Historia de Molina de Aragón

68º Más sobre capiteles

Hablando del pórtico de Labros he indicado que la enseñanza se debía adaptar a la mentalidad, a los trabajos y a las necesidades de la época, y sugerir con las imágenes las normas y preceptos a conocer y vivir. Si se hiciera de otra forma, estarían tan desasistidos en la interpretación como nosotros.

Otra cosa que no debemos pasar por alto es que allí, a las puertas del templo, se reunía el concejo y la asamblea de la aldea. La puerta era más importante que en nuestros tiempos, era la separación de lo que ocurría fuera y lo que dentro se predicaba y oraba.

Santa Catalina, en el término de Hinojosa, se conserva tal y como se edificó, restaurados los porches que en otros tiempos estuvieron cegados y habilitados, con chimenea, para cobijo de peregrinos, mendigos y de los que acudieran en rogativas el día de su fiesta.

El románico que contemplamos en su pórtico y columnas es diferente al de Labros, me atrevo a decir que no fueron los mismos canteros. Son de adornos vegetales, por tanto sólo pretenden decorar, no enseñar. La aldea se llamaba Torralbilla, un topónimo de torre y de blanca, alba. Una aldea importante si rearamos en el pórtico como lugar de reuniones.

Pero sí queremos señalar su importancia por los adornos de los canecillos de los aleros del ábside. Allí se presentan imágenes que pueden interpretarse como actos comunes, el cubilete del agua, el barril del vino, el acto marital (volvemos a la escasez de habitantes), las caras mostrencas, el sol con rostro, los roleos de adorno, las aves sirenas o trasgos de los que no se definen los rostro. Los canecillos se ven con menos detalle por la distancia y la altura.

Los capiteles interiores de santa Catalina, obra del cantero Petrus, es un bestiario alado que nos presenta en la cara central a dos trasgos y en la cara que mira al ábside una sirena pájaro y por donde mira hacia los fieles unas hojas hinchadas. Una característica casi única es que aparezca en el interior. El otro es un floreado dignísimo. Son de especial atractivo por lo bien conservados que se encuentran.

Una joya, ya desaparecido el pueblo de Torralbilla, entre sabinas. Aunque Milmarcos la requiriera Hinojosa la hizo suya.

El pórtico de Tartanedo, también merece tenerse en consideración, sobre todo por el capitel de la izquierda donde aparece una cabeza mostrenca con la boca forzadamente abierta, enseñando los dientes, la lengua fuera, unos ojos saltones y unas orejas puntiagudas. Es como si en una carcajada extraña quisiera burlarse de quienes pretendieran entrar… Qué susto, qué miedo, querrían expresar con esta extraña figura, el pavor al infierno que esperaba a quienes entraran con malas intenciones como si sólo al exterior del templo estuviera el mal. Por eso está mirando a quienes acudieran para que se abstuvieran de entrar si no cumplían como buenos cristianos.

Una boca enorme con dientes de gula, una lengua larga de insolencia, unos ojos saltones por la visión inmunda, unas orejas puntiagudas de oír lo no debido y una sonrisa de ironía y sarcasmo. Casi los pecados de los sentidos… ¿Qué mejor imagen del enemigo?

Los demás capiteles son vegetales.

El abocinamiento de los pórticos les da la categoría más atractiva, acogiendo con brazos abiertos y protectores centrando hacia la puerta; el arco de medio punto con arquivoltas se apoya en columnillas que van retrotrayéndose hasta indicar el objetivo, la entrada. Para los que acceden presenta la grandiosidad del lugar cuyo acceso presiden y la limpieza espiritual de quienes se acercan. Mirando desde dentro, los que salen ven las paredes lisas y sin adornos, afuera está el mundo normal, corriente, de enfermedades y trabajos, no necesita predisponer a nadie para salir. Todos lo conocen porque viven en él.

En Torrubia en el pórtico sencillo sin abocinar, hay una muestra de románico en un capitel encastrado en la pared. En Rueda el románico de su portada presenta los capiteles vegetales terminados en volutas como algunos de la galería de Santa Catalina.

Por ser de estilo y por poderse datar de la misma época es por lo que les he dedicado estas palabras.

En los demás pueblos indudablemente también se iniciaría la construcción de los templos.

Los canteros como después los artistas, escultores, pintores, etc., son personas itinerantes en busca de trabajo. Aunque en la capital de la diócesis hubiese canteros y todo tipo de artesanos necesarios para estos menesteres, estaban muy comprometidos en la construcción de la catedral, aunque en las épocas de penuria económica en que quedaran sin trabajo en la catedral, aprovecharían para trabajar donde pudieran.

Por eso pienso que en un espacio tan reducido, sobre todo Santa Catalina, Labros, Tartanedo y Rueda, sin olvidar el capitel de Torrubia, podrían beneficiarse de los mismos canteros y albañiles en la construcción de estos sus primeros templos.

¿No es llamativa esta secuencia de templos como si indicaran un camino hacia alguna parte? Rueda, Torrubia, Tartanedo, Labros, Santa Catalina… ¿Peregrinos de levante a Santiago? ¿Camino de Molina a Santa María de Huerta y al Monasterio de Piedra?[1] ¿O tal vez el centro del triángulo de Buenafuente, Santa María y el monasterio de Piedra?

[1] La relación de los condes de Molina y el Monasterio de Huerta aparece en varios documentos en que estos reciben donaciones de los Condes. El Monasterio de Piedra también se encuentra entre los favorecidos del Conde dispensándolo de portazgo. (Molina. Reino Taifa… Pedro Pérez Fuertes. 1989. Apéndice Documental).

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67º Algo más sobre los templos

Ahora prescindo de los templos de Molina, de sus monasterios y santuarios, y me ocupo sólo de las aldeas.

La primera incursión de Alfonso llegó a Milmarcos, Guisema, Anchuela[1] que formaron parte de Calatayud. Quizás los límites fueran Tortuera, Torrubia y Turmiel, siguiendo la normativa toponímica, y por el otro lado en río Mesa, formando un pico de lanza que comprendería Milmarcos, Fuentelsaz, Guisema, Labros, Hinojosa , Concha (Tartanedo queda un poco desplazado, pero podría estar también dentro) y Anchuela,  por lo que pertenecieron a la villa de Calatayud al menos hasta que el conde Manrique los poseyera, instituyendo el señorío de Molina en sus dimensiones con el beneplácito de los reyes de Castilla y Aragón[2].

Me llama la atención que en este entorno se encuentren las tres portadas románicas más significativas. No quiero apuntar a la influencia del Monasterio de Piedra, al que según los fueros se le dio un trato especial favoreciéndolo con la eliminación de portazgo, ni señalar desde éste monasterio el camino de acceso a Molina o a Buenafuente. Ni he encontrado documento que acredite el camino al monasterio de Huerta. Pero me sorprenden el pórtico de Labros y la construcción de Santa Catalina, así como el pórtico de Tartanedo.

Exceptuando el de Santa Catalina que se conserva en las mismas dimensiones, los otros dos nos prestan un testimonio muy apreciable, ya que posteriormente fueron ampliados, e incluso fue alterada la orientación de su nave.

Hablando de los capiteles de Labros, lo primero a tener en cuenta es cuál sería la fantasía y cual la realidad del picapedrero. En la concepción de la vida, qué interpretación darían a los elementos que los adornan o qué sentido y significado querrían mostrar. Los animales desconocidos, hasta dónde les impresionarían y qué valor fabuloso o mítico despertarían en los que los contemplasen. Si pudiéramos contestar a esto habríamos corrido un gran camino. Pero vayamos por partes:

Los capiteles con figuras: el primero de la izquierda que podría ser una implicación caballeresca en la guerra contra el infiel estamos en la época de las cruzadas a tierra santa: la lectura más popular fue esta del caballero, en 1149 estaba en plena predicación o convocatoria de expansión del cristianismo y conquista de territorio. En la segunda lectura se ve a un león en lucha con un personaje, e implica la fortaleza de Sansón para vencer al león[3], la iglesia -Sansón- vence al enemigo –león-. Pues bien la fortaleza como virtud estaba involucrada en los cabellos y barba de Sansón, de tal manera que, en aquellas épocas, para adquirir la virtud de la fortaleza se hacían promesas de dejarse crecer barba y cabello como hacía él. Esta imagen se ve en la cara que mira al exterior. En la otra cara del mismo capitel, orientada a la puerta de entrada, aparece una arpía o una sirena con forma de pájaro. En el mismo capitel aparecen dos escenas.

El capitel de cestería, interior de la izquierda, despierta una magnífica visión no solo por ser de tres mimbres los que se trenzan sino por la defectuosa acomodación a la piedra en que fue labrada, por eso podemos deducir como picapedrero a un cantero novato pero con dominio del cincel, algunos quieren leer la obra de un árabe o de un judío -no imagen, sólo símbolo-. No me extiendo en los significados que una cesta podría representar.

Al otro lado, nuestro derecho al entrar, el capitel más próximo a la entrada presenta un bestiario alado con cuatro arpías o sirenas pájaro con rostros humanos, implican lo que habría que dejar fuera del templo: el canto diabólico con sus inclinaciones y atractivos. Se presentan cuatro, la interpretación puede variar, llamando trasgos a los que aparecen en segundo término y como adosados a la espalda de las primeras arpías, duendes, brujas o encantadoras; era admitido como un dolor el castigo del infierno donde estos seres fantásticos dominaban y agredían a las almas de los condenados. Acostumbrados a ver pájaros y escuchar sus trinos, a saber que los buitres despedazaban a sus animales muertos y las águilas amenazantes merodeando a sus ganados, ¿qué despertarían en ellos esos animales exóticos y extraños? Ellos no conocían la mitología ni habían visto los dibujos de animales extravagantes que aparecían en los animalia, ni las interpretaciones que los santos padres hacían de estos seres inexistentes pero posibles. ¿Sería miedo, sueños de terror? ¿Animales infernales que los atacarían sin piedad en la otra vida, o animales cantores cuya atracción los ensimismaría y por ello olvidarían la vida de oración? Era costumbre obligada la de enterrar a sus muertos para que los animales y aves no los despedazaran.

Cualquiera de estas inclinaciones significaba que todo comportamiento no acorde con la doctrina de la iglesia, había que abandonarlo. La oración era la única manera de superar estas posibles situaciones. Y sólo la seriedad lo conseguía.

El capitel robado, podría implicar la prohibición de entrar al templo a quienes estuvieran atacados por el pecado o dominados por él[4], la figura que aparecía en primer y principal término era la de un varón es postura similar a la que aparece en los tres canecillos de Albalate[5], donde se representa a tres personas masturbándose, en éste de Labros las manos que llegarían al bajo vientre habían sido rotas, por lo que la actuación de las manos queda sin finalidad. Los animales que se le adosan a derecha e izquierda son representación de animales, el de la izquierda perro o similar, que nos indicaría la zoofilia y por el otro una serpiente o similar como símbolo de la homosexualidad. Los tres pecados reservados al obispo. (A lo largo de la Baja Edad Media se produjo una cierta tolerancia sexual, exceptuando los actos llamados entonces contra natura por perder su finalidad que era la procreación, es decir la zoofilia, la masturbación y la homosexualidad que eran pecados reservados al obispo)

Se encuentran en el pórtico a plena vista, manifestándose a los que entran. Adornando la puerta a cuyo exterior se debe renunciar al demonio, a sus pompas y sus obras, para pasar esta puerta a recibir el bautismo. El mismo lugar donde las parejas, antes de entrar se comprometen a guardarse fidelidad y convivencia, después pasan adentro. Donde las mujeres a los cuarenta días de haber dado a luz recibían la bendición del sacerdote y sólo después podían acceder al interior del templo; la necesidad de nacimientos para repoblar, no evita el pensamiento de la iglesia de purificar a la mujer después del parto. Como una recuperación o pago de una deuda contraída por las palabras del paraíso, parirás con dolor.

Con este pensamiento contemplarían los adornos que engalanaban la puerta de entrada a la iglesia. Era una puerta muy distinta y lejana a la de cada casa vecinal. La entrada a la casa de Dios, era única y distinta, era la entrada a la salvación, y por tanto grandiosa y espectacular. Y este acceso manifestaba e imponía a los que se acercaban el acatamiento a la ley de Dios y la limpieza del pecado.

Primer capitel: Sabedores de la guerra que se estaba librando contra el infiel, tienen que ser conocedores de que ellos mismos debían pelear para redimirse del mal que estaba en su misma vida, y para ello allegar la fortaleza necesaria..

Segundo capitel: Que la cestilla o arca de la iglesia se debía llenar.

Tercer capitel: Que el infierno estaba amenazante y cercano con el canto de los pájaros convertidos en sirenas. Y que el mal del infierno como aves de rapiña despedaza a los condenados.

Cuarto capitel: Que la población era escasa y no se debía desperdiciar la semilla en ninguna de las posibilidades lascivas que presentaba la vida.

Ésta sería, me atrevo a decir, resumiendo, la interpretación que harían deduciéndola de la situación que vivían y de las predicaciones y obligaciones que les imponían.

Falta algo y es la solidez con que se edificaron estos templos. Nos dan idea de perdurabilidad como la vida eterna de la que se hacían merecedores con la oración en y la fe que se predicaba.

[1] Jerónimo Zurita: la conquista de Calatayud y sus tierras fueron conquistadas en 1120, en que puso un gran empeño en poblarlas, en 1131 dio el fuero a Calatayud y nombra como pertenecientes a sus tierras a Guisema, Milmarcos y Anchuela. Anales de Aragón, Jerónimo Zurita, Libro I, capítulo 45 “…Anchol (que agora se llama Anchuel y está en el reino de Castilla y es de la tierra de Molina), y Milmarcos, Guisema,…”

[2] Recuérdense los capítulos 27 y 28 de esta misma historia.

[3] Más bien correspondería a la fortaleza de los poderosos, reyes avasalladores, que se adornaban con su larga pelambrera, la crin como los caballos y leones para indicar su poderío, es decir como Sansón con su cabello que, al perderlo, se convertía en persona normal, sin la virtud de la fortaleza.

[4] Al parecer haciendo lectura un poco atrevida diría que implican los tres pecados reservados al obispo: sodomía, masturbación y bestialismo. Así lo presento y explico.

[5] Ermita románica de Nuestra Señora de Cubillas en Albalate de Zorita, Guadalajara.

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66º Los templo y su edificación

Los sacerdotes y por supuesto las gentes deseaban tener un lugar de reunión para hacer la oración como ya ocurría en los lugares de donde procedían los repobladores, la España en manos de cristianos, y porque no habían de ser menos que los árabes con sus mezquitas y los judíos con sus sinagogas.

Pero la construcción de estos templos, ¿la pagaron ellos o habría aportación del obispado?

El primer obispo de la diócesis de Sigüenza en la conquista fue don Bernardo de Agen[1] consagrado obispo en 1121, entró en la ciudad en 1124 donde residió hasta su muerte en 1152. Dice el historiador Toribio Minguella[2] que inmediatamente comenzó a edificar la catedral[3]. Recibió ayudas de los distintos reyes castellanos bien en moneda, bien en cesión de impuestos de salinas, molinos, etc., y también utilizó los diezmos recibidos de las parroquias.

El obispo Bernardo de Agen, franco de procedencia, traería de allí sus conocimientos y su concepción del templo, y comenzando por la catedral y los que fue edificando en Sigüenza daría normas y estas normas correrían por la diócesis. Además de él, los acompañantes del Conde que procedían de tierras de allende los pirineos, como doña Ermesenda, o de tierras del norte cristiano portarían los mismos conocimientos y experiencias.

Dice don Antonio Herrera Casado[4] que los acompañantes de don Manrique de Lara traerían sus afanes culturales, y tiene razón porque los monjes y clérigos que le acompañaban portarían su acerbo cultural.

Pero lo más importante era la manera de construir que habían optado, el tipo de arquitectura entonces más extendida y que hoy llamamos románico, con piedra y adornos de cantería.

Visto todo esto entendemos que el obispo dedicaría todos sus ingresos en la Catedral y que escatimaría todo lo que pudiera en ayudas a los templos de las aldeas, además en Molina también se estaban edificando algunos templos. No olvidemos que según los fueros el clero era un tanto independiente.

Por lo cual me siento obligado a deducir que las aldeas tendrían que apañarse con sus respetivos párrocos, bien con mano de obra en peonadas o con ayudas económicas para pagar a los albañiles y picapedreros.

No olvidemos las donaciones de quienes volvían de la guerra. ¿Recordáis aquella obligación de retirar la quinta parte antes de cumplir las promesas incluso religiosas: “…y si alguna cosa dieren por amor de Dios, non den dende quinto…”[5]? Entendamos que antes de acudir a filas algunos pudieron hacer promesas a Dios…, y después, al volver, se sentirían obligados a responder con sus limosnas. Cada uno comprometió la advocación del santo de su aldea y el templo en que se va a venerar, por eso y para eso ofreció sufragios si volvía con bien…, así podemos entender que una parte del botín lo destinarían a ese templo.

Pero tampoco hemos de olvidar que los monasterios y la capital de la diócesis prestaban la sabiduría de sus obras, arquitectura y trabajos, ya que eran el centro de los oficios y profesiones necesarias para la edificación de la catedral.

Los peregrinos y mendicantes de aquella época también llevaban y traían leyendas y costumbres. Los albañiles y picapedreros formaban parte de estas comitivas itinerantes en busca de trabajo.

Cuando expongamos la relación de las parroquias que podían mantener a un sacerdote -año 1353- aparecerá de nuevo esta problemática de la edificación.

[1] Pueblo de la Aquitania que entonces pertenecía al reino de Aragón.

[2] “Historia de la diócesis de Sigüenza” Madrid 1910.

[3] Catedral tiene la misma raíz latina que cátedra y se edificaba para que en ella el obispo predicara, en definitiva enseñara. Por eso en ella se comenzaron las escuelas de teología. Además se pensaban como edificios duraderos, eternos casi, como el Dios de quien se predicaba.

[4] Antonio Herrera Casado: “Molina de Aragón: veinte siglos de historia” “…Por parte de estas gentes, que llegaron a Castilla acompañados de su corte, sus sabios y sus clérigos, entró en nuestra tierra un soplo cultural de nuevo corte que cuajaría aquí en formas varias. El arte románico seguntino y molinés, de clara ascendencia gala; fundaciones de monasterios, de cabildos, etc. Así los cuatro primeros obispos de Sigüenza fueron franceses, aquitanos y narboneses por más señas. Y francos los canónigos regulares de San Agustín que se establecieron en Buenafuente, en el Campillo de Zaorejas, en la Hoz de Corduente, en Sigüenza, en Atienza y en Albendiego. Murió don Manrique en 1164, haciendo la campaña de Huete: junto a Garcí-Naharro, en un cruel enfrentamiento con su secular enemigo, el jefe de la familia de los Castro” (Pág 52).

[5] Fueros Capítulo 11 cédula 19ª.

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65º La iglesia y su influencia

Las órdenes militares acompañaban a los conquistadores y con la vista puesta en Dios y en el cielo cristianizaban con la espada. Territorio invadido, territorio cristianizado. Por eso hablo de la predicación con la espada, la predicación se trocaba en arenga para instruir y atraer a la conquistar infieles para convertidos.

Los habitantes de aquellos lugares pasaban a depender del señor terrenal que al ser creyente los hacía creyentes. Consecuencia de la espada vencedora. La religión de mi espada es la de los vencidos.

La época de las grandes cruzadas a tierra santa impregnaba el espíritu de las gentes, máxime de las órdenes militares nacidas de y para estas expediciones. La segunda cruzada había tenido un éxito que no volvería a repetirse y la tercera, la de los reyes, no tardaría mucho en convocarse. Aquella guerra en la península se convirtió en cruzada, las órdenes militares formaron parte de esta gesta bélica.

La monarquía y la iglesia caminaban juntas. El conde Manrique y el representante del obispo también. Las primeras palabras del conde no dejan lugar a duda de su intención: crear un lugar de creyentes pertenecientes a la iglesia. “En el nombre de Dios y de la divina piedad. Es a saber: del Padre del Hijo y del Espíritu Santo amen. (…) y en él sea Dios adorado y fielmente rogado”[1].

La iglesia con sus monasterios y sus clérigos influyó grandemente en la vida de quienes repoblaron el territorio. Los monjes con su “ora et labora”, reza y trabaja, dedicaban horas en la huerta con la dedicación que su compromiso les exigía. Al provenir de lugares donde no se había roto el proceso agricultor extendieron las formas de cultivo con su ejemplo y sus exigencias para con los trabajadores.

Los sacerdotes con la predicación instruían sobre la creación del mundo, el trabajo de seis días y el descanso del séptimo: la semana, las condenas de Dios al expulsar a Adán y Eva del paraíso a causa del pecado original, con sus maldiciones: a Eva: “parirás con dolor” y a Adán: “ganarás el pan con el sudor de tu frente”. Con estas enseñanzas crearon la obligada dedicación al trabajo, dándole el convencimiento de fatigoso, penoso pero imprescindible. El trabajo no tenía valor, era un castigo de Dios y por tanto obligado. Nadie podía desligarse de él.

Ambas instrucciones de la religión, la semana y el castigo de Dios, las transmiten los monjes como enseñanzas divinas de las que nadie se puede evadir. Con la exigencia del trabajo sudoroso muestran como consecuencia necesaria la arada de barbecho en el otoño, la de bina en primavera y la de sementera en el otoño siguiente, dejando las tierras con un año de descanso. Ya los romanos las dejaban descansar y tras el año de descanso, o dos según la calidad de las tierras, volvían roturando de nuevo. La dedicación al trabajo y la aceptación del sudor, el sufrimiento y el cansancio respondían a la predicación de que a más esfuerzo y más penar, más cerca de Dios y de la salvación eterna estaban, y a su vez la producción era mayor

El principio agrícola estaba enseñado. Repito: el trabajo no era valorable, era obligatorio y además el ocio no era consentido por Dios, si no era el domingo, trabajarás con sudor y al séptimo descansarás.

El cobro de las primicias era el agradecimiento a Dios por el fruto concedido tras el gran esfuerzo. Y el pago de los diezmos para mantener a la iglesia, exigía el esfuerzo de producir para después de diezmar, y además pagar unos y otros impuestos, también al señor, no quedar con la mesa vacía.

El recto hacer y cumplimiento de las normas establecidas los sacaría de este valle de dolor, fatiga y sudor, así predicaba la iglesia.

Entre estas normas estaba: la sumisión y respeto a las personas puestas por Dios para el gobierno y buen orden. La obediencia a las enseñanzas y preceptos así como a las disposiciones de quien mandaba era signo de rectitud, de honradez, de lealtad y de veracidad.

No se les ocurría que estas normas de obediencia no hacían otra cosa que mantener y encumbrar a quienes mandaban. El desconocimiento y la aceptación de las predicaciones los convertía en siervos y a ellos en señores. Los amos y dueños de los siervos y de los criados cuanto mejor eran obedecidos más encumbrados se encontraban.

Todos conocían que el infierno y la gloria eran los lugares donde recibir el castigo o el premio.

La instrucción religiosa se componía de los acontecimientos de la Biblia; los sacerdotes que los atendían, apenas si tenían conocimientos teológicos, pero sí de historia sagrada, y sobre todo, y era lo que más aceptaban los feligreses, de intervenciones milagrosas de Dios o de los santos.

El culto a los muertos y la oración por los difuntos estaba establecida incluso en los fueros: “Todo uezino de Molina que fiios non ouiere los sus bienes herédenlos sus parientes; si non ouiere parientes, aquella colla­ción donde fuere tomen todo lo suyo et denlo por su alma”[2] Por tanto se dedicará a oraciones y misas por el alma del dueño de las fincas, el producto de sus posesiones que cumplirán los representantes (alcalde o juez) de la colación a la que perteneciere.

Teniendo en cuenta que los musulmanes eran enemigos por su religión, el ambiente combativo y la convicción de poseer al verdadero Dios impregnarían toda la vida y los actos de aquellas gentes. No solo mientras estuvieran en el frente sino también en tiempos de paz.

A esto he de añadir algo profundamente inmerso en sus mentes, y si no, así se lo presentaban: el poder religioso y el poder civil, concretando, el del sacerdote (o del obispo según donde vivieran) y el del conde eran iguales. Ambos poseían el dominio sobre sus campos, ganados y personas. En algún lugar he leído que la iglesia y el rey o el gobernante eran hermanos siameses. El pecado y la desobediencia a las leyes del gobernante eran un mismo delito, ambos alejaban de Dios por igual.

[1] Fueros primera cédula.

[2] Fueros Capítulo 11 cédula 8ª.

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64º Las aldeas

Acabamos de encontrar que en las mesnadas o ejército del conde se hace distinción entre los aldeanos que deben tener caballo y los que no.

También hemos visto cómo los habitantes de Molina están exentos de impuestos, no así las aldeas. Los fueros, espejo de la época, engrandece la ciudad como centro, base y defensa del territorio.

Por tanto hablemos del territorio y de las aldeas.

Siguiendo la evolución de los poblados, encontramos que en el territorio se está acogiendo a agricultores y pastores que forman una sociedad donde cada uno tiene sus fincas con límites definidos, donde el conjunto de las fincas y los montes en que pastorean los rebaños también tienen demarcaciones que las separan de otros poblados que en el fuero llama aldeas.

Las relaciones de estos agricultores con su territorio, propiedad, herencias, etc., y la de los pastores con sus ganados y propiedad de los mismos ya los hemos comentado cuando explicábamos la captación de territorios y la capacidad de darlos en herencia a los hijos, pero falta la relación de los vecinos con los vecinos de las aldeas y de éstas con Molina. Esta relación irá apareciendo poco a poco, y la descubriremos según la marquen los fueros.

Las aldeas se formaron con los nuevos pobladores que fueron ocupando tierras adueñándose  de ellas y de quienes no las abandonaron. También instalaron a los siervos (o criados[1]) que se trajeron prisioneros de guerra y que ahora trabajan las posesiones o pastorean los ganados de quienes los capturaron. Quien “traxiere moros de otra tierra de guerra et aquellos en su aldea poblare…”[2]

Y también por quienes tuvieran gentes que huyeron de los estados islámicos por creencias cristianas o por lo que fuera, conversos, y se afincaron en las aldeas al servicio de un amo. “Qui ouiere tornadizos en su heredat…”[3]

Parece como si las aldeas estuvieran dotadas de un número de habitantes que se arropaban entre sí en caso de alguien que a quien se culpó: “…metan (su) apellido a las aldeas et préndanlo; et el aldea que oyere el apellido et non salliere en pues del, peche el aldea lo que se perdiere. Et si el mercador dixiere que non salieron en pues del, jure el aldea con cinco…”[4] Una persona no ha respetado el fuero de portazgo, huye y es reconocido por su apellido, llevan este nombre por las aldeas para que lo denuncien y si en alguna se escondiese y no lo declararan pague la aldea, aparentemente las aldeas lo resguardan.

Deducimos que la sociedad formada en la aldea tiene una fuerza estimable, se protegen sin acusar. No están de acuerdo con los exentos de Molina como ciudad privilegiada.

Reseño, por ser importante el dato, que todos tienen nombre, apellido o apodo que los diferencia de los demás dentro de una familia y de un grupo de vecinos que, como acabamos de ver, no solo se protegen, sino que forman una comunidad llamada aldea.

También dijimos que acudían a las colaciones, (en lenguaje eclesiástico, parroquias y en el que nos ocupa distritos) y allí inscribían sus posesiones.

“Todo omne que uendiere heredat, robrela[5] en la collación del conprador el dia del domingo despues de missa; en otra manera, nol vala”[6]. Todos los que tenían posesiones las habían inscrito en su colación que podríamos llamar sesma (aunque es un atrevimiento por mi parte y en este momento llamarla así), por tanto el comprador la debía pagar e inscribir en la misma colación donde estaba anteriormente. Era necesaria una organización para tener todo controlado. Por eso hablo de las aldeas como pertenecientes a distintas colaciones (o sesmas) para que el territorio del señorío tuviera una distribución ordenada y no confusa, en la que cada cual eligiera, a su gusto, la colación que se le ocurriera[7].

No olvidemos que estamos en un momento de invasiones por parte de un reino sobre otro con sus combates y peleas, y que los que acompañaban tenían derecho al botín que consiguieran. Este espíritu es el que acompañaba a los que venían a establecerse en las tierras puestas para su adquisición.  El control era necesario frente al atropello y la ambición.

Aceptando lo de sesmas no entro en si deberían ser seis cada una con sus 20 quiñones, ya que se ha escrito mucho sobre ello y sería redundar. Me basta saber que han sido cuatro y que cada uno se valió de sus influencias y posibilidades dentro del concepto casi de conquista para ocupar las tierras.[8]

La organización social de los habitantes de las aldeas seguiría el mismo orden que en la ciudad de Molina. Por tanto también encontraríamos una sociedad aldeana dividida en estamentos.

Caballeros[9] que viven en la ciudad y tienen tierras en las aldeas.

Caballeros[10] que viven en las aldeas.

Vecinos[11]. Gañanes y pastores que no tienen riqueza suficiente para poseer arma, y por tanto permanecen en la tierra y en el ganado.

Siervos o criados que poblaban las tierras ocupadas, que se trajeron prisioneros de guerra y que ahora trabajan o pastorean, y conversos o tornadizos que se instalaron en las aldeas. Indudablemente estarían al servicio de los caballeros.

Estas diferencias dependen de la riqueza de cada uno, expresada por las yuntas, por las ovejas y por la tierra que cada uno poseyera, además del reparto del botín conseguido en las actuaciones bélicas. Y por supuesto por el número de esclavos, siervos, que tuviera. Me resulta casi imposible distinguir entre siervos y esclavos, “sean suyos a mandar” que dice el fiero.

Si en la aldea hay un castillo añadiremos al alcalde del castillo que tiene poder sobre los soldados que defiendan la fortaleza.

Los alcaldes o justicias que gobiernan la aldea será alguno de estos hacendados que posea caballo “Todos los portiellos sean de la collación de los caualleros”[12]. Todo cargo será de los caballeros de aquella sesma, y si hablamos de las aldeas, de su aldea.

El conjunto de todos se rige por el concejo. En el concejo hay alcaldes. Acerco a las aldeas el modelo simple de gobierno de la ciudad aunque en los fueros no dice nada. Ni siquiera en la ciudad nos cuenta cómo y de cuántos se conforma el concejo, sólo podemos deducir que está formado por solo caballeros.

Y siguiendo las normas de fuero, las autoridades cada año cambiarán a otro de iguales o similares posesiones. “Yo, el conde Almerich, do a uos en fuero que uos el conçeio de Molina siempre pongades juez et alcaldes en cada vn anno de cada vna collación conpeçando a la fiesta de Sant Migael fasta vn auno, acabando en aquella misma fiesta”[13] Aunque habla del concejo de Molina habla también de cada una de las colaciones (¿repito, podríamos llamarlas sesmas?) que tendrá alcaldes y un juez de san Miguel a san Miguel, y en aquella fecha cambiarían. Porque ¿dentro de Molina existirían varios concejos uno en cada colación y que en cada concejo se nombraría juez y alcaldes? Y si esto no fuera así, ¿no se referiría a cada una de las colaciones donde se inscribieron las distintas fincas, según los territorios, por tanto la misma comarca?

Estos caballeros que ostentan los cargos pudieron permanecer como alcaldes y justicias todo el tiempo que quisieran si no había otro caballero para sustituirlo: “Todos los portiellos sean de la collación de los caualleros”[14] Se deduce que los cargos son sólo para los caballeros. Los vigilantes y defensores de la sierra también son caballeros, es decir que poseen caballo. Lo de no personalizar el cargo es difícil.

Una observación, el reparto de tierras no fue tan idílico ni fue tan equitativamente repartido como a veces parecen suponer los que hablan de la repoblación molinesa.

En los fueros aparece que no todos tenían tierras para cumplir con lo exigido y tener caballo y armas, y así distinguirse como caballero y ocupar los cargos de gobierno. Por eso el reparto no se dio, sino que cada cual ocupó el término yermo y poblado, y después acudió a inscribirlo. Sí es probable que los límites de aldeas se mantuvieran como aquellos antiguos con sus viejos límites.

Prueba de esto son también las muchas leyes para dirimir querellas y riñas en fincas y en cualquier otro sitio. “Todo omne que entrare entre los moiones demientre lidia­ren en canpo, peche sesenta sueldos, sacados los alcaldes et el juez et los andadores”[15] Habla de mojones divisorios, aunque no del porqué sea la riña.

[1] Uso esta palabra para indicar que eran criados, es decir alimentados y vestidos.

[2] Fueros Capítulo 11 cédula 12ª.

[3] Fueros Capítulo 11 cédula 12ª.

[4] Fueros Capítulo 1º cédula 2ª.

[5] RAE dice que proviene del latín robrare: Hacer la robra. Robra = el agasajo después de la compra, en nuestras tierras se decía el “alboroque, y en otra acepción, también en el Rae: escritura o papel justificante. -Ya lo vimos en páginas anteriores. También, rubricar, poner la firma, como no sabían escribir hacían un garabato, rúbrica.

[6] Fueros Capítulo 11 cédula 8ª.

[7] Tendrá su capítulo cuando los fueron nos lleven a ello: Las sesmas.

[8] Don Antonio Herrera Casado expone así esta situación: “Una de las observaciones es la que ahora pongo ante la consideración del lector. Al estudioso y buen conocedor del Señorío de Molina no se le escapa que el territorio todo está sistemáticamente dividido en una serie de demarcaciones: sesmas, veintenas y quiñones… Tales denominaciones proceden del momento mismo de la repoblación y creación del territorio allá por el siglo XII y están planteadas como un modo homogéneo y justo de distribuir la tierra a sus nuevos pobladores. Desde el primer momento de la ocupación del territorio tras la conquista de los árabes (y así ocurre en otros lugares de Castilla en la misma época) se establece una capital donde va a radicar el señor, su castillo o palacio, y todo el poder legislativo, administrativo y judicial. En esa capital, y por delegación del señor, asientan unos individuos llamados sesmeros que tendrán por misión subdividir y repartir las tierras de cada una de las sesmas o partes en que el Señorío se ha fragmentado. En el territorio molinés fueron desde el principio solo cuatro (El Campo, El Sabinar, El Pedregal y La Sierra), aunque en otros territorios castellanos fueron seis (que es la cantidad que justifica el nombre) y en otros solamente dos, o siete, etc. Cada sesma era dividida en veintenas, de las que, lógicamente, había veinte en cada una de ellas. Equilibradamente dispuestas a lo largo y ancho del territorio de la sesma, la veintena venía a corresponder con el actual municipio. Prueba de ello es que, de los ochenta núcleos de población que actualmente posee el Señorío de Molina, corresponden casi veinte a cada sesma…

Cada veintena o término municipal se dividió en quiñones, que viene a ser la quinta parte de de un término. Estos quiñones se entregaban a individuos que por ello adquirían el título de quintaneros y que tenían por misión concreta trabajar y hacr producir a ese pedazo de tierra del Señorío”. (“Molina de Aragón: veinte siglos de historiaAntonio Herrera Casado. AAche Guadalajara) (pág.18-19)

[9] En Molina se pueden ver las casonas o palacios de los personajes que fueron importantes o notables, la casa de los marqueses de Villel, etc.

[10] No sé si responde a esta época o es de tiempos posteriores. En Hinojosa en un lateral de la plaza donde estaba el olmo multisecular hay un espacio que de siempre se llamó “Los caballos”. Además, recuerdo que las familias más pudientes de los pueblos, además de la yunta, de las yuntas (si tenían varias) o formando parte de ellas estaba el caballo o la yegua en la que sus dueños acudían a las ferias o a los compromisos personales.

[11] Se considera vecino a quien cuple estos tres requisitos: es residente, tiene propiedades y paga sus impuestos.

[12] Portiellos significa cargo, dirección, gobierno.

[13] Fueros Capítulo 12 encabezamiento.

[14] Fueros Capítulo 12 cédula 16ª.

[15] Fueros Capítulo 20 cédula 8ª.

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63º El botín y su reparto

Aunque vayan a la guerra obligados por ley de fuero, todos esperaban alguna recompensa. Eran desconocedores del proceder y la actuación de los soldados en las batallas y después de ellas, de cómo se apoderaban de cuanto podían. Las posesiones de los vencidos y de las ciudades conquistadas pasaban a posesión de los conquistadores. Éste era un atractivo para los caballeros que, a su vez, eran los más adinerados del territorio como indican las normas dadas en el fuero: “…dos yuntas de bueyes con su heredat et cient oueias…., ouiere heredat que uala mili mancale…, …ouiere vna yunta de bueyes con su heredat et cincuenta oueias…”[1]

En el botín no solo entraban los objetos sino los ganados y también las personas: “Todo omne de Molina que traxiere moros de otra tierra de guerra et aquellos en su aldea poblare, suyos sean a mandar”[2] Hasta ahora en las conquistas anteriores, fueran romanas, visigodas o árabes siempre hemos hablado de prisioneros convertidos en esclavos o, medio tergiversando la palabra, en siervos. En esta conquista sigue sucediendo lo mismo, quien trajere moros de tierra de guerra, puede poblar con ellos sus tierras, es decir que los tendrá como trabajadores de sus posesiones y serán suyos a mandar, le obedecerán en todo. Es una manera de repoblar y cultivar una extensión de terreno para el amo, sobre todo si vive en la ciudad con exención de tributos. De aquí pueden nacer nuevas colonias o asentamientos.

Ya hablamos de la dependencia de estos cautivos hacia su dominador, “que sean suyos”[3].

Los caballeros y quienes acompañan a las mesnadas tienen obligación de acudir al servicio del conde y conseguir una recompensa, no están con contrato y sueldo pero sí con lo que en la batalla puedan conseguir. El botín de guerra les pertenece como conquista.

De las ganancias conseguidas, del botín por acudir a guerrear cuando acaba la contienda, deben hacer cinco[4] partes. Una para el conde. No descontarán nada para no disminuir la parte que deben entregar al conde, ni siquiera las limosnas dadas “por amor de Dios”. “Omnes de Molina que fueren en caualgada primero coxga todas sus ganancias et después quinten et non den sinon vn quinto et non den quintos si non de catiuos et de ganados, et si alguna cosa dieren por amor de Dios, non den dende quinto”[5]

En este fuero está claro que los cautivos son personas capturadas como botín y se les asimila a los ganados en cuanto a la partición.

Los peones, como serán menores sus botines, sólo pagarán un séptimo en lugar de un quinto.

“Los peones den la setena parte por quinto. Caualleros o peones que alcayat prendieren reciban por él cient maravedíes alfonsís et el alcayat sea del sennor de la villa. Cauallero de Molina que fiziere amanteniento[6] reciba por ello diez mencales”[7]

Queda claro que si conquistan una plaza o castillo quien lo tome recibirá un premio en metálico y será del señor de Molina. Igualmente al caballero que sobresalga por sus gestas de valentía (amanteniento) recibirá un premio.

Todo esto no solo como paga o recompensa, sino también como estímulo en la refriega.

[1] Fueros Capítulo 11 cédulas 6ª.

[2] Fueros Capítulo 11 cédula 12ª.

[3] Trataré este puento en el apartado: Morería, tornadizos y mendigos.

[4] El cobro que se hacía a los colonos por la utilización y uso de las casas de campo era la quinta parte de la producción, por eso se llaman quintas a estas fincas en algunos sitios.

[5] Fueros Capítulo 11 cédula 19ª.

[6] AMANTENIENTE.- Adv. Con fuerza, a manos llenas, sin reparo o defensa del que recibe el golpe; y así herir amanteniente es descargar el golpe de alto a bajo con ambas manos. Diccionario de La Lengua Castellana. Volumen 1 (1726).

[7] Fueros Capítulo 11 cédula 20ª.

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62º El ejército o las mesnadas del Conde

El conde Manrique, y con mayor razón si sus posesiones están en la frontera, necesita caballeros y tropas que defiendan su ciudad y sus tierras y que lo acompañen en sus gestas. Él es ante todo conde[1], es decir acompañante del rey, por tanto debía estar siempre dispuesto a responder a las obligaciones que este compromiso conllevaba, para eso necesitaba tropas.

Ya he hablado algo de los excedentes juveniles que pudieran estar dispuestos a militarizarse, pero en estos momentos se trataba de repoblar y explotar la tierra y no había gente prescindible. El conde necesita unas tropas formadas no con mercenarios sino con súbditos, quiénes mejor que los pobladores imponiéndoles la obligación de súbditos, como él hacia el rey.

El Conde debía tener disponibles unas tropas que lo acompañaran siempre que fuera necesario, para eso tenía que saber con quiénes contaba y qué armas poseían, por tanto legisló quiénes habían de contraer esa obligación y cómo debían responder.

Para ello dispuso que: “Do a uos en fuero que el uezino de Molina que cauallo et armas de fuste et de fierro… touiere, non peche ninguna cosa”[2] En este caso solo con ser de Molina y poseer caballo y armas quedaba exento de tributar pero a cambio estaba obligado a defender Molina.

Molina ciudad estaba deshabitada, sin soldados que la defendieran, de esta manera el Conde se prepara un ejército que lo secundara y que ocupara el castillo manteniendo en la ciudad el poder y la fuerza. Tal vez de este fuero saliera el nombre de los Caballeros: Molina de los caballeros. ¿Quién no querría evitarse pagar los impuestos? En Molina todos se esforzarían en tener caballo y armas, además la oferta de botín en las incursiones con un señor tan próximo al rey estaba asegurada. Otro punto que ya trataremos es el de que la ciudad llena de estos caballeros y los gobernantes era un punto importante de comercio para que las aldeas pudieran vender sus productos o sus excedentes.

Si se abastecían de caballo y armas, ellos mismos podían entrenarse, experimentar y prepararse, es decir amaestrarse en el uso de las mismas.

Pero no queda todo aquí, necesita más mesnadas para engrandecer su milicia y tener prestas unas tropas para, en cualquier momento, defenderse y batallar en los reinos taifas de Al-Ándalus.

Para ello impone a sus súbditos la obligación de estar prestos para cualquier provocación, o para responder a su llamada. Por eso dispone que: “Todo vezino de Molina que ouiere dos yuntas de bueyes con su heredat et cient oueias tenga cauallo de siella. Si non ouiere ganado et ouiere heredat que uala mili mancales tenga cauallo de siella. Qui ouiere vna yunta de bueyes con su heredat et cincuenta oueias tenga cauallo qual pudiere.”[3] Por si dudasen quienes debían ser caballeros, y disponibles para militar, lo explica y concreta. Como vemos es una selección por riqueza, la élite digamos.

Los poseedores de determinadas riquezas deberán tener caballo de silla, es decir caballo dispuesto para montar en combate, los que en cambio no alcancen esa determinada riqueza deben poseer caballo simplemente “tenga cavallo qual pudiere”. Las armas se las entregarán en su momento, o quizá se le requisaría el caballo, estas cosas no se explican, pero si hubiera necesidad de caballos, con esta orden ya tiene donde echar mano. Aunque ya leímos que debían tener armas de fuste y de hierro[4].

¿Pero cómo deben formar y a quién deben seguir para formar la hueste?

De una manera negativa, como si ya hubiese habido una acción que infringiese las normas declara: “Ninguno non traya otra sennal sinon la del conde o del conceio et todos aquel guarden et sean et anden.”[5] Deben portar las enseñas del Conde como señal de obediencia, acatamiento y seguimiento. O la del concejo al que pertenecen.

“El cauallero que non fuere en apellido peche cinco mencales. Et si fuere et non leuare lança et escudo peche cinco mencales”[6] En las cédulas anteriores se hablaba de quiénes debían tener caballo preparado y llevar la enseña del conde o la del concejo, por tanto ya tienen el apellido y además con lanza y escudo, pero podía darse que alguno no respetase esta orden ni la quisiera cumplir por eso debería pagar una multa de cinco mencales, y si no aporta las armas correspondientes otros cinco.[7]

“El peón que non fuere en apellido peche dos mencales et medio. Et si fuere et non leuare lança o azcona[8] peche dos mencales et medio”[9] De esta cédula podemos sacar dos conclusiones la primera es la que directamente apunta a los peones que no quieran seguir la enseña del conde o del concejo, éstos deben pagar la multa de dos mencales y medio, y si no lleva las armas de peón otros dos y medio.

La segunda es la presencia de peones, es decir la infantería, que también debe integrarse en su cuadrilla y llevar armas. Aquí ocurre lo mismo, debe ir en su grupo o el del concejo.

Queda clara la obligación de todos los molineses, incluidos los de las aldeas, de estar dispuestos como personas y con armas para seguir al conde en caso de emprender hazañas bélicas. Este compromiso respecto al conde lo deberíamos llamar fonsadera, que es una de las obligaciones que los nobles tenían respecto al rey, o por mejor decir una de las cuatro cosas reservada al rey: la justicia suprema, la moneda forera, la fonsadera y los “suos yantares”[10] Una vez leídos los fueros, excepto la moneda que dependía del rey aunque se utilizaba indistintamente la de los reinos cristianos y la de los árabes, todos los demás parece que se los apropió el conde.

De alguna manera ya hemos hablado de la conquista de Cuenca[11], donde acudieron los molineses a las órdenes del conde y así siguieron, acompañando a los condes en sus compromisos bien fueran programados por él o para atender y acompañar al rey en sus conquistas.

[1] Conde proviene del latín “comite”, acompañante, en latín se usaba para indicar la proximidad a los generales y a los potentados. Además fue educador y cuidador de Alfonso VIII.

[2] Fueros Encabezamientos cédula 4ª.

[3] Fueros Capítulo 11 cédulas 6ª.

[4] Fueros Encabezamientos cédula 4ª.

[5] Fueros Capítulo 11 cédula 22ª.

[6] Fueros Capítulo 11 cédula 23ª.

[7] De estas cédulas, ésta y la siguiente podríamos deducir que el conde tiene con respecto a sus súbditos el derecho llamado de fonsadera, como él la tiene respecto al rey, la disposición obligada de acudir siempre que sean llamados: en caso de necesidad bélica o por cualquiera otra causa.

[8] La lanza recibe ambos nombres. No tiene una característica que las distinga: lanza o azcona. Según la Wkipedia azcón y azcona es nombre que coincide con el dado en vascuence.

[9] Fueros capítulo 11 cédula 24ª.

[10] “El fuero de Molina de Aragón” Miguel Sancho Izquierdo. pag 173.

[11] Está tratada el el apartado: La vida de los pobladores.

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