regulado. Si no fuese respetado este fuero se multaría con cien maravedíes indistintamente a vendedores o usureros.

Para que se realice con normalidad ha de ser registrado por un escribano, e impone una multa a quienes no respondan al cumplimiento de la ley o privilegio que tienen las salinas. Molina tiene precio impuesto de la sal y las salinas elegidas como único proveedor.

Entre los prohombres, además de los caballeros y los clérigos, habrá que anotar a un escribano que ya veremos de qué estamento procede.

[1] Dice Sancho Izquierdo que estas dos palabras “y jodíos” aparecen raspadas y luego escritas encima con letra del siglo XVI. En otras transcripciones es sustituida por “los otros”.

[2] Fueros de Molina. Cédula 5.

[3] En otros escritos donde se presentan estos fueros en esta cédula, después de caballeros, clérigos y judíos a los que también alteran el orden añaden “otros” como dando a saber que no están relacionados todos los pobladores de Molina. Y se relata así: “Doilos en fuero para siempre que todos los vecinos de Molina, caballeros y clérigos y otros, reciban sendos cahizes de sal cada año y den en precio de estos cahizes sendos mencales, y que reciban estos cahizes en trayt o en almayay con vuestro escribano y el mío, y quien de otra manera tomare pendre cien maravedíes”. Recogido de internet y principalmente de la Web de Valhermoso: http://www.ayuntamientodevalhermoso.com/historia/fuero-p%C3%A1g-1/

[4] El autor no sigue ninguna norma y así la palabra “cahices” puede aparecer escrita de varias maneras: cálices, cafizes, o cafices. Esto mismo ocurre con otras palabras a lo largo del documento, por lo que se transcribirán tal y como aparezcan.

[5] Fueros de Molina. Cédula 6.

[6] Sancho Izquierdo. “En unas declaraciones del Fuero de Fuentes, lugar cercano a Brihuega, posteriores en cerca de tres siglos al de esta última (13 de mayo de 1493) dice: <La tasa de las monedas. -Item: en quanto toca las monedas que están en el fuero asentadas que son en el tiempo antiguo que por cad meaja se entiende una banca vieja e por un mencal se juzgue 3 maravedíes e los sueldos a quatro maravedíes>”.

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33º Donde se trata de los caballeros

Aparecen algunos fueros que sólo afectan a Molina ciudad.

La ciudad tiene privilegios y es especialmente tratada y configurada ya que desde ella había que mantener el gobierno del territorio y era el lugar desde el que había que defenderlo. Por tanto las normas de fuero debían acomodarse y favorecer estos compromisos.

“Dó a uos en fuero que el uezino de Molina que cauallo et armas de fuste et de fierro et casa poblada et muger et fijos en Molina touiere, non peche ninguna cosa.”

“Dó a uos en fuero que el uezino que en Molina casa poblada dentro en Molina touiere, sea escusado de pecho et non peche sinon en la lauor de los muros”[1]

De estas cédulas podemos deducir unos privilegios que benefician a los pobladores de la ciudad de Molina. La urgencia de habitarla motivó la promulgación de estas cédulas. Fue probablemente la más despoblada y como cabecera y sede del Condado necesitaba ser ocupada con prioridad y con gentío. El castillo, la administración y cuantos medios de gobierno se requerían para su funcionamiento necesitaban estar favorecidos y bien arropados.

Los caballeros son la idea de gobierno y defensa, les señala el lugar donde mejor podían vivir y cumplir sus compromisos como adiestrarse y ejercitarse en la caballería. Les da unos beneficios, no pechar. En lugar de señalar una paga los exime y con ello los mantiene en su servicio.

Los demás ciudadanos se encuentran en similares situaciones de servicio y entrenamiento.

Presenta no diré tres clases de vecinos, pero sí tres estamentos según sus posesiones, casi diría según sus aptitudes para una movilización de guerra.

Primero enumera la exención de pago de tributos a quienes “…cauallo et armas de fuste et de fierro et casa poblada et muger et fijos en Molina touiere…”, podemos deducir: quienes podrían movilizarse en caso de guerra, es decir personas aptas y decididas para acudir a su llamada y acompañarlo a las hazañas bélicas, y también para defender la ciudad, su familia estaba dentro y esta circunstancia más los obligaba. Para esto debían poseer caballo y armas de hierro, casa y, por si hubiera solteros, familia residiendo. Éstos totalmente exentos de pago de tributos.

También legisla sobre quienes poblaran la ciudad: “…que el uezino que en Molina casa poblada dentro en Molina touiere sea escusado de pecho et non peche sinon en la lauor de los muros…”, este privilegio incumbe a todos los que habiten en la ciudad con casa poblada, de esta palabra no puedo deducir que obligatoriamente tuviera familia, por tanto caben unos y otros casados y solteros. Éstos también quedan exentos de pagar impuestos. Pero a cambio deben tributar en la labor de la edificación, fortalecimiento y defensa de las murallas, por tanto quedan obligados a todo lo que concierne al mantenimiento de la ciudad.

Quedan unos terceros “Et el aldeano que poblare en la villa por casa que tenga en pennos nin por alquile, non sea escusado mas por su casa propria et primero sea en la villa morador con muger et con fijos por hun anno et aquel anno peche, et dende adelante sea escusado commo vezino de Molina”[2]

Esta cédula quiere prevenir dado que algunos aldeanos han decidido vivir en la ciudad y en ella han levantado casa para privilegiarse y no pagar impuestos. Se les pone unas condiciones: que sean dueños de la casa, que en ella habite con su mujer e hijos y que pague el primer año, después se le considerará como vecino y será exonerado.

Y también ordena para que no hubiese abusos: “…el aldeano que poblare en la villa por casa que tenga en pennos ni por alquiler no sea escusado…” Aquí sale al paso de quienes se fueron a vivir a Molina: si la tuvieran en (pennos) prenda, es decir como garantía o aval de un préstamo o si la tuvieran en alquiler no les sirve para gozar los privilegios de vecino molinés.

Deducimos de estas cédulas que a los pobladores de las aldeas les corresponderá el pago de tributos ya que libera a los vecinos de Molina. No es de extrañar que quienes conocieran los privilegios de la ciudad se fueran a vivir a ella, a pesar de los condicionantes de mantener sus muros.

Para un mejor entendimiento de estas cédulas no debemos olvidar el momento bélico en que se vivía: el castillo con sus amplios muros y las murallas, todo debía defenderse porque como ciudad cabecera y capital del Señorío debía mantenerse incólume contra todo asalto.

Los caballeros debían estar siempre apunto y preparados. Veremos que serán los elegidos para todos los cargos.

La batalla, su preparación o previsión está por encima de los campesinos. Las lanzas y armas de que se deben proveer por encima de los arados. Estamos en era de guerra, no guerra abierta sino de escaramuzas y de pequeñas conquistas de las que el botín y la adquisición de tierras es la única razón.

Molina de los caballeros…

[1] Fueros de Molina. Cédulas 3 y 4.

[2] Fueros de Molina. Cédula 5.

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32º Normas de población

Como poseedor y dueño de todo continúa exponiendo su voluntad. No dictamina, no es necesario, su simple voluntad es ley y orden.

“Quiero que los omnes que y poblaren que la ayan en heredat a ellos et a fijos de ellos con todo su termino yermo et poblado con sus montes et con aguas et con molinos”[1]

Concreta la posesión, cuando dice en la ley de fuero: “que la ayan en heredat a ellos et a fijos de ellos…” Manrique de Lara entrega a los nuevos habitantes el privilegio de poseer; él tiene ese dominio y hace partícipes de él a los que poblaren esta nueva tierra. Cuando hablábamos de la esclavitud, hablábamos de la doble servidumbre, a la tierra y al señor que podía quitarla y desampararlos, aquí vemos que el conde renuncia a la posesión de la vida de sus súbditos en cuanto que podría quitarles la tierra: él la tiene como señor absoluto y la cede a los pobladores para que la tengan en heredad y en verdadera posesión que se expresa en lo que sigue: pudiendo dejarla en herencia a sus hijos.

Con este derecho a la herencia se garantiza una repoblación permanente. Favorece la continuidad de las familias y por tanto no quedarán yermos los campos. Y que teniendo asegurada la habitabilidad tiene asegurada la obediencia a sus órdenes militares y al pago de los tributos.

“Do a uos en fuero que aquellos que y poblaren et casas y fizieren si yr dende quisieren puedan uender sus casas et sus heredades et vayan francos do quisieren.”[2]

En la cédula anterior era su simple voluntad la que imperaba, ahora es un jurista que da en fuero, legisla: que quienes poblaren podían levantar casa para vivir, establecerse permanentemente.

Y además que aquel deseo de dar en posesión una heredad no obliga con compromiso de permanencia y dependencia sino que, y esto es un verdadero sentido de autonomía posesiva, pueden vender la heredad e incluso abandonar el territorio. Esto implica una independencia, pueden confirmar la posesión de la heredad y de la casa, o las pueden vender e irse, buscar otro domicilio libremente y en cualquier otro lugar, incluso fuera de su señorío. No en todos los señoríos se les concede a los pobladores este privilegio, ya que por la entrega de tierras quedaban unidos a ellas en servidumbre perpetua y sólo el señor los podía liberarlos de esa servidumbre.

La entrega de posesión por tanto es completa e incondicional, eso sí el pago de impuestos ya lo veremos. Por eso hablaba de siervos, no de esclavos, aunque, por esta cédula de autonomía, parece que la servidumbre no es tan estricta, pero sí que esclaviza más ya que pone en tesitura de poder largarse o quedarse, y esto refuerza el sentido de posesión.

Dos argumentos de que el poblador es poseedor de las tierras, poder legar en herencia y poder vender y marcharse.

Habla en la primera cédula de “con todo su termino yermo et poblado”, hace entrega a los pobladores de todo los espacios “yermos” o lo que él llamaría o podríamos llamar “desiertos”; y también los pobladores que los ocupasen, es decir, de aquellos preexistentes que deducimos de las palabras: “…y poblado…”. Entendemos que aquellos habitantes que permanecieron, entran dentro de esta oferta con el mismo derecho que el yermo desierto, los montes, las aguas y los molinos. De aquí deduciríamos que entran en esclavitud para el nuevo dueño.

Queda un poco indefinida la asimilación de yermo y poblado ya que en la posesión de término poblado podrían darse choques violentos entre los antiguos habitantes y los nuevos pobladores, cosa que no ocurriría en el yermo. Podría también ocurrir que alguno de estos pobladores que permanecieron se presentara como nuevo poblador y como ya poseedor de las tierras a ocupar. ¿O tal vez con esta asimilación convirtió a los antiguos pobladores en cosas como los molinos y etc., y pensó que podrían evitarse violencias? ¿Continuaron como esclavos éstos a quienes se refiere como “et poblado”?

Estas normas o fueros de población afectaron a todos los que llegaron a Molina y a las aldeas con el propósito de poblarlas.

Queda muy claro el valor hereditario de las posesiones.

No aparece criterio de selección ni descripción del territorio que cada cual ocuparía.

Para un mejor entendimiento hay que tener en cuenta que no eran los soldados los que ocupaban las aldeas con fuero de puebla propio, sino que fue el conde como señor de Molina y sus tierras quien establecía los fueros de población y las normas generales de comportamiento.

Los tributos se pagarían al conde Don Manrique de Lara porque así lo disponía él mismo y los prescribía cómo y cuándo quería.

[1] Fueros de Molina, 2ª cédula.

[2] Fueros de Molina, 4ª cédula.

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31º Repoblación

Alfonso I de Aragón el Batallador hizo una incursión por Al-Ándalus para liberar mozárabes que quisieran venir a repoblar todo cuanto él conquistó. Digamos que de allí pudieron salir los primeros repobladores[1]. Ya había fundado en Monreal del Campo un convento donde se pudieran acoger quienes, desde tierras andalusíes, huyeran a lugares cristianos.

Desde entonces hasta que don Manrique se adueña de Molina pasa un tiempo largo del que no hay noticias poblacionales.

En 1152, dice Pedro Pérez Fuertes que en este año ocurrió la “…posible otorgación del fuero de Molina y fecha en que aparece el primer documento con D. Manrique y Dª Hermesenda como esposos y señores de Molina”[2].

Así se lee en el prefacio de los fueros. “Dize D. Rodrigo, Arzobispo de Toledo, que a Molina Cabo Aragón la edificó donde agora esta el Conde D. Almirique y donna Ermesenda, su mujer, en la era de Çesar de mil y çiento çincuenta que es anno de naçimiento de Nuestro Senor Jesucristo de mil y çiento doce…”[3] No me entretengo en comentarios sobre este párrafo porque lo que me interesa es confirmar la actuación de ambos, don Manrique de Lara y doña Hermesenda como señores de Molina. Y que ellos se ocuparon de la instauración y vida de Molina de los Caballeros como se conoció y nombró, y la localización: junto a Aragón “cabo Aragón”.

Miguel Sancho Izquierdo, en cambio, encabeza los fueros con este texto: “Fuero de Molina de los Cavalleros: que hizo el ylustre sennor el Conde Marrich: y edificó desde los funda­mentos a la dicha villa: y fué sennor della. Está sepultado su cuerpo en el monesterio de Santa María de Huerta del Obispado de Sigüenga que es de fraires bernardos. Este Monasterio edificó el Rey don Alonso el Octavo. Deste no­ble conde vienen y proceden los Manriques de Lara de Espanna. El cual conde fué pa­dre de donna Mafalda Manri­que muger del Rey D. Alon­so Enriquez primero Rey de Portugal. Ansí lo testifica Va­lerio de las Estorias escolás­ticas, libro 5, título 4, capítu­lo 4, folio 45.”[4]

Es un texto que en principio señala el nombre de Molina de los Caballeros y resume como en un epitafio la vida del conde, señala el lugar de enterramiento, como dándole prosapia por ser Alfonso VIII quién edificó el monasterio. Termina diciendo quién testifica lo escrito, omito los nombres por innecesarios.

Tras estas dos citas como preámbulos, comienzan los fueros.

Dice el fuero: “En el nonbre de Dios et de la diuina Piadat. Es a saber del Padre el del Fijo et del Spíritu Sancto amén. Yo el conde Almerich fallé lugar mucho antigo desierto el qual quiero que sea poblado et ay sea Dios adorado et fielmentre rogado”[5]

Primeramente quiero hacer patente el año en que se otorgó el fuero: 1152.

Y quién lo otorga: La persona que se arroga todo el poder sobre personas, animales, tierras y productos: sal, madera, etc.

Quiero resaltar que la esclavitud a partir de ahora se llamará servidumbre, (la doble servidumbre) una a las tierras, y otra al señor que se las entrega en alquiler. La vida y la muerte dependen del señor, no directamente en un acto explícito, pero con sólo expulsarlos de la tierra que trabajan, el hambre y la miseria los eliminaría. (Piense, quien hoy lea esto, que en épocas del siglo pasado, solamente hace cien años, el arraigo de los campesinos a la tierra era total, un metro de tierra suponía un reto a muerte)

No puede faltar el saludo y sometimiento a la santa Trinidad, el acto de fe y devoción.

El conde declara que halló un lugar muy antiguo, desierto…

Aunque he hablado anteriormente de la desertización no real ni exacta de los poblados, sino oculta, me interesa detenerme un poco en esta palabra según concepción del conde:

…fallé lugar… Fui el descubridor, el que lo vi primero y me pertenece y por eso otorgo estas leyes y decretos, ya hablamos del derecho de conquista. Aunque él no lo conquistara y lo recibiera de manos de los reyes, se presenta como tal.

…mucho antiguo… Con restos de habitabilidad, de cultivos, lo que demuestra que estuvo ocupado porque los vestigios, las huellas encontradas dan fe de ello, de su antiguedad.

…desierto… Es decir abandonado, sin nadie que ahora lo ocupe o lo denuncie demostrando su propiedad.

…el qual quiero que sea poblado… El dueño presenta su voluntad y los demás deben secundarla y obedecerla. De cualquier rincón pueden acudir y asentarse en estos lugares. Ésta es su voluntad. Acoger a todos.

… et ay sea Dios adorado et fielmentre rogado… Su voluntad cristiana queda claramente expresada. No solo el señor, el conde don Manrique de Lara, debe ser y obrar como creyente, sino cuantos acudan a poblar sus tierras.

Éste es el primer pensamiento típico de Señor y dueño: Sus creencias deben ser también las de sus súbditos. Después, cuando llegue el momento, en la exigencia de proveerse de gentes armadas para su séquito o hueste, él designará quién es el enemigo. Es decir que entre los mayores poderes que se atribuyen los señores, uno es el de imponer las creencias y otro, de igual o mayor importancia, señalar al enemigo.

Esta orden de adorar y orar a Dios traerá como consecuencia más impuestos para mantener a quienes les instruyan en la fe y dirijan la oración; con nuevos gastos para edificar el lugar donde hacerla. Recuérdese cómo hemos comentada el posible cambio de lugar de los poblados, cada vez que una invasión se producía.

Otra deducción es que él no se presenta como sacerdote ni representante oficial de la religión. Pero en todas las andaduras de conquista contra los mahometanos siempre andan juntos el soldado y el sacerdote. Es enemigo como poseedor de una tierra que desea el rey, y es enemigo porque profesa una creencia distinta, es un infiel.

Al frente están los señores, que son los dueños y dirigentes y que gobiernan apuntándoles a sus creencias y señalando los guías religiosos.

[1]  “Anales de Aragón”, Jerónimo Zurita, Libro I, Capitulo XLV. “Con esto considerando que desde Daroca hasta la ciudad de Valencia por las continuas entradas y guerras todos los lugares estaban deshabitados y yermos y no se labraba ni culturaba la tierra y todo se dejaba desamparado y desierto, mandó poblar aquel lugar y que se llamase la ciudad de Monreal que ahora se dice del mismo nombre, en la cual esta nueva milicia dedicada al servicio y aumento de nuestra fe tuviese su principal morada y convento, y fuese cierta guarida para todos los pueblos cristianos circunvecinos, y se asegurasen desde allí los caminos y pasos…” (El subrayado es mío)

[2] “Molina. Reino Taifa. Condado, Real Señorío” P. Pérez Fuertes. Guadalajara 1989.

[3] Fueros de Molina. Seguiré en la capitulación a Sancho Izquierdo: “El fuero de Molina de Aragón” Madrid. 1916.

[4] “El fuero de Molina de Aragón” Miguel Sancho Izquierdo. Madrid. 1916 (pág. 62)-

[5] Fueros de Molina. Comienzo de los Fueros.

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30º El porqué del fuero, tanto el de población como el jurídico

Si había un código romano (el Código de Justiniano fue el último) que se vivió en la Hispania romana y después una adaptación en el Liber judiciorum o Lex Visigothorum que rigió en la época visigoda a pesar de una Hispania tan fragmentada en grupos y que tan rápidamente destituían las monarquías. Pero, en fin, al menos había unos principios generales en los que basarse.

La época árabe cambió estos códigos por los de su religión, el Corán y la Sharia, que presentaban una organización y un orden legislativo nuevo. Es decir que el antiguo sistema legislativo quedó truncado por el nuevo método musulmán.

La iglesia también tenía un código y unas normas de convivencia y de administración y unos criterios moralizantes para sus seguidores[1]. A pesar de eso recordaron las normas jurídicas de aquellos viejos códigos.

Entre los reinos con ansias de expansión, nacidos al norte de la península imperaba las leyes del más fuerte y del mejor estratega en la lucha. Esto dio como resultado que la conquista fue el mayor documento, no escrito naturalmente, por el que justificar la posesión de cualquier territorio, cosa o persona. Es decir el botín era la mejor, más indudable y justificante manera de poseer, estaba considerado como una adquisición comprable a una compra o una herencia.

La ciencia y el estudio quedaban para clérigos, o tampoco, sino para monjes y para algunas gentes que venían de allende los pirineos pertenecientes a órdenes monacales o militares, también para peregrinos a Santiago y para quienes acudían a colaborar en la expulsión de la morisma, porque los papas validaban con sus predicaciones la lucha de cruzadas dotándolas de bienes espirituales, y como repobladores.

Por tanto los reinos cristianos que comenzaron sus invasiones contra el reino arábigo y luego contra los reinos de Taifas, no tenían un código general que imponer, sobre todo sabiendo que eran tres reinos los que acometían en plan engrandecimiento territorial. Se iban valiendo de normativas sacadas del orden consuetudinario, por eso los reyes a cada lugar sometido lo regulaban con una legislación copiada o deducida de la ya establecida en las conquistas anteriores o con añadidos acordes al momento y al lugar.

La causa era que nacía una situación que afectaba a las normas y era la población nueva -proveniente de los reinos cristianos o desplazada desde la población árabe: los tornadizos o conversos- que iba a ocupar lo conquistado. Además señalaban un lugar, una ciudad en la que basar el dominio de un territorio, en ella se asentaba el conquistador (el señor), en ella los caballeros y soldados se adiestraban y en ella colocaban unos dirigentes que sustituirían al señor sin olvidar las aldeas que quedaban bajo su dominio.

Como el territorio a repoblar estaba en primera línea defensiva también añadía un carácter peculiar. Si la ciudad presentaba una condición de estar mejor pertrechada de milicia, las aldeas no  debían quedar ajenas a esta situación, ya que estaban más expuestas por estar menos pobladas, tener menos defensa y criar los cereales y ganados para alimento. Por eso debían darles leyes para que a pesar de  su exposición tuvieran una razón de permanencia.

Ante esta situación las normativas debían ser atractivas y a la vez imperativas, para, una vez asentados, conseguir que permanecieran.

En esta situación y con estos condicionantes se debieron establecer los fueros.

Comenzaban con una carta puebla que atrajera y diera confianza y animosidad a quienes se establecieran como defensores de la ciudad y de las aldeas que formaban el territorio. Después dando a entender a los aldeanos que estaban bien protegidos y que se debían sentir agradecimiento al señor  por la tierra y las posesiones que les eran entregadas, además de por la seguridad que se les proporcionaba.

A su vez el Señor, el conde don Manrique de Lara, se debía mostrar espléndido en la exposición de la normativa tanto poblacional como legislativa y manifestar su poder para defenderlos.

Por su categoría de conde estaba obligado a acompañar al rey constantemente, por eso debía establecer un gobierno que, sin necesitar su presencia, lo mantuviese informado y le rindiese cuentas de lealtad y economía, es decir que lo hiciera presente.

Éstas son las tres situaciones que ni él al crearlas ni nosotros al repasarlas podemos dejar de tener en cuenta:

1) Los nuevos pobladores habrían de ocuparla y habitarla, diríamos que los acepta y les oferta: posesiones; y son estimulados para la natalidad: herencias.

2) El peligro de ser frontera: soldados y armas, ciudad ante todo, ocupación de castillos, protección de caminos, etc.

3) La obligación de seguir al señor en caso de necesidad bélica: disponibilidad y movilidad.

Con todo esto no podía renunciar a su obligación básica que era la administración tanto de la justicia como de la defensa y de cobrar tributos. Y a la vez debía cumplir los compromisos para con el rey que como noble le debía: la justicia suprema, la moneda forera, la fonsadera y los “suos yantares”[2]

En nuestro caso ocurrió que, casi cien años después de estar en uso los fueros, alguno fue reformado por doña Blanca y don Alfonso a petición del mismo concejo molinés. Y unos años después la misma doña Banca creyó oportuno hacer nuevas aportaciones.

[1] La universidad de Bolonia con especialidad en derecho y humanidades fue fundada por Irnenio en 1088. Como Escuela de Bolonia, en 1317 ya tenía estatutos con titularidad de Universidad especializada en Derecho canónico y civil y en humanidades. El papa Bendicto XIII (1328-1422), el denostado papa Luna, favoreció a la universidad de Salamanca y dictó estatutos a la de Saint Andrews en Escocia.

[2] “El fuero de Molina de Aragón” Miguel Sancho Izquierdo. Madrid. 1916. Pag 173.

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29º Algo sobre legislación como nota previa a los fueros

Hasta ahora solamente he hablado de la esclavitud, incluso he citado algunas leyes dictadas por el emperador Caracalla para redefinir la actuación de aquella época. Ahora toca interpretar estas palabras “…la propiedad de la ciudad con pleno derecho, con sus leyes, campos, libertades, molinos y ciudadanos…”[1] con las que según Jerónimo Zurita se formula el dominio que adquiere Manrique de Lara y que es enajenado a los reyes.

En Roma, los césares que incuso se adjudicaron la divinidad y exigieron ser adorados como tales, dictaban las leyes. El senado de patricios las confeccionaba y el César las sellaba, si no era él mismo quien por su voluntad las elaborara e impusiera. Los plebeyos y los siervos eran el objeto de estas leyes. Es decir plebeyos y siervos eran regulados y eran obligados a seguirlas y cumplirlas; sus acciones, sus obras y sus comportamientos quedaban enjuiciados y reglamentados, para ellos eran instituidas las leyes.

Los patricios estaban exentos. Los propietarios eran atendidos, sus posesiones debían respetarse. A ellos, cuando paseaban por las calles, iban el circo o al teatro, etc., los plebeyos debían ceder el paso, respetar sus asientos, etc.

Los esclavos no eran objeto creativo de leyes ya que eran considerados como animales o cosas. Las gentes libres, que los poseen, tienen poder de vida, muerte o venta sobre ellos. Las leyes de Caracalla los trataba de defender pero como se defiende una propiedad o un animal de carga.

El César y los patricios eran juez y parte para legislar por lo que, básicamente, reglamentaban cuando ellos se sentían heridos, limitados, no respetados, ofendidos en su libertad, etc., y sólo de retruécano algún mínimo derecho de los plebeyos podía quedar defendido. Nunca eran los patricios quienes ofendían, por eso estaban liberados de las leyes que ellos imponían. Las relaciones entre ellos, patricios con patricios, las fundaban en la educación y el respeto, que pocas veces alcanzaban razón legislativa.

Los pueblos, que llegaron después, se encontraron con esta legislación y la mantuvieron. Eran normas que favorecía a los poderosos, la propiedad, el cobro de tributos, el poder sobre las personas, etc., todo los beneficiaba.

Únicamente añadieron o cambiaron las normas que por religión, guerra, idioma o idiosincrasia del momento creyeron necesarias, pero siempre desde el poder de los reyes o de los califas, e impuestas a todos los que estaban por debajo, súbditos, siervos o esclavos.

Ellos, los legisladores, estaban sobre sus mismas leyes como si no les afectaran.

En estos momentos D. Manrique se arroga todo el poder, dando de lado a quienes estaban sobre él, al rey de Castilla y al de Aragón. Bueno esta es una manera de decir, porque D. Manrique estuvo al servicio de los reyes, Alfonso VII, Sancho III y Alfonso VIII hasta su muerte. Más aún fue el tutor y educador de Alfonso VIII.

Los reyes, rodeados de nobles y de la obligación de expandir su religión, no alcanzaban a llegar y asistir a todos los territorios que caían bajo su poder; cediéndolos, dominaban a sus dueños y recibían de estos la ayuda y aportación económica necesaria.

De la misma manera que D. Manrique de Lara dominaba a las gentes del señorío el rey estaba sobre él y los demás señores  o nobles, incluso de los obispos.

Él se establece a sí mismo como dueño de personas, campos, libertades, etc., y se nombra legislador con todo derecho, por tanto, único. Este poder es lo que denominamos como señorío.

Con este poder establecerá las normas de conducta para todos sus súbditos y siervos o ¿esclavos?, esto lo iremos viendo más adelante. Como de la ciudad “…la propiedad de la ciudad con pleno derecho, con sus leyes, campos, libertades, molinos y ciudadanos…”[2] La ciudad como base y lugar donde asentar sus gobernantes y milicias, como punto fuerte de defensa y preparación para que lo arropen y acompañen en sus acciones bélicas.

Molina y sus habitantes no dependen del Rey sino de él: del Conde don Manrique de Lara. En última instancia, en toda cuestión judicial de vida o muerte, a él se debe recurrir, no al rey.

[1] Ver cita de Jerónimo Zurita en páginas anteriores.

[2] Ver cita de Jerónimo Zurita en páginas anteriores.

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Molina de los Caballeros

28º Molina pasa a manos de Don Manrique Pérez de Lara

¿Qué problema o qué extraña situación creaba Molina a los reinos de Aragón y Castilla? ¿Qué poder ostentaban ambos reinos sobre el territorio? ¿Qué litigio o disputa podían mantener por su dominio?

Ésta es la respuesta: “…Como Molina estaba en la cumbre entre Aragón y Castilla, sobre ella versó la disputa…”[1] Vemos el concepto de frontera o de separación entre los dos reinos, dato importante por el que los dos reyes eligen a Manrique para que arbitre a cuál de los dos correspondería el dominio. El astuto árbitro, negociador interesado, buscó el mejor acomodo sin desilusionar a ninguno de los dos reyes: con su actitud y la servicial decisión de nombrarse a sí mismo como detentador de la propiedad y dominio, falló a su favor. De esta manera daba a entender que no perdía ninguno de ellos ya que no imponía a ningún extraño sino a quien por una y otra razón habían elegido con total amistad y buen juicio, como único capaz de solventar el conflicto fronterizo. Esta táctica de los reyes indicaba la confianza, amistad y predilección o favoritismo que le tenían.

Podemos deducir de lo leído en la cita de Jerónimo Zurita que: “…era muy amigo de ambos…” y en la de Salazar y Castro que era: “…vasallo del rey de Castilla y compadre, y gran amigo del de Aragón…” Por tanto don Manrique Pérez de Lara[2] tenía una buena relación tanto con Castilla[3] como con Aragón y por esta buena relación Molina quedaba a su arbitraje y decisión. Él, para evitar discusiones y problemas, se adjudicó: “…la propiedad de la ciudad con pleno derecho, con sus leyes, campos, libertades, molinos y ciudadanos…”[4], dejando a ambos reyes fuera de litigios y disputas. Tan es así que no solo aceptaron sonrientes la sentencia: “…de este gracioso juicio…”[5] sino que se comprometieron a favorecerlo: “…y el rey de Castilla prometió que labraría a su costa la villa y el rey de Aragón que edificaría el alcázar, y así lo cumplieron…”[6] y se confirma con “…y el de Castilla fortificó y reparó la villa…”[7]

No obstante lo que Jerónimo Zurita cuenta es:

“Una de las mayores contiendas que hubo entre estos reyes[8] fue por el señorío de Molina, pretendiendo cada uno que era de su reino, y por el rey de Aragón haber sido de la conquista de sus predecesores y que fue ganado por el emperador don Alonso: y era estado que le codiciaba grandemente cada una de las partes.

“El conde don Malrique de Lara se adjudica a sí mismo el estado de Molina; y los reyes lo aprueban. (…) Porque según refiere el conde don Pedro de Portugal, habiéndose dejado esta diferencia en poder del conde don Malrique de Lara -que era vasallo del rey de Castilla y su natural y gran amigo y compadre del rey de Aragón- adjudicó para sí a Molina con su señorío; y los reyes lo tuvieron por bien; y tuvo aquel estado de allí adelante”[9].

El suertudo don Manrique se adjudica para él y para su descendencia la ciudad y tierras ante el beneplácito de ambos reyes. Y además, según uno de los comentarios, ambos reyes intervienen en adecentar y reedificar lo que se encontraba en mal estado.

La titularidad de dominio o posesión como leemos en Jerónimo Zurita es total: “… la propiedad de la ciudad con pleno derecho, con sus leyes, campos, libertades, molinos y ciudadanos…”. La ciudadanía queda relegada a su propiedad y dominio con todo lo demás, como si el ciudadano fuera un objeto más.

Cae en sus manos legislar según su criterio: “…con pleno derecho y con sus leyes…”, y proclamar e imponer unos fueros que veremos a continuación, y que no provienen de los reyes sino de su libre arbitrio.

Cuando Manrique de Lara inspecciona o recorre sus tierras, o tal vez ni siquiera hace este reconocimiento personalmente, sino por terceros, halla según dice en los fueros: “…un lugar muy antiguo desierto…”

Es lógico que los infortunados habitantes de las tierras del Señorío estén acongojados y escondidos o emigrados. Los inspectores que recorrieran el territorio para informar, indudablemente una partida de soldados destinada a defender el Castillo de Molina, no consiguen encontrar a nadie en los poblados que visitan ni ven ganados pastando. Todo aparece como despoblado y desierto, y así lo transmiten.

La inspección no solo sería para comprobar el número de habitantes, sino también para evaluar la riqueza de la tierra y de la ganadería, y para tomar nota de los enclaves defensivos que habrían de ocupar.

Por eso los escarmentados habitantes se ocultarían al comprobar su paso.

Aún seguía el recuerdo de los atropellos de los últimos años, sintiéndose impotentes ante los habitantes de los reinos vecinos que se aprovecharon de sus bienes y de sus tierras. A veces, los más cercanos son los primeros en convertirse en aves de rapiña.

Así pues: “…Cuando Manrique tuvo los poderes dio esta senten­cia: que el derecho que tenían los reyes, lo renunciaban, y lo volvían a su ser, y que desde entonces quedase Molina para siempre y para los que a él sucediesen, quedando como dueño el hijo mayor, a quien le corresponde­ría el mayorazgo…”[10] Nos dice Salazar y Castro: “…y anuló cualquier derecho que los reyes de Castilla y Aragón pretendían tener en él…”[11]

Con todo su poder decisivo concedido por los reyes nombrándole como árbitro, eliminó a los reyes de un plumazo y se adjudicó el Señorío. Incluso en los fueros no aparece ninguna concesión a los reyes como si fueran el último juez y árbitro en los casos de sangre o asesinatos que excedían a la justicia cotidiana, si no que éstos los dirimiría él mismo, como Señor de Molina.

Así explica la sucesión Jerónimo Zutita: “Sucesión de los señores de Molina. Y sucedió en él don Pedro su hijo y de Ermesenda hija de Aimerico vizconde de Narbona, y llamóse conde de Molina; y éste fue hermano de doña Mofalda que casó con el rey don Alonso el primero de Portugal.”[12] Los sucesores de Manrique de Lara se adjudicaron el título de conde como exhibió su padre.

Los reyes se quitaron unos lugares de choque y de disputa. Renunciaron a ensanchar sus territorios por aquellas tierras. Los robos, intromisiones territoriales que los aragoneses y los castellanos pudieran infligirse no distraerían a los reyes en su camino hacia el sur, sino que caerían bajo la responsabilidad y competencia del conde. El territorio defendido por castillos dependía del señor de Molina.

Molina ciudad, por supuesto, entre la resistencia al asedio de Alfonso I el Batallador y su rendición habría quedado con una población muy reducida. Si se refiere a la ciudad con lo de despoblada, algunos apuntan a que se refiere a despoblada de cristianos, pero no están acertados, ya que quienes se atreverían a permanece en ella, serían los cristianos precisamente.

Esta posesión de territorio y de residentes en él nos da a entender el dominio que sobre uno y otros tuvo el conde. Tierra y habitantes en el mismo paquete, con la misma categoría y la misma dependencia al conde soberano.

[1] Jerónimo Zurita, como se lee más arriba en cita de “Molina. Reino Taifa…” de Pedro Pérez Fuertes.

[2] Como hijo de don Pedro recibe el patronímico de Pérez, aunque siguiendo la costumbre raramente se le nombra con este apellido.

[3] En la novela de José María Pérez Peridis, “Esperando al rey” (premio Alfonso X de novela histórica, 2014) encontramos muy bien explicada la relación de Manrique de Lara con la corona de Castilla.

[4] Jerónimo Zurita, como más arriba.

[5] Salazar y Castro, como más arriba.

[6] Don Pedro de Portugal, como más arriba citado por Pedro Pérez Fuertes, en cita a pie de página 53. Aunque como comenta Sancho Izquierdo esta narración no sea digna de crédito, sí nos explica los poderes que Manrique de Lara consiguió y quiénes lo podrían avalar si alguien opusiera dudas o descrédito, y para hacernos ver que su poder era el mismo de los reyes.

[7] Salazar y Castro, como más arriba.

[8] En la conquista de Cuenca los reyes cristianos se plantearon por dónde dirigir sus tropas y a quién pertenecía lo conquistado. Naturalmente Castilla y Aragón hicieron diatriba sobre Molina según cuenta Jerónimo Zurita. Y en el capitulo XXXV del libro II dice: “…y fue concordado que cada uno de los reyes de allí adelante tuviese libremente las villas y castillos que entonces tenían para sí y sus sucesores, sin que pudiesen pedirse ni demandarse cosa alguna de ello el uno al otro por razón de las posturas y reconocimientos que hubiesen hecho, guardándose las concordias y asientos que entre sí habían acordado.”

[9] “Anales de la Corona de Aragón” Libro II capítulo XXXV.

[10] D. Pedro de Portugal, como se lee más arriba, este sentido de mayorazgo no se encontrará en los fueros, sino como una delegación a los habitantes: “aquel que a uos plazrá et vos bien fará…” Además la cuarta señora de Molina será doña Mofalda, tercera hija de don Gonzalo Pérez, es decir que es descendencia femenina, no mayorazgo masculino.

[11] Salazar y Castro, como más arriba.

[12] “Anales de la Corona de Aragón” Libro II, capítulo XXXV.

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