Historia de Molina de Aragón

104º La respuesta del rey de Aragón

No les hizo esperar mucho porque el rey Pedro aceptó la entrega el 5 de Junio de 1369.

El rey de Aragón tenía también un documento acreditativo de que Enrique II le entregaría Molina a cambio de su ayuda en la guerra contra Pedro el Cruel[1], pero Enrique no lo cumplió.

Ante la petición de los molineses, el rey de Aragón se comprometió con estas palabras: “… e por esto no solament por supplicacion, mas porque veemos que por la dicha villa, la qual es muy grande e muy notable, la nuestra corona prende crescimiento e el nuestro regno d’Aragón en especial gran melloramiento e enfortimento, con esti nuestro privilegio siquiere carta pora siempre valedera por nos e por todos los nostros successores prometemos a Dios e al dito conceio e universidad (…) villa e aun por Dios e su cruc e sus santos quatro evangelios de nuestras manos corporalment femos pleyto e homanatge que nos nin successores [nuestros] la dicha villa o términos o pertinencias d’aquella non daremos, vendremos, calmare­mos, transportaremos ni alienaremos a persona del mundo si no era primogénito nuestro o de los ditos successores nuestros ne en otra manera de la nuestra corona segregaremos o departremos, antes qualque sea rey d’Aragón haya seer senyor sin minyan (menoscabo) de la dicha villa. E si el contrario por nos o algunos de nuestros successo­res, lo que Dios no mande, era feito o ensayado de fer, aquello no tienga ni valga, ne el conceio o singulares de la dicha villa presentes o avenideros aquello sean te­nidos obedecer…”[2]

Leyendo la respuesta del rey, Molina se siente orgullosa de cómo la encumbra: “…por la dicha villa, la qual es muy grande e muy notable…”

Y no pierde modo de valorarla: “…la nuestra corona prende crescimiento e el nuestro regno d’Aragón en especial gran melloramiento e enfortimento…” La Corona de Aragón aumenta y mejora y se fortalece.

El rey jura por los evangelios y sobre la cruz en la que posa su mano, le rinde pleitesía y homenaje, qué más orgullo para la ciudad y el señorío: “…e al dito conceio e universidad…”; mas adelante menciona todas la aldeas de manera generalizada: “la dicha villa o términos o pertinencias d’aquella”, o sea que hace su juramento, al dicho concejo y a su universidad (totalidad de aldeas).

E incluye a sus sucesores, hijos y nietos para que reinen sobre Molina sin hacer mención a aquel fuero: “…que siempre de mis hijos o nietos un señor hayan, aquel que a vos plazca y bien os haga, y no hayan sino un señor…”[3] No era necesario referirlo, se trataba de una sucesión directa como ya la habían experimentado en los reyes de Castilla.

Y de esta manera, los Caballeros de Molina de los Caballeros mantienen su denominación caballeresca. La de Molina del Conde era una titulación ambigua que perdió fuerza ante la “de los Caballeros”, aparte de que las damas doña Blanca y doña María siempre se llamaron Señoras del Señorío y no condesas. Ellas en definitiva propiciaron los grupos de Caballeros y de Ballesteros dándoles prestigio y futuro.

Molina es tratada por el rey Pedro IV el ceremonioso como Molina del Conde en todos sus escritos, y el señorío como condado.

Hay algo que no podemos pasar por alto, y es el descanso que todos esperimentaron al oír la aceptación de Pedro IV, sintiéndose defendidos por él. La traición que ellos hacían al castellano rey Enrique incumbía al rey aragonés.

[1] Pacto de Binefar, 1366.

[2] 1369, junio 5. Valencia (Folio2).

[3] Fueros de Molina. 10ª.

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Historia de Molina de Aragón

103º Aragón acepta el ofrecimiento

La redacción del documento presentado por los molineses no escatima ningún vínculo. Se ofrecen absolutamente a la Corona de Aragón, “a nuestra reyal corona”, (dice el documento del rey) que en estos momentos ostenta Pedro IV.

Por su parte el rey de Aragón reconoce el deseo que tenía de conseguir: “…por ciertas razones la villa de Molina e sus aldeas en­tre las otras cosas devian venir e se pertanecen a nos e a nuestra reyal corona…”[1] Hace tiempo que de una u otra manera el rey quería ampliar sus fronteras, las aguas de estos terrenos afluían hacia Aragón y eran caminos naturales para movimiento de tropas, aparte de las mercancías, pero sobre todo los pastos serranos, y el camino de la lana. Ésta era la idea, desde que Alfonso I conquistó estas tierras: “…debían venir e pertanecer a nos…”

Y ahora gratuitamente “…por su propio movimiento…” el concejo de Molina se las ofrece juntamente con su población cristiana y judía. Qué más puede desear.

Hemos de notar que no se hace mención de la morería. Hemos visto que en Molina existía una parte de población musulmana. En documento posterior leeremos cómo Bartolomé Sánchez se preocupa de ellos…

Los judíos tenían presencia física en la toma de decisiones del concejo, incluso entraban a formar parte de sus mandatarios en los compromisos de alto valor. En esta ocasión acompañan a la comisión como uno más, y son nombrados como parte integrante de la ciudad sin otra distinción que la de su religión: judíos. Podemos decir que se encuentran aceptablemente integrados en la ciudad, sin perder sus creencias y usos, pero cumpliendo con sus tributos.

La misión la han llevado clara y precisa y así la entiende el rey: “…nos han demandado e querido por su rey, princep e señor…”[2]

Y además ellos se comprometen como súbditos: “…e por sus missatgeres e procuradores nos han feito pleyto, jura e homanatge de seernos buenos e leyales e verdaderos vassallos…”[3] a ser buenos, leales y verdaderos vasallos sin ningún tipo de condición, como si olvidaran los pequeños privilegios de los fueros recibidos del Conde Manrique.

Qué más quiere oír el rey para sentirlos siervos sino que: “…e por especial gracia e mer­ced nos han demandado de nunca separarlos de la nuestra corona…”[4]

El derecho de poder elegir, aunque tan pocas veces lo hayan ejercido, les da la posibilidad de aparecer entre los títulos de los reyes, “del Señorío de Molina”; y de sentarse entre los electores en caso de problema sucesorio.

Los molineses no lo sabían, pero ésta fue la última vez que ejercieron este derecho de fuero. Pero sí sabían, eso pienso, que traicionaban a su rey castellano.

[1] 1369, junio 5. Valencia (Folio2).

[2] 1369, junio 5. Valencia (Folio 2).

[3] 1369, junio 5. Valencia (Folio 2).

[4] 1369, junio 5. Valencia (Folio2).

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Historia de Molina de Aragón

Molina de Aragón

102º Elegidos para presentarse ante Pedro IV

Disponen acudir al rey de Aragón y expresar su decisión para que los acepte como súbditos.

Nombraron a quienes acudirían ante el rey de Aragón a exponer esta determinación y llevar la documentación apropiada. Éstos fueron; Bartolomé Sánchez como principal enviado por el concejo, acompañado por los diputados Pascual Martínez Cotiello, Fernando González de Teros[1] y Juan García de Córdoba[2]; y, junto a ellos, Samuel Abolafia como representante de la aljama judía.

El 20 de mayo, ofrecen al rey rehe­nes como avales, garantías y toda clase de compromisos expresando su deseo de hacerle homenaje co­mo vasallos, entregándole Molina: “…certificant vos que los missatgers qui son ací per Molina, co és. aquells qui y son de part de García de Vera, alcayt, son Pasqual Martínez Cotiello, Ferrant Gonzalvez de Teros, Johan García de Córdova, Samuel Abolafia e, per la universitat de la dita vila de Molina, Barthomeu Sánchez, alcalde d’aquella, e per l’aljama lo dit don Samuel e tots aquets han poder bastant ab cartas publiques (…)de reebrens per senyor (…)e liurarnos la vila.”[3]

El documento que entregaron al rey decía así, según declara el mismo rey Pedro IV de Aragón (5 junio 1369): “En el nombre de Dios. Nos don Pedro por la gracia de Dios rey d’Aragón, de Valencia, de Mallorques, de Cerdenya e de Córcega e comte de Barchinona, de Rosellon e de Cerdanya. Porque por ciertas razones la villa de Molina e sus aldeas en­tre las otras cosas devian venir e se pertanecen a nos e a nuestra reyal corona, e agora el concello e todos e cada unos singulares de la dita villa christianos e judíos por su propio movimiento nos han demandado e querido por su rey, princep e senyor, e por sus missatgeres e procuradores nos han feito pleyto, jura e homanatge de seernos buenos e leyales e verdaderos vassallos, e por especial gracia e mer­ced nos han demandado de nunca separarlos de la nuestra corona…”[4]

De momento todo quedó en calma y a la espera de noticias y acontecimientos.

[1] En documentos posteriores de concesión de bienes lo nombrarán como Fernando González de Cueva.

[2] Igualmente ocurre con este Juan que lo denominarán como Juan Garcés.

[3] Tomado de “Documentos para la historia de Molina en la Corona de Aragón: 1369-1375” Lidia Benítez Martin Institución Fernando el Católico. Zaragoza, 1992. (página 19).

[4] 1369, junio 5 Valencia. (Folio 2) Tomado de “Documentos para la historia de Molina en a Corona de Aragón: 1369-1375” Lidia Benítez Martin Institución Fernando el Católico. Zaragoza 1992. De donde proceden todas las citas que aparezcan con este formato.

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Historia del Señorío de Molina

101º Enrique II de Trastámara y sus legados

Enrique II es coronado Rey de Castilla.

Bertrán Duguesclín que tanto le ha ayudado espera su recompensa. Y el rey Enrique le indemniza entregándole, entre otras poblaciones y territorios como Cuenca, Soria y Almazán, el señorío (condado) de Molina de los Caballeros (4 de mayo 1369). Bertrán Duguesclín es nombrado Duque[1] de Molina. Es interesante comprobar las plazas que entrega a este Bertrán y las que le pedía Pedro IV en los distintos convenios (pacto de Binefar 1363[2]).

Rompió así el compromiso con Pedro IV de Aragón a quien, por la ayuda de sus tropas, había ofrecido el Señorío de Molina. Colocó a un personaje con soldados y poder entre ambos. Enrique ya no tendría que defender Molina directamente, allí estaba su Duque para impedir las exigencias de Pedro IV si reclamaba el cumplimiento de los convenios.

Para este cambio de dominio a nadie del Señorío se había pedido aprobación, como hizo Sancho IV cuando nombró a doña María que, aunque descendiente directa de don Manrique de Lara, era él, Sancho su esposo, quien le cedía los títulos recibidos de su cuñada doña Blanca, y que, para quedar bien, consultó a los ciudadanos de Molina.

No hay que perder de vista aquello del fuero: “que siempre de mis hijos o nietos un señor hayan, aquel que a vos plazca y bien os haga, y no hayan sino un señor”[3]

Ahora se alteran varios elementos. Debería ser un descendiente, que a los molineses agradara, y no haya sino un señor. Bertrán no era de los descendientes, no había sido sometido a conformidad, y si lo aceptaban (los afectos a Pedro I se sentirían traicionados) aceptarían dos señores: al rey y al duque.

Para mejor entender la situación, y atendiendo al pensamiento económico, habrá que tomar conciencia de que surgen varios problemas sobre el pago de impuestos: al rey que los mantendría, pero desconocían los que el nuevo señor (duque) exigiría. Aunque no los aumentara, quedaba el otro problema: los montes comunales o de realengo, y entre ellos el común de aldeas con sus montes.

Concretando los problemas que surgían:

1º El cumplimiento del fuero: linaje y aceptación por los molineses

2º El problema económico y mantenimiento de costumbres forales.

3º Los seguidores de Pedro I vieron con disgusto el cambio de rey.

4º Los judíos de la aljama estaban muy integrados en la población, y habían comprobado la actitud del rey Enrique a su paso por las ciudades castellanas, acompañado por Bertrán Duguesclín, en las que destruía las juderías y se apropiaban de sus bienes. Los judíos no eran adeptos al nuevo rey.

Por supuesto todo esto multiplicaba el rechazo a un intruso, a Bertrán, un no heredero.

Con estos presupuestos los molineses se reunieron en concejo para dilucidar la situación. Encabezados por el regidor mayor o alcalde del concejo de la ciudad Bartolomé Sánchez, el juez y alcaide del castillo y del alcázar García de Vera, reunieron al concejo y recogieron el parecer de no aceptar a un extraño sino al rey. Pero como el rey Castellano no puede quitar el título de señor y duque a su elegido Bertrán Duguesclín, habría que tomar otra decisión.

Samuel Abolafia en nombre de la judería expone su parecer que coincide con el de los demás. (En Aragón el rey Pedro IV trataba con ejemplaridad a las juderías.)

Las opciones que se presentaban no eran tantas ni tan factibles, los nobles seguidores y fieles al difunto Pedro I estaban en regiones muy alejadas, o refugiados en Portugal. Los molineses no tenían ningún contacto con otros reinos, en cambio sí conocían el deseo de Pedro IV de Aragón. Incluso les llegaría la comunicación que este rey hizo a todas las plazas que le fueron ofertadas por Enrique en el tratado de Binefar, en que exponía la obligación de Enrique II, hoy rey de Castilla, de cumplir su compromiso: entregarle aquellas plazas y territorios entre los que se encontraba Molina.

La reunión del concejo no pudo ser sólo de la ciudad sino de todo el señorío. Los andadores comunicarían a los sesmeros y éstos a las sesmas. ¿Se reunirían los sesmeros y enviarían a sus delegados para tomar decisiones en el concejo de Molina?

No está nada claro que siguieran este procedimiento, normal a nuestra manera de pensar, pero como ya hemos visto, hablando de quienes formaban el gobierno de las aldeas, que las decisiones estaban en manos de los caballeros, o por decir mejor de los que tenían la hacienda más poderosa, aunque residieran en Mlina.

De entre los que tomaron la decisión, veremos después que tres de ellos reciben como pago el dominio de determinadas aldeas. Cabe preguntarse ¿no serían ellos procedentes de estas aldeas los que presionaran para entregarse a Pedro IV de Aragón? Con lo que no solo serían poderosos en Molina sino que se sentían representantes de los habitantes de aquellas aldeas. (Antón Sánchez, hijo de Bartolomé Sánchez recibe Tartanedo; Martínez Cotiello: Herrería; y García de Vera: Castilnuevo, Checa, Teroleja y Valhermoso)

Pero, bueno, también hay algo que no hemos dicho, y es de la despoblación que en estos momentos asolaba el territorio de Molina. De este abandono hablaremos en breve.

Un poco atrevido es lo que voy a decir ahora: todo esto fue un hecho que les hizo tomar conciencia de grupo, de señorío, de comarca, de ¿nación? La dificultad y la decisión tomada por todos, ¿no los uniría más y los haría tomar conciencia de autonomía y emancipación? ¿O tal vez no los señalaría capaces de tomar decisiones en común como pueblo capacitado y sin necesidad de señor, conde o duque?

Molina ciudad había sido mimada por Manrique de Lara y sus seguidores, las señoras la hicieron crecer en estima. Era como si la ciudad, no solo fuera la capital sino el orgullo de sus señores. Como si las aldeas pulularan a su alrededor y quienes de ellas merecieran renombre deberían vivir en Molina.

Ahora se reúnen y hacen un esfuerzo común, un planteamiento común, tomarán una decisión ajena a imposiciones y a personas que los amedrentaran y presionaran. Este obligado contacto entre todos, Molina y aldeas, les haría tomar responsabilidad de grupo y esa responsabilidad haría que se concibieran y entendieran como pueblo con responsabilidad propia, no delegada, y por supuesto nada dependiente o súbdita.

Pero, a pesar de todo, siempre serán aldeas de frontera, es decir estarán entre dos fuegos. Molina con las aldeas formaban un territorio que debería tomar la decisión más apropiada entre Castilla y Aragón.

La responsabilidad es sólo de ellos. Actúan por primera vez como pueblo unido, señorío comprometido, entidad compacta.

Y en concejo lo deciden.

[1] Duque proviene de la palabra latina dux, cuya declinación hace en ducis= del dux, ducem= al dux y significa guía, líder, con el significado defensivo de capitán o de general. Y por tanto Duque es el que conduce y guía en caso de guerra a un ejército…

[2] Utiel, Moya, Cañete, Cuenca, Medinaceli, Almazán, Soria y Agreda además de Molina.

[3] Fueros de Molina de Aragón. 10ª.

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Historia de Molina de Aragón

100º La cruel guerra, Castilla y Aragón

Entremos en Molina y sus aldeas.

El año 1356 comienza la guerra de Castilla y Aragón, llamada de los dos Pedros: Pedro I de Castilla llamado “el Cruel”, contra Pedro IV de Aragón, Llamado “el Ceremonioso”.

Las tropas del castellano aparecen en Molina en 1356, y en 1357 cuando van camino de Tarazona.

Si la peste no llegó por su natural camino, las tropas la portarían.

Además de la peste, arrastraban otro daño duro y difícil de digerir. La intendencia del ejército tenía que proveerse en los lugares por los que pasaba. Dejaban las despensas y los graneros vacíos. Era obligación mantener al ejército que libera y protege, así estaba decretado, y por eso obligaban a dar las prestaciones de hospedaje y servicio en la guerra[1]. El rey es dueño y señor de todo y de todo dispone.

Sobre cómo distribuirían a las personas y los soldados para alojarlos en Molina, ¿en tiendas de campaña o en viviendas?

Para los caballos y otros animales, nos dan una pequeña idea las quejas de la judería que se vieron obligadas a acoger y dar cuadra a los animales en sus viviendas: “…nin seamos tenidos de tener en guarda bestias nin animalias algunas, nin seamos tenidos de los dar a comer,…”[2] Así dicen y se expresan: que, por ser judíos, no estemos obligados a cobijar y mantener a los animales del ejécito.

¿Qué diremos de la morería y su utilización por el ejército?

Los jefes militares ¿se repartirían por las casas?

A estas tropas se unieron los caballeros de Molina, gobernantes, alcaides de los castillos y sus peones. Sonaría la voz de mando y requerimiento, y acudirían.

Terminado el objetivo de Tarazona, ¿volvieron por el mismo camino? (no consta que el grueso del ejército tornase por el mismo camino de ida) Las tropas que se establecieron en Molina sí volvieron a su lugar. Desde allí tenían que defender y cumplir órdenes de ataque o rechazo a las de Aragón[3].

De 1362 en adelante, los soldados concentrados en la frontera, en Molina y en los castillos del entorno, de Zafra, Fuentelsaz, Labros, (¿Antanedo o Tartanedo?)[4] Algar, Villel y Mochales, hicieron incursiones por Alhama, Ariza, Cetina, Ateca, Terrer y Calatayud, llegando hasta La Almunia y Cariñena…, también por Daroca y por Monreal.

Incluso es de suponer que los jóvenes, aunque no estuvieran con la soldadesca, se unirían a estas incursiones para sacar algún provecho. Botín y  rapiña…

A estas aventuras había respuesta por parte de Aragón, arrasando cuanto encontraban a su paso. Más se trataba de devastación y destrucción que de batallas cara a cara. No buscaban conquistar castillos, sino infligir castigos y causar daños para debilitar. (En la mente de su rey, Pedro IV el Ceremonioso, estaba el deseo de conquistar los pastos de la cordillera ibérica, por eso además de Molina pretendía Almazán y Cuenca). Otro punto que quizás le atraería con estas ciudades en su dominio, sería la posibilidad de la Mesta y la venta de la lana por el camino de Castilla.

El mantenimiento de las tropas continuarían descargando las despensas de los molineses aunque en algo se recuperaran con los botines de las incursiones.

A pesar de sufrir este desgaste del ejército, el rey Pedro I el Cruel era atractivo para las gentes de Molina, sobre todo para quienes, caballeros, soldados, alcaides de los castillos y cuantos se acercaran a él, fueran tratados amigablemente y los que en los ataques salieran beneficiados por los botines conseguidos.

Aunque esta guerra dio fin en 1368, las enemistades antiguas entre los dos reinos y las del enfrentamiento recién acabado, sumaban afrentas y robos múltiples. Unos y otros atacaban con el mismo objetivo e idéntica crueldad.

Esto había creado un clima de fuerte enemistad, sobre todo entre los habitantes de aldeas fronterizas.

Aunque la guerra por el trono de Castilla pasó a otros lugares, duró hasta que Enrique de Trastámara dio muerte a su hermanastro el Rey Pedro I en Montiel, coronándose Rey de Castilla, (3 de marzo 1369). Molina se mantuvo fiel a Pedro I el Cruel y no desistió en los combates y pugnas con Aragón.

De estas incursiones sólo les quedará una suma de sinsabores añadidos a la peste que no desaparecía, aunque fuera relegándose y recrudeciéndose a temporadas.

Otra cosa a tener en cuenta es el servilismo y acatamiento al Rey. Digamos que el subditaje estaba fuertemente enraizado. Era su rey y eso no se podía negar ni rechazar. Y como era su rey no se admitían dudas en la aceptación y en la obligatoriedad de su comportamiento.

El pensamiento era que el rey era asignado y bendecido de Dios.

Cambia el rey y todos se sienten siervos y súbditos del nuevo rey establecido por Dios. (A rey muerto, rey puesto o reino revuelto)

Los servidores de Pedro el Cruel, abundantes en Molina, se mantuvieron en contra de Enrique. Sobre ellos se cernía la amenaza de tener que abandonar el Señorío para verse libres de persecución por los seguidores de Enrique II de Trastámara.

[1] Entre las obligaciones que se debían al rey, como todos los nobles en sus feudos, era la de hospedaje y servicio en tiempos de guerra.

[2] 1369, mayo, 22. San Mateo. (Folios 10-11) Carta enviada por el judío Samuel Abolafia al rey Pedro IV.

[3] La nota anterior de la tesis doctoral: “La guerra de los dos Pedros (356-1366) Impacto y7 trascendencia de un conflicto bajomedieval” Autor: Mario Lafuente Gómez. 2009 Zaragoza. Nos da una explicación de la permanencia y mantenimiento de las tropas en Molina.

[4] De él habla el testamento de María de Molina y ya señalamos el posible lugar donde se ubicaría.

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Historia de Molina de Aragón

99º La guerra llamada de los dos Pedro, Pedro I de Castila y Pedro IV de Aragón

La guerra entre los dos Pedros, Pedro I de Castilla contra Pedro IV de Aragón y viceversa, da comienzo en 1356.

Para mejor entender la situación creada en Molina y sus aldeas durante los once años que duró esta contienda conviene conocer los cuatro personajes que intervinieron en ella y sus parentescos.

Pedro IV de Aragón el Ceremonioso hijo de Alfonso IV de Aragón y de su primera esposa Teresa de Entenza. Su padre, Alfonso IV de Aragón que estuvo casado en segundas nupcias con Leonor, hermana de Pedro I el Cruel, tuvo dos hijos, a Fernando y a Juan, a ambos se les llamaba Infantes de Aragón. Eran hermanastros de Pedro IV el Ceremonioso y sobrinos de Pedro I de Castilla.

Pedro I de Castilla, hijo de Alfonso XI[1] de Castilla, a quien apodaron el Cruel por el carácter violento con que actuó en su segunda época. No tuvo hijos legítimos a pesar de sus muchas amantes. Era hermano de Leonor, la segunda esposa de Alfonso IV de Aragón y tío de los infantes de Aragón Fernando y Juan que asu vez eran hasmanastros de Pedro IV de Aragón apodado el Ceremonioso.

Enrique de Trastámara era hijo de Alfonso XI y de su amante Leonor de Guzmán, en 1340 su padre Alfonso XI le concede el condado de Trastámara. Por tanto era hermano bastardo de Pedro I de Castilla llamado el Cruel.

Las relaciones familiares crean un entresijo muy significativo. Al final Pedro IV y Enrique de Trastámara son los que dan fin a la contienda.

Algo a tener muy en cuenta: Pedro IV de Aragón quería extender sus dominios, y entre los territorios deseados estaba Molina. En los distintos tratados que contrajo con Enrique de Trastámara, con Navarra e Inglaterra (el Príncipe Negro) siempre pedía el dominio de Molina de los Caballeros, no solo sino entre otras plazas: Murcia, Almazán….

Surge la contienda entre Castilla y Aragón en el año 1356.

Actuaciones de Pedro IV de Aragón.

Primero colaboró con Enrique de Trastámara que se comprometió a entregarle Molina de los Caballeros, entre otros territorios, como Utiel, Moya, Cañete, Cuenca, Medinaceli, Almazán, Soria y Agreda (pacto de Binefar 1363). Pero Enrique perdió la primera gran intentona en la batalla de Nájera 1367.

(El infante de Aragón Fernando apoyado en gran parte por la nobleza Valenciana se levantó contra su hermanastro Pedro IV. Luego se alió a Enrique de Trastámara y lo nombró jefe de las huestes aragonesas que estaban ayudándolo. Pedro IV se sintió traicionado y lo mandó eliminar como al otro infante de Aragón, su hermanastro Juan, por si acaso.)

Pedro IV apoya a los Navarros y se alía con los Ingleses de la Guerra de los 100 años para defenderse de Pedro I el Cruel. En el tratado de reparto de Castilla con Navarra, Pedro IV, entre otras localidades y territorios, siempre pretende tener Molina de los Caballeros.

Cuando se da cuenta de que los ingleses pueden ir hacia Aragón y que peligra su reino, vuelve a entenderse con Enrique y a refrescar el mismo tratado de entrega de las plazas anteriormente comprometidas, pero esta vez las cosas ya no están tan amigables.

Enrique con la ayuda de los franceses, (Bertrán Duguesclín) elimina a Pedro I de Castilla, el Cruel, y se nombra rey de Castilla (1369) (Enrique II el Fratricida o el de las Mercedes, según el cristal con que lo miran).

Enrique II hace reparto entre los nobles y sus ayudantes de las plazas que creyó oportunas (Enrique II de las Mercedes[2]). Dio de lado los antiguos compromisos, pero los que no serían beneficiados retuvieron los viejos tratados y lo acusaron de desleal.

Todas aquellas idas y venidas del rey Pedro comprometiéndose ya con Enrique, ya con Navarra e Inglaterra, ya otra vez con Enrique, haciendo convenios con uno y otros, dieron muchos quebraderos de cabeza a los de Molina y sus aldeas, que no dejaron de sufrir las correrías por parte de uno y de otro reino.

El rey Pedro I de Castilla y sus hombres no se quedaron con los brazos cruzados, y el Señorío fue uno de los campos de batalla durante estos once años.

[1] Primer rey que recibió al señorío de Molina de manos de su abuela doña María de Molina.

[2] Enrique II tuvo dos apodos, según a qué se haga referencia si a la muerte de su hermanastro Pedro I: fratricida, si al reparo de beneficios entre los caballeros castellanos: de las Mercedes.

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Historia de Molina de Aragón

98º La más angustiosa y mortal realidad

En este siglo, llega y se propaga una epidemia funesta para la población: La peste negra.

En 1347 llegó a Europa por el camino de la seda acompañando a los comerciantes, en los productos que trasportaban desde China.

Hasta ahora, además de la muerte natural, lo que podía causar el fallecimiento era más o menos predecible: la guerra, los partos, el hambre, los accidentes y enfermedades, los fríos por congelación…

Cada tiempo aparecía con epidemias durante un tiempo más o menos largo: peste, tifus, varicelas, sarampión, etc., todas eran plagas temporales.

Esta peste negra se desató con tanta virulencia que duró hasta 1.400 llevándose la mitad de la población europea, fue terrible además por lo duradera.

El hambre y la falta de higiene propiciaron su propagación. La pulga de la peste tuvo un ambiente proclive a causa de la humedad ambiente originada por la fría climatología. Ellos no tenían conocimiento de qué la transmitía y al ver la rapidez de su difusión pensaron que fuera el aire quien la transportara. Por eso se llamó pestilencia al aire propagador. Para evitar su contacto se utilizaron máscaras y otros medios que aparentemente purificaban el aire infecto o no lo dejaban acercarse. Por eso se encalaban las jambas de puertas y ventanas por donde podía entrar el aire pestilente; el único desinfectante conocido era la cal.

El contagio arraigaba rápidamente y su característica externa más visible eran unos abultamientos dolorosos, de color oscuro, en los ganglios al principio y después se extendían por el cuerpo. En verano el calor mantenía la enfermedad y en invierno la reunión para calentarse ante el fuego del hogar propiciaba el contagio.

El miedo a la muerte creció de tal manera que nadie quería acercarse a los enfermos. La población huía de la ciudad o de la aldea en que se manifestaba. La religión se multiplicó en peticiones, ofrendas y devociones para verse libres de ella. Y ante la expectativa de enfermedad tan terrible y temida creció el ofrecimiento de misas para alcanzar una buena muerte, es decir verse liberado de la peste, y conseguir la salvación eterna, aunque esto último les preocupara menos.

La mentalidad religiosa asimiló las llagas y purulencias a las heridas del martirio de San Sebastián, en las pinturas aparece con alguna flecha clavada, y lleno de heridas sangrantes de flechas que sólo hirieron. Rápidamente la piedad popular lo nombró intercesor ante Dios para evitar la peste. La Iglesia se hizo eco y así lo nombró, como abogado ante Dios para proteger del contagio.

No puedo decir cuándo llegó a nuestros pueblos. Pero si no antes, sí cuando pasaron los soldados de Pedro I el Cruel en 1356[1], que hicieron acampada en Molina, para atacar Aragón.

Que llegó y afectó a nuestros antepasados está testimoniado al menos por la ermita de San Sebastián de Tartanedo. Ta vez haya otros templos en que se venere a este santo, o haya imágenes suyas. (San Roque, según las crónicas, en estas fechas era un joven que se dedicaba a cuidar a los enfermos de peste)

El hambre causada por la poca producción debida a los largos y crudos inviernos, tendría faltos de defensas a los habitantes.

Las propagadoras de la peste fueron las ratas, las pulgas de las ratas, pero este dato se desconocía y los médicos no tenían medicamentos a propósito para sanar a los enfermos. Si no conocían quién la propagaba mal podían encontrar antídotos.

[1] “En 1356, la estrategia aragonesa pasaba por concentrar un gran número de tropas que permitieran contrarrestar las numerosas cabalgadas de castellanos. Estos incluso habían llegado a apoderarse de algunos castillos del valle del jalón, entre ellos Ibdes, y a comienzos de noviembre habían sitiado los lugares de Ateca y Monreal de Ariza… Predro I de Castilla tenía en la frontera unos 1000 hombres a caballo y 3000 a pie… En Molina, por ejemplo, había otra importante concentración de tropas castellanas preparadas para atacar el campo de Gallocanta…” Tesis doctoral: “La guerra de los dos Pedros (1356-1366) Impacto y trascendencia de un conflicto bajomedieval” Autor: Mario Lafuente Gómez. 2009 Zaragoza.

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